Campos de flores #2
—Sí. No sé por qué no lo hizo ella, no sé por qué el colibrí me eligió a mí, no lo entiendo…
—¿El colibrí?
Me invade la curiosidad ante la mención de esa ave en concreto.
—Sí, un hermoso colibrí… —La ansiedad la abandona un segundo, mientras fija la mirada en el infinito, recordando—. Tenía el lomo de un azul verdoso iridiscente y las alas rosas con plumas amarillas en las puntas. Era precioso; yo nunca había visto ninguno… hasta hace dos días.
Un escalofrío me recorre. Esa chica acababa de describir a la perfección el colibrí que mi abuela tenía tatuado en el brazo, el colibrí que yo mismo había visto en el cementerio el día del entierro de mi abuela…
hace tres días. Demasiadas coincidencias, demasiado complejo para ser solo un sueño creado por mi mente adormecida.
—Me trajo tu flor y no sé por qué —concluye.
—¿Mi flor?
—¡Sí, tu flor! —En medio segundo la irritación sobreviene a la chica—. ¿Es que estás sordo? ¿Es ese tu problema? ¿Por qué me haces repetirlo todo dos veces?
Yo no doy crédito; la chica afligida se ha esfumado: una rojez destaca en sus pómulos blancos y parece bastante enfadada.
De pronto se levanta, pone las manos sobre su cara y empieza a decir en voz muy baja: «quiero despertar, quiero despertar, quiero despertar…
». Y así, sin más, se esfuma; simplemente desaparece.
Entonces escucho un ruido lejano, una especie de pitido desagradable…
Trato de descifrar qué es, cerrando con fuerza los párpados.
Ahí está otra vez… ¡Un timbre! Es un timbre, seguro.
¿Un timbre en medio del campo? ¡Es el timbre de una casa!
Al abrir los ojos veo mi cama, mi habitación…
Estoy de vuelta en casa y alguien llama insistentemente al portón del edificio.
Roy se levanta de un salto y corre hacia la puerta. Tropieza con algo y casi se da de bruces contra la mesa del comedor. Enciende la luz y ve las cajas con las cosas de su abuela en mitad del salón. «Grrr», gruñe frotándose el tobillo que se ha golpeado. El timbre vuelve a sonar.
—¡Joder! ¿Quién coño será? —Llega al telefonillo y lo coge—. ¿Sí?
—Buenos días, buscaba al nieto de la señora Aurora García —se escucha una voz de mujer.
—Sí, soy yo. ¿Qué quería?
—¿Roy?… ¿Eres… es usted Roy? —la voz denota sorpresa.
—Sí, soy yo. Oiga, mi abuela falleció hace dos días… —Roy se mira el reloj antes de añadir: «¿qué horas son estas de llamar?» pero, al ver sorprendido que ya son las once de la mañana, se calla.
—Sí, sí, lo sé… Vengo de la compañía de seguros. Verá, su abuela tenía contratado un seguro y necesito hacerle algunas preguntas…
—¿Un seguro?
Aquello suena a tedioso papeleo otra vez… Roy se lamenta una vez más por no haberse preparado mejor para un momento que sabía que, más tarde o más temprano, iba a llegar.
—Sí, un seguro de vida… ¿Podría abrirme y se lo explico mejor?
Roy duda un momento, mirando el caos a su alrededor y su atuendo en pijama.
Está tentado de decirle que vuelva otro día, pero después piensa que cuánto antes se quite de encima lo que quiera que sea, mejor, y pulsa el botón para abrir el portón del edificio.
Cuelga el telefonillo e inicia una loca carrera: abre ventanas, se viste con lo primero que pilla, se lava la cara, y cuando aún está poniéndose las zapatillas suena el timbre… «¡Joder!», maldice una vez más.
—¡Voy! —grita mientras camina hacia la puerta, pasándose la mano por su indomable «pelo de jabalí».
En la puerta, una elegante señora de impresionante melena rubia, con una carpeta en las manos, lo observa largo rato.
En su rostro una mezcla de sorpresa y admiración que Roy no alcanza a comprender.
Roy puede ver cierta emoción y un extraño brillo en unos ojos que lo miran con excesiva familiaridad, incomodándolo por momentos.
Al fin, la mujer respira hondo y parece recomponerse de lo que sea que haya transitado.
Como una actriz que se prepara para entrar en acción, baja un segundo la mirada al suelo y al levantarla, esgrime una impecable sonrisa y una manifiesta seguridad en sí misma que intimida un poco a Roy.
—Pase —indica Roy al fin, y Annabelle cruza el umbral.
Roy aparta un poco las cajas y retira bolsas de ropa que ocupan las sillas. Annabelle se sienta con gracia y Roy, avergonzado del caos reinante, recoge rápidamente los tuppers de comida que aún le traen los vecinos y había olvidado guardar en la nevera. Al fin se sienta también.
—Perdón por el caos…
—No se preocupe, Roy.
Su voz es dulce, pero denota autoridad. Abre la carpeta que lleva y saca unos folios y un bolígrafo.
Roy ve un logo encima de la primera hoja, pero no alcanza a leer lo que pone.
Agobiado ante tanta burocracia que no entiende solo desea acabar cuánto antes.
Le cuesta concentrarse y se siente como esos viernes en clase cuando trata de atender al profesor después de haber ido a tomar algo con Marta y, tras muchas «la última y nos vamos», les alcanza el día.
—Le explico —Annabelle mira fijamente a los ojos a Roy transmitiéndole una fuerza que le hace sentirse cohibido—. Su abuela tenía contratado un seguro de vida y, en caso de fallecimiento, usted consta como único destinatario.
Roy se alegra, por fin una buena noticia. Por poco que sea y, no cree que sea demasiado, le vendrá bien.
—Solo necesito hacerle algunas preguntas para ordenar el pago.
—Muy bien, dispare. —Roy asiente—. Pero, disculpe, ¿de qué dinero estamos hablando? —Es un dato a tener en cuenta para saber cuánto se esforzará en responder a sus preguntas.
Annabelle se queda un buen rato mirándolo, descaradamente; parece escudriñarlo, con esa sonrisa coqueta en la boca.
Roy está incómodo. Es muy atractiva, se nota que se cuida y es difícil deducir su verdadera edad.
De pronto, a Roy se le ocurre que tal vez sea seducción lo que está viendo en su rostro, en esa mirada penetrante.
Su inseguridad muta en orgullo propio, es halagador ser objeto de atracción de una mujer así.
Por un momento, se ve a sí mismo como en esas películas cutres del sábado por la tarde.
Ella se levantará, empezará a desabrocharse la camisa lentamente y, acercándose sensualmente le dirá algo así como: «Roy, si quieres cobrar el seguro, tendrás que ganártelo… ».
—¿Roy? —Annabelle le ha dicho algo, pero Roy no la ha escuchado, estaba en su película cutre quitándose ya la camiseta…
—Sí, perdón…
Annabelle vuelve a sonreírle. Se retira de la cara un mechón de pelo que él vuelve a interpretar como un gesto de coquetería y, mirando sus folios, repite: «Hablamos de treinta mil euros».
—¡Ostia! —El rollo de la seducción se esfuma de la mente de Roy, aquello son palabras mayores. ¡Qué bien le vendría ese dinero!
—Pero antes tengo que comprobar unos datos…
Roy tuerce el gesto. Típico. Una compañía de seguros buscará cualquier excusa para no pagarle el dinero.
—Veamos. Le haré algunas preguntas. A ver, ¿vivían en este piso su abuela y usted?
—Sí. Bueno, hasta hace unos dos años que se trasladó a la residencia. Yo ya no podía darle los cuidados que necesitaba.
Roy baja la cabeza, incapaz de reprimir un sentimiento de culpa. La mujer anota algo, pero no parece perturbarse por los sentimientos de Roy.
—Bien. ¿Vivía alguien más con ustedes? ¿Su abuelo, tal vez? ¿Su… padre?
—No. Mi abuelo y mis padres murieron cuando yo era pequeño.
—Ya. Bien. Lo lamento. —Roy siente que no hay ni un deje de sentimiento en ese «lo lamento» tan frío—. Y, ¿cómo murieron?
Roy se sorprende con la pregunta, no entiende qué tiene que ver eso con el cobro de un seguro.
—Si me permite la pregunta… —añade Annabelle, al notar la contrariedad de Roy.
Roy comprende entonces que preguntará cualquier cosa para encontrar alguna incidencia que evite el pago.
—Pues… Bueno, pasó hace años. Yo tenía cinco años. Vivíamos en otra casa, una casa grande en las afueras. —Roy toma aire, no son recuerdos agradables—. Una noche hubo un incendio, toda la casa ardió… y solo conseguimos escapar mi abuela y yo.
Instintivamente, Roy se acaricia el brazo izquierdo, allí donde una extensa cicatriz de piel quemada lo recorre, desde la muñeca hasta el hombro.
—Trágico.
Annabelle pronuncia la palabra con tal frialdad que pierde a ojos de Roy todo el erotismo que había visto en ella.
—Y, ¿está seguro de que nadie más sobrevivió…?
—Pero… ¿qué?
Roy no puede creer la falta de empatía de aquella mujer. ¿Qué clase de pregunta mezquina era esa?
—Ya veo que no —concluye mirándole, con esa mirada de hielo, y vuelve a los papeles.
Roy está cada vez más molesto. Trata de concentrarse en el dinero para no dejarse llevar por el impulso de echar a aquella víbora sin sentimientos de su casa.
—Bien. Entonces, abuelo muerto, padres muertos… ¿Sabe si su abuela tenía más familia? ¿Tal vez de su lugar de origen…?
—No que yo sepa — ataja Roy con un tono cortante y frío esta vez.
—Porque su abuela no era de aquí, ¿verdad?
—No, no era de aquí.
Roy empieza a sentir auténtico desprecio por esa mujer, ahí sentada con su traje caro y su rostro altivo. Se pregunta a cuántas familias visitará para racanearles un dinero que es suyo por derecho.
—¿Y podría indicarme de dónde era?
Esto es ya lo máximo. ¿Acaso investigarían su lugar de nacimiento? ¿Qué cojones tenía eso que ver con su muerte y con el derecho a cobrar el seguro?
—Pues, francamente, no lo sé.
Roy marca muy bien las palabras con satisfacción. «¡Zas!, esa sí que no te la esperabas». Y lo mejor es que es verdad.
—¿No lo sabe? —insiste la mujer, aunque no parece muy sorprendida con la respuesta.
—No, no lo sé. Mi abuela era muy reservada con respecto a su pasado, nunca hablábamos de ello. Solo sé que en su pueblo había vastos campos de flores, nada más.
Roy siente que ha hablado de más, qué le importan a esa víbora los detalles íntimos de esos campos de flores… Por un fugaz momento, le vienen a la mente las vívidas imágenes de su sueño y siente como si él también hubiera estado realmente allí.