El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Campos de flores
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Campos de flores

Campos de flores

Estoy tumbado boca arriba con los ojos cerrados, pero no es de noche.

Siento el calor y la luz del sol a través de mis párpados.

Tampoco estoy en mi cama, tanteo con los dedos y siento tierra, algún guijarro y lo que parece hierba.

Lo siguiente que llega a mi conciencia son los sonidos que me envuelven.

Escucho zumbidos —algún abejorro revolotea no muy lejos—, y cantos de algún pájaro que no logro reconocer, aunque supongo que tampoco los reconocería con los ojos abiertos.

Sé que estoy soñando porque lo último que recuerdo es haberme ido a la cama temprano después de haberle dicho a Marta que, definitivamente, me voy a vivir con ellos.

Como un doloroso puñal, se me clavan de nuevo las imágenes de lo vivido los últimos días: el entierro de Maya, la horrible pesadilla con las arañas asfixiando a mi abuela, la llamada de la residencia, la misa…

Tengo retazos difusos: gente desconocida dándome el pésame, los del tanatorio explicándome trámites que me cuesta entender, el entierro, el cementerio y el colibrí; recuerdo el colibrí que nadie más vio y abro los ojos.

Sobre mí un cielo despejado. Parpadeo varias veces sin moverme, con la mirada fija en un escenario cuyo realismo me abruma.

Me siento sobrecogido, un escalofrío me recorre desde la punta de mis dedos hasta el último pelo de mi cabeza.

¿De verdad estoy dormido? Es imposible que me encuentre en un sueño, todo es tan vívido y real: los colores, los olores, incluso el viento rozando mi erizada piel.

Pero sé que lo estoy, de alguna manera no tengo dudas y un curioso entusiasmo me invade al constatar lo que mi mente dormida ha sido capaz de crear.

Giro la cabeza a ambos lados y empiezo a observar a mi alrededor.

Me encuentro rodeado de plantas. Con la vista sigo los tallos hacia arriba y descubro que son flores.

Miro una, es extraña, cada pétalo es diferente al que tiene a su lado; todos tienen diferentes colores entremezclados.

«¡Un momento! ¿De qué me suenan estas flores?

». Me incorporo hasta quedar de pie y paseo la mirada, extasiado, contemplando el paisaje que me rodea.

Tomo conciencia del auténtico alcance del realismo de mi sueño y me sobrecojo de nuevo.

Es imposible no sospechar que he realizado algún tipo de viaje astral a otra dimensión, pero me repito que sigo dormido, lo sé, aunque no sé por qué.

Hasta donde me alcanza la vista solo hay flores.

¿Cuántas habrá? ¿Miles? Estoy en mitad de un vasto prado plagado de miles de flores…

Entonces me da un vuelco el corazón. «¡Abuela, este era tu prado!

». Vuelvo a mirar a todos los lados y no tengo dudas.

Es tal cual tantas veces lo describió. Me parece increíble estar aquí, soñar con un lugar que no he visto nunca. Entonces los veo.

Puede que no entienda de pájaros, pero sé distinguir un colibrí, llevo toda mi vida viendo el dibujo de uno tatuado en el brazo de mi abuela.

Hay muchos, vuelan aquí y allá, se acercan a las flores y vuelven a alejarse.

Uno se agacha frente a una a escasos metros de mí.

Es la segunda vez en mi vida que veo un colibrí tan de cerca, la última vez estaba despidiendo a mi abuela.

Cómo le gustaría estar aquí. Entonces una idea crece en mi corazón, un corazón cada vez menos escéptico.

Tal vez su alma me ha traído hasta aquí.

Puede que ella está aquí ahora mismo, dejándose llevar por el viento entre las flores, y ha querido mostrarme lo que toda su vida anheló.

Me siento un poco infantil con semejante pensamiento.

Roy, el agnóstico, el que no cree en nada que no pueda ver, pensando que el alma de su abuela muerta lo ha visitado en sueños para enseñarle los campos de su infancia…

En fin, nadie es testigo de este momento así que no me importa pensarlo, me reconforta.

Pero, un momento… ¿nadie es testigo?, ¿o sí?

Miro a mi derecha. A unos cien metros hay una figura de la que no me había percatado hasta ahora.

Está de pie, como yo; me da la espalda. Es un cuerpo de mujer, una mujer pequeña, adolescente tal vez.

Está vestida con pantalón y camiseta de azul oscuro y una larga melena de pelo negro le llega hasta mitad de la espalda.

Su silueta contrasta abruptamente con el paisaje colorido.

Intrigado, comienzo a caminar hacia ella.

Tiene los brazos separados del cuerpo y con los dedos roza apenas las flores.

El viento mueve su pelo negro, un pelo extremadamente lacio.

Cuando estoy a menos de cuatro metros mi pie pisa una ramita que emite un crujido y la chica se vuelve.

Nos miramos. Ninguno dice nada. Tiene unos ojos increíblemente azules, de esos a los que cuesta mantener la mirada; contrastan en su piel blanca como la leche.

Toda ella parece una figura pintada en blanco y negro en mitad de un cuadro impresionista.

No sé por qué, pero sonrío, ella me devuelve la sonrisa. Es hermosa.

—Hola —le digo; mi voz me suena extraña, carraspeo.

—Hola —me responde.

Parecemos incapaces de decir nada más.

—¿Quién eres? —añado al fin.

—¿Y tú? —responde ella.

No sé quién de los dos está más desorientado.

—Soy Roy, creo que mi abuela me ha traído aquí —empiezo a hablar, sorprendido conmigo mismo por la revelación. Supongo que es la impunidad que da el saber que todo es un sueño; no tengo miedo a decir lo que sea.

—¿Eres humano? —ataja ella, muy seria.

La pregunta me deja totalmente descolocado.

—¿Cómo?

—¿Eres humano? —repite, sin variar la entonación, como si no la hubiera escuchado la primera vez.

—Sí, claro —espeto—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Ella se queda muy callada. Me observa descaradamente, una y otra vez, y mira a su alrededor no sé si buscando algo o a alguien; parece tan extrañada como yo. Vuelve a mirarme; decido hablar porque el silencio me resulta cada vez más incómodo.

—Me llamo Roy, mi abuela era de aquí o eso creo. Murió hace tres días y creo que, de alguna manera, me ha traído hasta aquí. Te toca.

La miro fijamente, retándola; me he sincerado así que no espero menos por su parte. Tarda unos minutos en reaccionar, pero finalmente entra al juego.

—Me llamo Carolina, soy de aquí, aunque es la primera vez que vengo… —Mira a su alrededor—. Esto es… impresionante. Y es mi primera vez en el sueño de un humano así que, francamente, no sé muy bien que se supone que debo hacer ¿Hay algo que te de miedo?

No puedo evitar reír. ¿Algo que me de miedo? No he entendido nada de lo que me ha dicho; todo esto es tan surrealista. Marta me recomendó una infusión para dormir mejor y empiezo a pensar que no me ha sentado muy bien.

—Esto… ¿Carolina era?

Ella asiente y me escucha muy atenta. No sé qué espera que le diga, la verdad.

—A ver, voy a serte sincero, no he entendido muy bien nada de lo que has dicho.

—¿Hay algo que te de miedo? —repite y me mira muy seria.

Sus ropas oscuras, su piel blanca, su pelo negro, esos ojos tan azules clavados en los míos…

Un escalofrío me recorre. Empiezo a tener la certeza de que este sueño bucólico se va a convertir de un momento a otro en una pesadilla.

Yo le diré que tengo miedo a las arañas y entonces cientos de arañas aparecerán por todos lados rodeándome, o puede que ella misma se transforme en un inmensa y tenebrosa araña que salte sobre mí y acabe devorándome…

Me viene a la mente el siniestro sueño de mi abuela, tan real como este, y un sudor frío aparece en mi nuca.

—Si no me dices qué te da miedo no podré ayudarte… —objeta impaciente, al ver que tardo en responder.

—¿Ayudarme?

Esta conversación es cada vez más desconcertante.

—Sí, ya sabes, con tus miedos. Para poder ayudarte a encontrar tu ikigai —añade ella con un deje condescendiente en la voz, como si acabara de aclarar lo más obvio del mundo.

—De verdad que no sé de qué me hablas… Tengo muchos miedos, como todo el mundo supongo, pero no creo que puedas, mejor dicho, no quiero que me ayudes con ellos —zanjo un poco molesto. ¿Qué clase de extraño sueño es este?

La cara de la chica refleja una gran decepción. De pronto siento que quizá he sido demasiado brusco con ella y empiezo a sentir lástima porque, de alguna manera, percibo que está agobiada con algo, aunque no sea capaz de entender con qué.

—No sirvo para esto —suelta de pronto y se sienta dándome la espalda.

Cada vez estoy más contrariado. Recorro la distancia que nos separa y la rodeo para ponerme frente a ella.

Me acuclillo y la miro de cerca. Es muy joven.

¿Qué edad puede tener? ¿Dieciséis, diecisiete…

? Me doy cuenta de que he sido un estúpido pensando que esa bonita muchacha podría suponer algún peligro.

—Perdona.

Ella levanta la mirada que tenía clavada en el suelo y me mira. Yo continúo:

—Lo siento. No quería ser impertinente, pero es que no entiendo bien qué quieres que te diga. No necesito ayuda, todo está bien.

—¿Todo está bien?

—¡Claro! —Le ofrezco la mejor de mis sonrisas para terminar de tranquilizarla—. Ningún problema, ningún miedo, toooodo controlado.

—Entonces, ¿por qué parpadea tu flor? —suelta mientras me vuelve a mirar muy seria.

Yo resoplo y me dejo caer de espaldas. Esta chica y yo no hablamos el mismo idioma… Apoyo las manos y me siento, la miro. Ella me sostiene la mirada cada vez más seria. Su pecho sube y baja deprisa y su rostro transmite una frustración cada vez mayor. Al cabo de unos minutos vuelve a hablar.

—Lo siento.

—¿Lo sientes?

La observo largamente, desconcertado: tan delgada, tan tímida, tan apurada; no puedo evitar sentir por ella una enorme compasión.

—Sí, lo siento. Todo fue tan precipitado, no dio tiempo a que mi abuela me explicara bien las cosas… —Sus palabras salen sin tregua, como un torrente de culpa que le quema la garganta.

—¿Tu abuela?