El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) La Flor de Ikigai #4
36%

La Flor de Ikigai #4

Las chicas se quedan mudas, asimilando tanta información, fascinadas al ver transformarse antes sus ojos lo cotidiano en algo mágico.

Los colibrís no eran simples aves, los árboles del bosque encerraban en su interior miles de sueños cumplidos y las flores, esas preciosas flores, eran la llave a un mundo nuevo y desconocido.

—Abuela, sigue —le apremia Carolina, extasiada con esa antigua vida llena de magia y aventura.

—Sí, como iba diciendo, cada tarde nos dirigíamos al prado con nuestros cestos y buscábamos Flores de Ikigai que hubieran empezado a parpadear.

Nos llevábamos unas cuantas y volvíamos a casa.

Escogíamos una y la poníamos al lado de nuestra cama.

Por la noche, al dormir junto a ella, se abría la puerta de los sueños…

Margarita guarda silencio, invadida de nuevo por la nostalgia.

—¿Estás bien?, abuela.

Margarita mira a su nieta y sonríe.

—Sí, tranquila, son muchas emociones contenidas demasiado tiempo… El simple hecho de poder hablar de ello es tan liberador. —Margarita mira por la ventana el cielo nocturno, ya es noche cerrada—. Es tarde, debería regresar —murmura.

—¡No, no! ¡No puedes dejarnos así! —exclama Sara nerviosa—. Cuéntanos al menos cómo era eso de entrar en los sueños.

Vero abre la boca para refutar algo, pero se calla al ver el entusiasmo y la curiosidad creciente de sus amigas.

No puede evitar acordarse de Always y sentir que lo que vaya a contar Margarita a continuación puede convertirse en algo personal para ella.

Margarita cruza una mirada con Vero y percibe su incomodidad; ella también está al tanto de los rumores que corren por la aldea.

—Chicas, es tarde y estoy agotada…

—Abuela…, por favor, solo una última cosa —suplica Carolina, que no puede soportar un segundo más la pregunta que la carcome desde que esa preciosa flor apareciera en su ventana—. Si las flores no son peligrosas, ¿por qué están prohibidas?

Margarita mira a su nieta y un aura de preocupación deja atrás la emoción del momento. Carolina sabe que ha tocado un tema controvertido, el secreto mejor guardado por todos los adultos de la aldea.

—Están prohibidas porque Ella las quiere… —sentencia firme Margarita— y eso nos pone en peligro.

—¿Ella? —susurra apenas Vero.

—Sí, Ella. Descubrió que el brillo de las flores contiene un inmenso poder y de alguna manera encontró la forma de arrebatarlo. No tengo duda de que habéis escuchado historias sobre Ella, los poderes que tenía, las cosas que hizo… hay secretos que no pueden ocultarse.

Las cuatro amigas se miran sobrecogidas, recordando las historias terribles con las que habían crecido; relatos de una especie de bruja todopoderosa que acabó con la tranquila vida de los ikigianos, condenándolos al exilio en lo profundo de aquel bosque.

—Y por eso huimos aquí, lejos de las flores —concluye Sara.

—Exacto.

—Y por eso están prohibidas… —añade Andrea.

Margarita asiente con la cabeza sumida en la tristeza de una cruda verdad difícil de sobrellevar, aún después de trece años.

—¿Y ahora qué? —balbucea Carolina con temor, sin saber por qué le aterra tanto la idea de deshacerse de la flor. Ahora que su abuela ha recordado el peligro que suponen las flores, empieza a tener claro que el siguiente paso será destruirla.

Margarita la mira largamente, con un gesto firme y un misterioso brillo en los ojos que nunca le ha visto.

—¿Ahora?

Sin decir nada más se levanta decidida, coge la flor y se dirige con determinación hacia la puerta.

Las chicas la imitan y, con menos ímpetu, la siguen, cabizbajas y pensativas, temiendo ahora sí, el fin de su aventura y la vuelta a la rutinaria vida de la aldea.

Incluso Vero, la más temerosa y reacia a inmiscuirse en nada relacionado con los humanos, siente la presión en el pecho de perder la única esperanza de cambio en su anodina vida, esa que ha empezado a cuestionarse.

Margarita sale la primera, Sara, Vero y Andrea detrás, Carolina la última. Cuando Carolina se dispone a cerrar la puerta su abuela la detiene poniendo una mano sobre su espalda. Carolina se vuelve y mira a su abuela sin comprender.

—Andrea, ¿me acompañarías a casa? —La voz de Margarita es calmada, pero rezuma misterio.

—Pero yo… —empieza a hablar Carolina, aunque se calla al presentir lo que está a punto de suceder.

Su abuela le entrega la flor despacio, convirtiendo el gesto en algo trascendental. Carolina la sujeta con ambas manos temblorosas.

—Tú, debes dormir con la flor —pronuncia las palabras con la solemnidad de un rito trasmitido de generación en generación.

Carolina es capaz de sentir en su cuerpo la fuerza de esas palabras, como una ola de energía que la recorre desde las yemas de sus dedos, en contacto con la flor, hasta su pecho, llenándola de un calor inesperado.

Un rojo intenso cubre sus blancas mejillas.

Mira a sus amigas, que asienten emocionadas, dándole ánimos.

Después, mira a su abuela, que mantiene el gesto firme, sin un atisbo de duda en su decisión.

—Abuela, pero ¿por qué yo?, ¿no deberías ser tú?

—No fue a mí a quién el colibrí entregó la flor…

Carolina no puede rebatir ese argumento y, temblorosa, recibe un sentido abrazo de sus amigas y de su abuela, antes de que empiecen a caminar río abajo, hacia la aldea, sin decir nada más. Antes de perderlas de vista, ve como su abuela le lanza un beso con ambas manos, visiblemente emocionada.

Carolina aprieta fuerte la flor contra su pecho y vuelve a oír unos latidos que solo ella parece escuchar.

Entra en la cabaña, cerrando la puerta tras de sí.

Coloca la flor junto al colchón, busca una manta, se quita zapatos y pantalones y se acuesta.

Tumbada, mira por la ventana el cielo estrellado.

Se sorprende de no estar asustada por dormir allí sola; una extraña calma la acompañaba.

Lo que sí está es nerviosa. No tiene ni idea de qué se encontrará cuando cierre los ojos, qué o a quién.

Suspira, intuye que le va a costar una eternidad lograr dormirse, pero, al girarse para mirar la flor una vez más, un sueño pesado se apodera de ella sin remedio.

En menos de un segundo, ya está profundamente dormida.