La Flor de Ikigai #3
Las cuatro amigas guardan silencio; la bruma de la nostalgia las envuelve al pensar en los seres queridos perdidos.
Andrea las observa sin saber si decir algo, con esa sensación de vergüenza que la invade en ocasiones.
Aunque es consciente de que no es culpa suya, no puede evitar verse envuelta por un retorcido cargo de conciencia ante el hecho de no haber perdido a nadie; pocos en la aldea pueden decir lo mismo.
—¿Eso es todo lo que sabéis? —inquiere Margarita, mirándolas sin disimular su decepción.
—Sí, más o menos eso, abuela…
—¡Qué mal lo hemos hecho! —exclama de pronto Margarita, llevándose la mano a la frente y negando con la cabeza.
Las chicas casi sueltan una risotada de entusiasmo al escuchar sus palabras.
No pueden creer que alguien parezca comprenderlas al fin.
Cruzan miradas esperanzadas y se cogen de las manos para infundirse valor.
Después de tanto tiempo, la persona más inesperada parece dispuesta a poner fin a tanto secretismo.
Margarita las observa de pie frente a ella. Son cuatro hermosas jóvenes ¿En qué momento había sucedido? ¿Cuándo dejaron la niñez atrás? Sacude la cabeza para apartar la nostalgia, no es momento para el sentimentalismo, tiene que subsanar un error del que ha sido partícipe por demasiado tiempo.
—¿Qué tal si os ponéis cómodas? —Margarita señala el colchón a su derecha y, sin perder un segundo, las chicas se sientan, entusiasmadas; mientras Margarita se levanta y coloca la silla frente a ellas.
Al fin, suspira y empieza a hablar:
—Lo primero, usar las flores no fue la causa de que estemos en el bosque, ni de que tu hermano, tu padre o los tuyos —las mira una por una—, no estén. Pero creo que debo empezar por el principio…
Coge la flor y se la acerca a las chicas.
—¿Veis esa piedra en medio de los pétalos, la que ahora parpadea? Esa es la llave al corazón de un humano… —Las chicas se miran atónitas—. Cuando parpadea, como está haciendo ahora, la puerta a sus sueños está abierta y es el momento en que los ikigianos podemos entrar…
—¿Entrar? ¿Dónde? —Carolina no sabe si ha entendido bien.
—En sus sueños, Carolina —aclara paciente, Margarita.
—¿Qué? —exclama Vero, no cree que pueda haber peor idea en el mundo que entrar en el sueño de un humano.
—¿Has dicho entrar en sus sueños? ¿Cómo? —Sara no esconde su creciente curiosidad.
—Durmiendo. Cuando un ikigiano duerme junto a una flor que ha comenzado a parpadear, los sueños de ikigiano y humano se entretejen y podemos entrar en el sueño de esa persona…
—¿Qué? —exclama Sara, abriendo la boca y dejándola un buen rato abierta —. Entrar en los sueños de un humano… —murmura extasiada.
—Increíble… —musita Andrea, asimilando lo que acaba de escuchar.
Vero se ha quedado muda, la sola idea de verse en sueños con un humano ha provocado en su delgado cuerpo un escalofrío. Se rodea con sus brazos mientras trata de no exteriorizar demasiado el asco que le produce semejante osadía.
—Y ¿para qué? ¿Para qué entrar en sus sueños? —apremia Sara, cada vez más interesada con el relato de Margarita.
La posibilidad de entrar en los sueños de un humano se le antoja una hazaña increíble: sería como viajar al mundo de los humanos sin moverse del bosque.
Mira la flor intrigada, ansiosa por saber más.
Vero a su lado la mira de soslayo y mueve la cabeza en señal de desaprobación; tal vez debieron tirar la flor al río el primer día.
Por su parte, no tiene ningún interés en confraternizar con los humanos, aunque empieza a tener la sensación de que es la única.
—Les ayudamos, Sara —aclara Margarita—. Los ikigianos tenemos un don para ayudar a los humanos a encontrar su camino en la vida…
Margarita no puede evitar emocionarse de nuevo mientras habla, sin apartar la vista de la flor.
Ahora se da cuenta de cómo pesan todos los años que llevan allí, escondidos en el bosque.
Las chicas se contagian con la emoción de la anciana.
Ven sus ojos húmedos, sus manos temblorosas, y toman conciencia de que aquello es algo grande, un gran secreto que ahora les estaba siendo revelado, una verdad que sus padres les habían robado el derecho de conocer.
Cuando se recupera un poco, Margarita continúa.
Las chicas esperan en silencio, contenidas las ganas de acribillarla a preguntas.
—¿Sabéis qué significa ikigai ? —Las chicas niegan con la cabeza—. Ikigai es el sentido de la vida, es aquella razón por la que una persona se levanta cada mañana.
—¿Cómo cuándo me levanto para ir entrenar?
—ataja Andrea, ansiosa por decir algo banal para descargar la tensión que siente se acumula en su pecho, inundado con tantas emociones concentradas en unos pocos minutos.
Para adornar su tonta pregunta, levanta su brazo apretando su bíceps; necesita provocar un momento divertido.
Las cuatro se ríen. Conseguido, tensión rebajada; Andrea está satisfecha.
—No, Andrea. Te gusta entrenar, como a mí me gusta cocinar o a Sara pelear con su padre con esos palos… —Sara ríe—. Pero es algo más grande que eso, es… es aquello que hace que valga la pena vivir la vida.
Las cuatro chicas exclaman a la vez y vuelven a observar la flor maravilladas, con su piedra parpadeando.
Empiezan a entender que no están frente a una simple planta.
Esa preciosa y colorida flor trasciende lo biológico para transformarse en un misterioso objeto mágico, uno que les puede abrir las puertas a otro mundo.
—Hay algo que no entiendo —reflexiona Sara al rato—. ¿Por qué no saben ellos cuál es su razón de vivir? ¿Y por qué tendríamos que saberlo nosotros?
—Bueno, no es tan simple. El mundo de los humanos es sumamente complicado.
Margarita va despacio, ordenando sus pensamientos para encontrar la manera de hacerse entender.
—Cuando entras en sus sueños te das cuenta de que están muy perdidos… Bueno, no todos; muchos no necesitan ayuda para encontrar su ikigai , pero cada vez son los menos…
Las chicas la escuchan, maravilladas con cada nueva palabra.
—Sus vidas son complejas, llenas de obligaciones y exigencias, de metas que alcanzar.
Desde bien pequeños ocupan todo su tiempo en «hacer».
Siempre tienen algo que hacer y no dejan espacio para simplemente «ser».
Nunca tienen tiempo para nada, no está bien pararse y pensar, no está bien dedicar tiempo a sentir, a respirar, a no hacer nada…
y así, es imposible descubrir qué es aquello que realmente te llena.
El ikigai es aquello que hace que olvides todo, que entres en un estado donde el tiempo y el espacio se detienen y tu ser se diluye en una sensación de paz y calma absoluta…
eso es el ikigai, y los humanos hace mucho que dejaron de darse permiso para encontrarlo.
—Vaya… —acierta a decir Andrea, deslumbrada con la sentida explicación de Margarita—. Nunca habría imaginado algo así… ¡Qué estúpidos estos humanos! —suelta burlona y las cuatro amigas ríen.
—¿Y nosotros?, abuela. ¿Cuál es nuestro ikigai ? —pregunta curiosa Carolina, ansiosa por escuchar más.
Margarita mira a su nieta emocionada y no puede contener nuevas lágrimas, mientras asiente con la cabeza; era justo la pregunta que ella misma se hacía cada mañana, desde el día en que abandonaron el pueblo junto a los campos de flores. Coge las manos de Carolina entre las suyas y al fin contesta:
—Muy buena pregunta, Carolina, muy buena pregunta. Nuestro ikigai era ayudar a los humanos a encontrar el suyo y te aseguro que era el mejor motivo para levantarse cada mañana…
Margarita fija la mirada en un punto en el infinito y una amplia sonrisa aparece en su anciano rostro, una sonrisa que trasmite una dicha que Carolina nunca había visto.
—Vosotras erais muy pequeñas y no lo recordáis, pero la vida en el pueblo era tan hermosa…
Todas las tardes caminábamos hasta el prado con nuestros cestos, ese hermoso prado lleno de flores, si pudierais verlo…
Las ilustraciones de los libros no le hacen justicia y los colibrís; tú has visto uno, Carol.
Imagina ver decenas, revoloteando aquí y allí, volando con sus piedras en el pico, camino del bosque… .
—¿Con sus piedras? —se extraña Sara.
—Sí. Los Colibrís de Ikigai no son simples aves. Son seres mágicos que custodian el bosque y los campos de flores. Viven cientos de años y tienen sus propias personalidades, como nosotros. Siempre te encariñas con alguno y ellos también tienen su ikigiano favorito, claro…
Margarita sonríe recordando uno en particular.
—¿Y qué es eso de la piedra? —insiste Sara, que ya no puede dejar de moverse nerviosa en su sitio, reprimiendo las ganas crecientes de correr a descubrir ese increíble mundo.
—¡Ah, sí!, la piedra. A ver, cómo os lo explico…
Digamos que cuando la piedra de una flor empieza a parpadear es el momento en que un humano puede encontrar su ikigai .
Cuando lo consigue, cuando por fin tiene claro el sentido de su vida, esa piedra deja de parpadear y se desprende de la flor, porque esa piedra es, en realidad, una semilla.
Las cuatro amigas exclaman al unísono y giran la mirada a la flor, a esa pequeña piedra que tantos secretos oculta.
Vista de cerca bien podría pasar por un guijarro redondeado del río, con ese tono grisáceo y esa superficie pulida y mate.
Pero cuando la luz vuelve un segundo a recorrerla, en las pupilas de las cuatro amigas se refleja el misterioso poder que esconde.
—Cada uno de los miles de árboles del Bosque de Ikigai ha nacido de la semilla de una flor, del sueño cumplido de un humano —continúa Margarita—.
Y los colibrís tienen la importante misión de transportar esa semilla desde los campos de flores hasta lo más profundo del bosque, donde buscan el lugar adecuado para plantarla.