La Flor de Ikigai #2
—Eh… —duda unos segundos antes de responder—. Sí, sí, eso, una vela. —Y en su cara se dibuja una sonrisa forzada.
—¿Y cómo se os ocurre colocar una vela bajo la mesa? ¿Qué queréis? ¿Provocar un incendio? —La abuela de Carolina no da crédito ante semejante imprudencia—. Empiezo a alegrarme de haber venido.
Carolina suelta una risita nerviosa pero no se mueve del sitio, aún con la jarra de agua en la mano.
—¡Venga! ¿Qué esperas? Saca esa vela de ahí antes de que tengamos un disgusto. Andrea, anda, échame tú el vaso de agua.
Andrea se acerca y le coge la jarra de las manos a Carolina, indicándole con la cabeza la parte opuesta de la mesa y aprovechando para ponerse entre Margarita y ella.
Carolina saca la flor con cuidado y la coloca en el suelo, a poca distancia de la mesa, en un lugar donde no está a la vista de su abuela, después vuelve junto a ella y le pone la mano en el hombro.
—Ya está.
—Muy bien. Chicas, debéis tener más cuidado, todo esto es de madera.
Carolina asiente repetidamente con la cabeza mientras su abuela bebe.
En ese momento, Margarita deja de beber y se queda muy quieta con el vaso pegado a sus labios, paralizada, como si hubiera visto algo que nadie más ha visto.
Las cuatro amigas notan que algo raro ocurre.
Margarita, muy seria, baja el vaso sin dejar de mirarlo y lo sostiene frente a sus ojos con el gesto pétreo de haber visto un fantasma.
La mano que sostiene el vaso empieza a temblar.
Carolina hace un amago de cogerle el vaso, pero Margarita usa su otra mano para mantenerlo firme, bien situado frente a unos ojos que empiezan a humedecerse para sorpresa de las chicas, que se miran sin entender qué está ocurriendo.
El labio inferior de Margarita empieza a temblar y los ojos húmedos dejan caer dos gruesas lágrimas por sus mejillas, mientras su gesto se inunda de una creciente emoción.
—Abuela, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
Margarita tarda un rato en contestar. Traga saliva y respira hondo, asimilando los fuertes sentimientos que la están dominando. Se enjuga las lágrimas con una mano, sin soltar el vaso ni bajarlo de la altura de su vista y después sonríe; una sonrisa imbuida de una enorme melancolía.
—¿Abuela? —Carolina pone una mano sobre el hombro de su abuela, muy preocupada.
Margarita le acaricia la mano mientras empieza a hablar, sin dejar ni un segundo de mirar el vaso.
—Ya sabes que tu madre era ciega.
—Emm… sí —musita Carolina, sin comprender.
Las cuatro chicas miran a Margarita totalmente intrigadas.
—Voy a contarte, a contaros algo.
Margarita respira hondo, cierra los ojos unos segundos y vuelve a abrirlos. Después, con la mirada fija en el vaso que aún sostiene en su mano, comienza a relatar, más para sí misma que para las chicas:
—Cuando vivíamos en el pueblo, más allá del bosque, todas las noches después de cenar salíamos las dos, tu madre y yo, al porche de casa.
Era un bonito porche de madera; tu padre lo pintó de blanco.
A un lado de la puerta había un banco donde nos sentábamos.
Tras ponernos al día, tu madre me pedía que le describiera lo que veía.
Quería saber cómo eran las vistas desde su porche y, aunque pudiera parecer que todos los días le contaría las mismas cosas, al hacer el esfuerzo de describírselo, de verlo por ella, observaba todo con más detalle.
Siempre me sorprendía darme cuenta de las pequeñas diferencias de cada día, de las cosas en las que jamás me habría fijado de no ser por tu madre…
Margarita hace una pausa, visiblemente desbordada por sus emociones. Inspira con fuerza, intentando recomponerse. Un silencio espeso se instala entre las chicas, que la observan con una mezcla de desconcierto y temor, incapaces de entender a dónde las lleva este relato improvisado.
—Cada noche, contaba el número de estrellas que había en el cielo.
Nos reíamos con eso porque las cuentas nunca me cuadraban, es difícil contar las estrellas…
Tu madre bromeaba con que si alguna se había caído del cielo y estaba en el bosque perdida.
Le describía las formas de las constelaciones; se las sabía de memoria, pero, aun así, me pedía que lo hiciera.
Y si había nubes, le detallaba sus formas, inventando a qué o quién se parecían.
Después le hablaba del bosque, a lo lejos.
Siempre había algún animal nocturno agazapado en un tronco o un ave volando de aquí para allá.
Tu madre me descubría muchas cosas antes de que yo las viera; me decía: «hay un búho cerca, hacia el norte» o «esta noche hay grillos junto al río, los escucho junto al sauce que baña sus hojas en el agua».
Después llegaba la parte más divertida, porque no éramos las únicas que salíamos al porche después de cenar, ni mucho menos.
Yo le contaba con todo detalle a quién veía en cada casa y jugábamos a adivinar cómo estaban los ánimos de los vecinos.
Entre las dos nos inventábamos conversaciones, discusiones o declaraciones de amor…
—Margarita ríe e incluso se sonroja un poco—.
Habría aprendido a leer los labios para tu madre, pero prefería no tener ese super poder. —Margarita vuelve a reír.
Al fin levanta la mirada del vaso y mira a las cuatro chicas una por una, con una amplia sonrisa en el rostro y evidentemente emocionada.
Las cuatro amigas se miran de reojo, incapaces de interrumpir a la anciana, presas del desconcierto y la curiosidad.
Margarita vuelve a mirar el vaso antes de continuar:
—Tu madre y yo siempre nos tomábamos una infusión.
Yo usaba un vaso de barro, pero tu madre usaba uno de cristal.
Tu padre se lo trajo de no sé qué país en un viaje al mundo de los humanos.
Era realmente hermoso, con un asa también de cristal en forma de hoja y unos dibujos de flores grabados.
La primera noche que lo usó, al sentarnos, unos destellos de luz me sorprendieron.
Al principio, no sabía de dónde venían; entonces me di cuenta de que venían del vaso de tu madre.
Ella, claro, no lo supo. Yo me quedé callada observándolos.
Una luz se reflejaba en los relieves del dibujo del cristal, rebotando e iluminando el líquido.
Nunca se lo conté a tu madre, no quería que tuviera que incluir una cosa más en su lista de cosas que le habría gustado ver, pero, cada noche, cuando ya no teníamos nada más que contar, me quedaba observando la luz reflejada en su vaso, agradecida del milagro del que formaba parte…
Era una luz intermitente, parpadeante. Una luz que llevaba trece años sin ver.
Una luz idéntica a esta —termina, sin apartar la vista del vaso.
Las cuatro amigas apartan su mirada de Margarita y vuelven la vista al vaso, que continúa bien sujeto entre sus manos, en alto frente a su rostro.
Al principio no entienden nada, solo contemplan un simple vaso lleno de agua sin ningún parecido al vaso de la descripción de Margarita.
Un conato de compasión las invade al pensar que Margarita ha conectado sus recuerdos con un objeto cualquiera, aferrándose a un parecido inexistente, con el único deseo de compartir su añoranza por un tiempo pasado.
Pero entonces, en un segundo, el intermitente parpadeo de la Flor de Ikigai, que desde donde están no se ve, se refleja en los cristales del vaso, rebotando en sus paredes y expandiéndose en el agua hasta apagarse un segundo después.
Una certeza se impone sobre ellas, dejando sus cuerpos abatidos por la derrota: su secreto ha sido descubierto.
—¿Puedo verla? —Margarita mira a su nieta, con los ojos húmedos y el labio tembloroso.
Carolina se debate entre la tristeza por la palpable añoranza que su abuela soporta y la decepción por ver acabada, sin apenas rozarla, la primera aventura de su joven vida.
Con los hombros caídos y sin rechistar, se dirige a por la flor mientras Andrea coge el vaso que Margarita le tiende; Andrea reprime las ganas de estrellarlo contra el suelo.
Carolina aparece frente a su abuela con el jarrón y Margarita se lleva las manos a la boca ahogando una exclamación.
Las lágrimas corren por sus mejillas mientras extiende las manos para coger la flor por el tallo, sacándola del jarrón.
—No necesita agua —murmura.
Las chicas se miran sorprendidas y Carolina deja el jarrón en la mesa. Margarita observa la flor largo rato, dándole la vuelta despacio, mientras mueve la cabeza de un lado a lado sin creer lo que ven sus ojos.
—¿De dónde la habéis sacado? —musita al fin.
—Un colibrí la trajo… me la trajo.
—¿Cómo que te la trajo?
—La dejó en mi ventana hace dos días…
Margarita mira a Carolina asimilando lo que acaba de escuchar, tratando de encontrarle algún sentido.
—¿Por qué están prohibidas?, abuela. ¿Qué hacen exactamente?
Margarita resopla y vuelve a mirar la hermosa flor, que no deja de parpadear. Las chicas la observan, expectantes, temiendo su reacción y asumiendo que su contacto con la primera Flor de Ikigai que han visto en su vida ha llegado a su fin.
Pero Margarita levanta la cabeza sonriendo, con un brillo inesperado en los ojos.
—¿Qué sabéis de las Flores de Ikigai?
Las chicas cruzan miradas esperanzadas.
—Poco la verdad… —responde Carolina—. Que crecen muy lejos, más allá del bosque.
—Y que están prohibidas —apunta Andrea.
—Porque son peligrosas —añade Vero.
—Y que son la causa de que estemos aquí, en el bosque, y de que mi hermano ya no esté… —explica Sara.
—Ni mi padre —murmura Vero, bajando la mirada.
—Ni los míos —concluye Carolina.