El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) La Flor de Ikigai
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La Flor de Ikigai

La Flor de Ikigai

Por tercera noche consecutiva, las cuatro amigas se dirigen a la cabaña junto al río.

Esta vez va cada una por su lado. Carolina es la primera en llegar y, como siempre, enciende las velas para que haya luz cuando caiga la noche; después, se sienta a observar la misteriosa flor, maravillada nuevamente por su belleza.

«¿Qué secretos ocultas?» le susurra, y una dulce melancolía la envuelve.

Su pequeña incursión en casa de Laobán no ha servido para nada; no encontró el libro y están como el primer día.

Acerca su oído y escucha una vez más el palpitar de la pequeña semilla, esos latidos que imitan los de un corazón a la perfección.

Suelta un largo suspiro; no tiene ni idea de a quién pueden acudir en busca de respuestas y sus amigas llegarán en cualquier momento esperando encontrarlas.

No puede evitar sentir que les ha fallado; ella fue la que dio por hecho que su abuela le llevó el libro a Laobán y nada más lejos de la realidad.

¿Qué haría su abuela con el libro? ¿Dónde o a quién se lo llevaría?

Mientras trata de encontrar una explicación lógica, la puerta se abre y aparece Andrea.

Sin decir nada, entra y se deja caer en el colchón lanzando un gran suspiro.

—¡Vaya día! —exclama, y antes de que Carolina pregunte empieza a desahogarse—.

Primero, la aparición de mi padre, ¡qué mala suerte!

; luego, Laobán, que se pira en menos de dos minutos; y, después, la despistada de Vero, que no sabemos qué demonios hacía en la plaza en lugar de estar en el callejón vigilando…

Y encima, mi padre nos ha «secuestrado» a Sara y a mí.

Se ve que nos veía con aburrimiento y nos ha tenido toda la mañana repartiendo cajas de fruta fresca.

Y por la tarde, que quería buscaros y mi madre me ha liado preparando cosas para el humano que, por lo visto, se traslada a casa de Teresa.

¡Estará buena Sara! Por cierto, lo he visto… al humano, digo.

Carolina mueve la cabeza asimilando toda la información que acaba de recibir; al fin reacciona.

—¿Lo has visto? ¿Cómo es?

Andrea no puede contestar porque Sara irrumpe como un torbellino y se deja caer junto a ella en el colchón.

—¡Vaya día! —exclama.

Andrea y Carolina se miran y sueltan una carcajada.

—¿Qué? ¿De qué os reís?

—Nada, nada. Tranquila, pequeña. —Andrea la rodea con un fuerte abrazo—. Ya sabemos todo…

—¿Sí? ¿A qué no sabéis quién se muda a mi casa?

—El humano —contesta Andrea, para sorpresa de Sara—. Llevo toda la tarde recogiendo cosas para él con mi madre.

—Ah, vale…

—Y lo he visto —añade Andrea, haciéndose la interesante.

—¿Qué? ¡No puedo creerlo! Se viene a mi casa y lo ves tú antes que yo… ¿Y cómo es? ¿Da… miedo?

Andrea, nuevamente, se queda con la palabra en la boca, porque Vero entra como un torbellino. Sin mediar palabra va directa hacia Carolina y le coge las manos con gran preocupación.

—¿Estás bien? ¿Te ha descubierto? —El remordimiento quiebra su voz.

—Sí, sí, tranquila. Quiero decir que sí que estoy bien. No me ha descubierto, pero ha faltado poco… —Carolina sonríe al recordar su aventura.

El tema del humano queda en segundo plano mientras Carolina relata con detalle su odisea en casa de Laobán. Vero suspira aliviada al saber que, a pesar de no haber encontrado el libro, su amiga está bien. Después se vuelve hacia Sara:

—Y tú, ¿cómo estás? ¿Cómo llevas lo de que el humano se mude a tu casa?

Sara resopla.

—Pues no me hace ninguna gracia. Mañana se muda. Es que aún no lo entiendo, si no tenemos sitio…

Andrea, Carolina y Vero se miran, comprendiendo que Sara no imagina que, muy probablemente, el humano se instalará en la habitación de su hermano Alejandro. Vero hace un amago de decir algo, pero se calla, tal vez estén equivocadas y duerma… ¿en el sofá?

—Yo lo he visto —añade Andrea, tratando nuevamente de contar su primicia y de paso, cambiar de tema.

—¡Antes que yo! —exclama Sara indignada— ¿Te lo puedes creer?

—¿Lo has visto? —pregunta Vero, recordando la conversación que había escuchado en el callejón entre su madre y Teresa.

Se sienta con las piernas cruzadas frente a Andrea y Sara, mirando a Andrea con sumo interés.

—¿Y cómo es?

Carolina se acuclilla también frente a sus amigas.

—Pues… no es cómo lo imaginaba.

—¿En qué sentido? —inquiere Vero, ansiosa.

—Bueno, con lo que nos habían dicho lo imaginaba escuálido, demacrado… no sé, enfermizo.

—¿Y? —Vero no soporta la espera.

—Pues resulta que es todo lo contrario. Es un hombre fuerte. Será de la edad de nuestros padres y bueno, está bien. Se le veían los brazos musculosos, de hecho, tuvieron que hacerle ropa nueva porque no le quedaba bien lo que llevaba. Mi madre dice que ha sufrido una recuperación increíble.

Las palabras de Andrea flotan en el aire mientras las tres amigas asimilan sus palabras. Lejos de alegrarse de la rápida recuperación del humano, un temor empieza a apoderarse de ellas. ¿Qué quería decir aquello?

—Pues que bien —apunta al fin Vero, sarcástica.

—Vero, escuché algo sobre tu madre… —añade Andrea con cautela.

—Ya sé lo que me vas a decir —le interrumpe Vero, indignada.

—¿Qué? ¿El qué? —inquiere Sara, confusa.

—Eso, ¿qué pasa? —se suma Carolina.

—Bueno, escuché a Teresa hablando con mi madre entre susurros, para que nadie las oyera.

—¡Teresa es una cotilla! —estalla Vero de pronto, roja por la indignación.

—¡Eh! ¡Que estás hablando de mi madre! —Sara le da un codazo a Vero.

—Pero ¿qué pasa, Andrea? Nos tienes en ascuas —Carolina no entiende nada.

—Bueno… —empieza Andrea, mirando por el rabillo del ojo a Vero, temiendo su reacción—. Decían algo de unas miraditas entre el humano y Nerea…

—¿Unas miraditas? —Carolina frunce el ceño sin entender.

Andrea mira a Vero antes de responder, pero Vero ha bajado la cabeza y mira al suelo.

—Ya sabes, Carol, miraditas, tonteo…

—¿Qué? Pero ¿qué dices, Andrea?

—Sí, ¡el humano! ¡Qué asco! —Se estremece Sara.

—¿Asco? Bueno, asco, asco no es que dé…

—¿Qué quieres decir?

—A ver, teniendo en cuenta que mi opinión no sirve demasiado porque tiene edad para ser mi padre y encima no me van los hombres… lo cierto es que el tipo está bastante bien.

Carolina y Sara miran a Andrea con los ojos como platos.

—Además, me pareció muy educado y muy, ¿cómo decirlo?, muy servicial.

—Servicial, educado… —Carolina repite las palabras de su amiga con sorna.

—Y guapo —añade Sara y las dos ríen, aunque se callan enseguida al ver el rostro airado de Vero, que levanta la cabeza y espeta con indignación:

—¿Recordáis que ese hombre apareció misteriosamente el mismo día que la flor? ¿Y que me decís de su rápida recuperación? ¿No es cuanto menos sospechosa?

Las tres amigas se quedan mudas y clavan la vista en Vero, arrepentidas por su banalidad.

—Y ahora convence a Teresa para vivir en su casa y trata de seducir a mi madre a saber para qué. ¿Es que no lo veis?

—Puede que tengas razón, Vero… —concede Andrea, mirándola apenada.

—¿Puede?

—Vero, ¿qué quieres que te diga? Es que a mí no me pareció…

Unos golpes en la puerta interrumpen a Andrea, sobresaltando a todas.

El temor se apodera de las chicas cuando nuevos golpes se escuchan; nadie va nunca hasta allí, la cabaña es su refugio y los adultos así lo tienen asumido.

—¡Chicas! ¿Estáis ahí? —La voz de Margarita hace que todas suspiren aliviadas, pero el alivio solo dura hasta que Carolina se vuelve y señala la flor, preguntando con la mirada qué hacer.

—¡Escóndela, Carol!, bajo la mesa —le apremia Andrea.

—¿Hola? ¿Puedo entrar? Os escucho susurrar…

Andrea y Sara se levantan de un salto y, junto con Vero, se dirigen hacia la puerta mientras Carolina coge el jarrón con la flor y lo coloca bajo la mesa, bien pegado a la pared.

—¡Margarita! —saluda Andrea mientras abre la puerta—. ¡Qué sorpresa!

—¡Sí! ¿Cómo has podido llegar hasta aquí? —añade Vero.

—¡Desde luego!, es un camino difícil para… —Sara no termina la frase.

—¿Para una anciana, quieres decir? —Sara se sonroja—. Soy anciana, no inválida, y me mantengo muy bien de forma, por cierto.

Las tres ríen nerviosas, paradas frente a la puerta, dando tiempo a Carolina para que esconda la flor.

—Bueno, ¿me vais a dejar pasar o es que escondéis algo que no queréis que vea? —La abuela de Carolina las mira con suspicacia.

Las tres vuelven a reír y se apartan para que entre.

—No, no. ¿Qué vamos a esconder? —aclara Andrea—. Pasa, Margarita, siéntate.

Margarita pasa y se sienta en la silla dando un largo suspiro. Carolina se queda de pie apoyada en la mesa, nerviosa por su gran secreto.

—Carolina, hija, ¿ni un beso me das? —Carolina se acerca sonrojada y da un beso en la mejilla a su abuela.

—Abuela, ¿para qué has venido hasta aquí? Es un largo paseo…

—¿Tú también con lo de que soy vieja?

—No, abuela, pero enseguida nos vamos y no entiendo para qué te has esforzado.

Margarita mira largo rato a su nieta antes de contestar.

—Para empezar, me apetecía pasear y, para terminar, las cuatro estáis muy raritas últimamente. Quería ver qué hacéis tanto tiempo en vuestra cabaña. Hace años que no vengo por aquí… —añade observando la estancia con curiosidad.

—Pues ya ves que nada, abuela.

—Sí, Margarita, solo charlamos —confirma Andrea; Vero y Sara asienten con la cabeza.

—Ya… —consiente Margarita, poco convencida—. ¿Un vaso de agua no tendréis?

—Sí, claro, abuela. —Carolina se dirige decidida a buscar la jarra de agua que guardan bajo la mesa.

Levanta un poco el mantel para alcanzarla, sin percatarse de que, al hacerlo, un destello de luz se escapa: el parpadeante resplandor de la Flor de Ikigai. Con rapidez vuelve a colocar el mantel en su posición, pero al volverse hacia su abuela ésta la mira con extrañeza.

—¿Eso es una vela?

—¿Qué? —balbucea distraída Carolina.

Sus amigas la miran preocupadas: la pálida cara de Carolina se ha coloreado de un rojo intenso en medio segundo, es imposible que Margarita no lo note.

—Esa luz de debajo de la mesa, ¿es una vela? —insiste Margarita.