El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Una fuente de doscientos años
32%

Una fuente de doscientos años

Una fuente de doscientos años

—Lo tengo.

Annabelle escucha las esperadas palabras sin volverse, mientras mira por las amplias cristaleras, contemplando el hermoso jardín. Unos pasos se acercan más a ella y unos fuertes brazos rodean su cintura e inhalan su perfume.

—No vas a creer donde vive: a escasos metros de tu casa, de la casa de tus padres, quiero decir.

Annabelle se pone tensa, se suelta del abrazo y se vuelve; observa al hombre que tiene delante.

Tendrá unos cuarenta años; el pelo negro ya peina canas y éstas, junto a la barba de tres días, le dan un aire interesante.

Se nota que se cuida; sus brazos musculosos lo delatan.

Unos ojos intensamente negros se clavan en ella con devoción, recordándole otros ojos de idéntico color… Annabelle aparta la mirada.

—Es un edificio de los que dan al río, a solo tres manzanas del piso de tus padres.

Annabelle se vuelve otra vez hacia la ventana y posa su mirada en algún punto del horizonte.

No puede evitar sentir una punzada en el pecho por lo irreal de la coincidencia.

Como otra burla más, el destino le muestra juguetón cuántos años atrás podría haber coincidido con Roy si la relación con su madre hubiera sido diferente.

—Sale a correr todas las mañanas —continúa el hombre—. Cruza el puente, sube por la carretera que lleva hasta la presa y regresa por el mismo camino. Siempre se detiene a la vuelta, en mitad del puente.

—¿En mitad del puente?

—Sí.

Annabelle siente la daga en el pecho hundirse un poco más.

Treinta años atrás era ella la que cruzaba ese puente a diario; si las piedras hablaran, podrían contarle al joven Roy tantas historias…

Vuelve a recordar unos ojos negros mirándola y viejos sentimientos olvidados afloran sin que pueda hacer nada por controlarlos.

¿Y si hubiera otra manera? ¿Y si hubiera otro camino para Roy?

—¿Qué hacemos con él?

Annabelle se vuelve de golpe y, ante la sorpresa del hombre, casi grita:

—Nada.

—¿Nada? —pregunta él, aturdido.

Annabelle empieza a caminar con paso firme hacia la puerta de la habitación y la abre. Su rostro serio ha abandonado todo atisbo de sentimentalismo.

—Nada, aún. Déjame su dirección y vete. Ahora quiero estar sola.

El hombre, desconcertado, baja la cabeza y se dirige deprisa hacia la puerta como un perrito obediente, asustado, pero devoto y fiel, inmerso en un amor obsesivo que ha aniquilado cualquier atisbo de autoestima.

¿Serán los poderes de ella que le controlan o se comportaría igual sin su influjo?

En las oscuras noches se lo pregunta, pero al verla durmiendo junto a él, no puede evitar dar gracias por ser digno de su compañía.

Annabelle cierra la puerta y gira la llave que cuelga de la cerradura.

Vuelve a la ventana y observa inquieta el cuidado jardín.

Los jardineros tienen merecido su sueldo; está exultante aun cuando el otoño llegó hace un par de semanas.

En el centro, donde confluyen varios caminos de tierra, preside el lugar una fuente de mármol blanco con una elegante escultura.

Tiene la forma de tres querubines que, subidos a un tronco, portan cada uno un jarrón del que emana agua.

Es una obra muy antigua, le dijeron que tenía por los menos doscientos años; prácticamente lo único que quedó intacto del terrible incendio acaecido trece años atrás.

Cuando Annabelle decidió quedarse con la mansión y restaurarla para convertirla en su residencia, lo primero que ordenó fue retirar la escultura.

Le traía recuerdos de un pasado muy lejano, cuando un par de adolescentes se prometieron amor eterno bajo el influjo de la luna reflejada en sus aguas, con los tres querubines como únicos testigos de su pasión.

Pero, en el último momento, no fue capaz de hacerlo y ordenó volver a colocarla tal cual estaba, en el centro del jardín, como un recordatorio constante de la persona que un día fue, de un pasado al que jamás regresar.

Lo que no sabía entonces es que la fuente no solo sería un símbolo de la persona que no quería volver a ser.

No sabía que cada noche de luna llena se vería arrastrada sin remedio a aquella ventana para observarla a la distancia desde la que era capaz, y vería la luna reflejada en sus aguas, escucharía el salpicar de los tres chorros de agua, cerraría los ojos y viajaría, durante unos minutos, a esa noche.

Vería sus ojos negros, mirándola con ese amor tan puro, y unas lágrimas correrían por sus mejillas.

Después desterraría para siempre esos recuerdos y decidiría, una vez más, demoler la fuente y los malditos querubines, decisión que volvería a postergar a la mañana siguiente, hasta la próxima luna llena…

Annabelle siente un escalofrío; las tardes empiezan a refrescar.

Está cansada; ya va necesitando una visita a Ikigai para reponer fuerzas, pero antes debe zanjar el asunto de Roy.

Mañana mismo le hará una visita y, con suerte, el pasado quedará borrado para siempre.

Se dirige a la puerta y llama a su hombre.

Ahora solo quiere darse un baño relajante, sentir la devoción y el deseo desmedido de él y enterrar sentimientos absurdos que solo sirven para que las personas corrientes vivan vidas desgraciadas.