En busca de respuestas #4
Carolina se levanta y sube la escalera convencida de que su teoría es correcta, pero al llegar solo se encuentra con una diminuta habitación sin puerta, en la que no hay ni un solo mueble.
En la pared de enfrente, una pequeña ventana cubierta con una cortina deja oír las voces de la gente hablando afuera.
En la pared de la derecha un retrato pintado a mano de medio metro de alto y en la pared de la izquierda otro retrato casi idéntico.
Carolina identifica enseguida a los retratados, aunque no los ha visto en su vida o, de haberlo hecho, es incapaz de recordarlos.
No cabe duda de que son los dos hijos de Laobán, fallecidos en la cruenta batalla que los llevó a esconderse en el bosque.
Los observa de cerca maravillada. Son dos chicos de quince años con una amplia sonrisa.
Emanan seguridad y, al mismo tiempo, un aire de rebeldía oculta en sus formales quimonos y su pelo recogido en una trenza, estudiadamente colocada sobre el pecho.
Carolina no es capaz de diferenciarlos. Sabía que eran gemelos, pero nunca imaginó que fueran tan idénticos.
Se le ocurre que les habría encantado conocerlos y una nube de nostalgia la invade al pensar en cuán distinta podría haber sido su vida de haber crecido en el pueblo, junto a los campos de flores, rodeada de tanta gente distinta y con el mundo humano al alcance de su mano.
Sacude la cabeza para alejar esos pensamientos y vuelve a recorrer la estancia con la mirada.
No hay nada más en esa diminuta habitación; los dos retratos y una alfombra con varios cojines cubriendo el suelo.
Carolina se pregunta por qué Laobán no tiene los retratos de sus hijos en el salón de abajo, donde sin duda pasará más tiempo.
Después, al bajar la vista al suelo y observar la alfombra y los cojines comprende que, sin duda, se encuentra en el lugar de recogimiento del anciano, donde subirá a recordar o rendir homenaje a sus queridos hijos, tal vez donde meditará durante horas o puede que donde se siente a tomar las decisiones importantes que le sean requeridas.
Carolina se siente mal al comprender que ha invadido un espacio muy personal y se dispone a volver sobre sus pasos, escaleras abajo, cuando escucha el sonido de la puerta de entrada abriéndose.
El sonido inconfundible del bastón de Laobán irrumpe en la casa y Carolina siente que el corazón le explotará en el pecho en cualquier momento.
Está total e irremediablemente atrapada en esa diminuta habitación sin puerta, donde ni un solo mueble puede servirle de escondite.
Se dirige a la ventana y mira por una rendija de la cortina.
Está alto, tal vez unos tres metros, pero se arriesgaría a saltar de no ser porque de seguro la verían; la calle está especialmente concurrida justo en ese momento.
Los pasos de Laobán se escuchan en la parte de abajo; si decide subir la descubrirá y entonces no habrá escusa en el mundo capaz de justificar su presencia allí, ni siquiera la aparición de la Flor de Ikigai.
Se acerca a lo alto de la escalera y trata de ver qué hace Laobán.
Lleva algo en las manos: parece una maceta.
La coloca junto a otras cerca de la ventana y le murmura unas palabras que Carolina no entiende; debe haberla traído de su cobertizo.
Carolina se pregunta qué puede haber pasado para que la parlanchina de Andrea lo haya entretenido tan poco tiempo.
Laobán se dirige hacia el sofá; Carolina suspira aliviada pensando que se sentará a descansar un rato, pero en el último momento, Laobán se da la vuelta y va hacia la escalera.
Carolina retrocede y se pega a la ventana; vuelve a mirar afuera: inviable.
Los pasos de Laobán se escuchan en el primer escalón, después en el segundo; no puede creer que vaya a tener tan mala suerte.
¿En serio va a subir justo en este momento, a media mañana?
¿No sería un lugar más propicio para acudir por la noche?
Otro escalón. ¿Qué puede hacer? Carolina escudriña su mente a máxima velocidad, tratando de encontrar alguna excusa coherente que explique su presencia allí pero no es capaz de hallar nada… Está desesperada.
En ese momento, un sonido llega como un salvavidas en mitad de la tormenta: el golpear de unos nudillos en la puerta. Laobán se detiene.
—Laobán, ¿está en casa? —Carolina puede reconocer la voz de Teresa, la madre de Sara.
—Sí, sí, pasa. Pasa, Teresa. —Laobán da la vuelta y Carolina escucha sus pasos bajando las escaleras.
Se deja caer, resbalando su espalda por la pared hasta quedar en cuclillas, suspira aliviada y se abraza las rodillas.
«Por los pelos». Pero aún no está fuera de peligro; cuando Teresa se marche Laobán retomará lo que sea que fuera a hacer ahí arriba.
Carolina se levanta y vuelve a mirar por la ventana: no le queda más remedio que saltar, aunque le cueste un hueso roto, pero cómo evitar que la vean.
Mientras se devana los sesos buscando una respuesta, desde abajo le llegan las voces de Teresa y Laobán.
—Buenos días, ¿se puede? —vuelve a preguntar Teresa, ya con la puerta abierta.
—Pasa, pasa. Siéntate. ¿Cómo va el enfermo?
—Pues justo de eso venía a hablarte —dice Teresa mientras se sienta en el sofá; Laobán se sienta a su lado—. Me gustaría que vinieras a verle, ha experimentado una mejoría increíble.
—Ah, qué bien. —Laobán se acaricia la barba, pensativo, anotando mentalmente cómo es el proceso de recuperación de un sujeto tras despertar de la laguna del olvido.
—Sí, es sorprendente. Se ha levantado y se siente con fuerzas, de hecho, es como si su escuálido cuerpo se hubiera recuperado en un solo día. Ya no hay rastro de sus extremidades huesudas es… bueno, asombroso; aunque lo mejor es que lo viera con sus propios ojos.
—Sí, de hecho, me gustaría verlo. Creo que me voy a acercar ahora.
—Ah, ¡perfecto!
Carolina no puede creer lo que acaba de escuchar, Laobán iba a abandonar la casa. ¡Bendita Teresa!
—¿Me acompañas?
—Sí, por supuesto. Yo justo iba para allá. Quería comentarte otra cosa, Laobán…
—¿Sí?
—Verás, había pensado… Bueno, no está bien que continúe en un establo…
—Sí, bueno, es una solución provisional, claro. —Laobán ve la preocupación en el rostro de Teresa—. ¿Qué ocurre, Teresa? ¿Qué quieres decirme?
—Bueno, lo he hablado con Jonás y a los dos nos parece bien. Como tenemos una habitación libre en casa…
—Me parece una idea estupenda —la interrumpe Laobán, que pone su mano sobre la mano temblorosa de ella.
—Está bien, ¿verdad?
—Sí, Teresa, está bien.
Carolina escucha desde arriba, preguntándose cómo le sentará la noticia a Sara.
—¿Confías en él? —pregunta Teresa con temor en la voz.
—¿Y tú? —responde Laobán.
Teresa tarda un rato en responder, pensando bien su respuesta.
—Sí, no sé por qué, pero sí.
—Pues entonces sigue a tu corazón.
Unos minutos después los dos abandonan la casa para gran regocijo de Carolina que, por fin, puede bajar las escaleras y esperar agazapada tras la ventana el momento oportuno para salir de la casa.
Media hora más tarde logra al fin salir de su cárcel, decepcionada por no haber encontrado el libro, pero tremendamente aliviada por no haber sido descubierta.