En busca de respuestas #3
Vero sale del callejón pensativa, intentando dar con una excusa para que la dejen entrar en el granero.
Necesita ver con sus propios ojos a ese humano que estaba alterando sus tranquilas vidas y parece haber ejercido algún tipo de influencia en su madre.
Llega a la plaza y se sienta en el bajo muro de piedra que rodea la fuente de agua que abastece la aldea.
Lleva unos minutos sentada cuando una voz la saca de su ensimismamiento.
—¡Hola, Vero! ¿Todo bien? —Es la voz de Sara que acaba de aparecer en la plaza acompañada de Andrea, sus padres y Sergio. Todos portan grandes cestas repletas de fruta y verduras. Vero se vuelve y los mira largamente, tardando un buen rato en reaccionar… «Oh, no».
—Sí, sí… —musita apenas mientras se levanta y echa a correr en dirección a la casa de Laobán, ante la mirada estupefacta de todos.
—Esta chica anda como loca esta mañana… —comenta Carmen.
Sara y Andrea se miran con preocupación.
Vero corre por la calle, ya más concurrida, esperando ver a Laobán en algún corrillo de gente, mientras se repite mentalmente las posibles excusas con las que tratará de entretenerlo, pero no es hasta llegar a las puertas de su casa cuando lo ve.
Sale acompañado de Teresa, conversando tranquilamente, y Vero se deja caer aliviada en un tocón a escasos metros.
Carolina ya debía haber encontrado el libro y seguramente habría dado con la información que tanto anhelaban.
El plan había salido a la perfección después de todo.
Vero ríe, ante la mirada extrañada de algún vecino.
Lo que no sabe Vero es que dentro de la casa de Laobán, una nerviosísima Carolina, permanece escondida a la espera de poder escapar sin ser vista.
Veinte minutos antes de que Vero se siente en el tocón frente a la puerta de Laobán, Carolina ha encontrado por fin el momento oportuno para levantarse de él y tener la osadía de allanar la casa del gran jefe.
Con paso firme recorre la distancia que la separa de la puerta, llama para asegurarse, a sabiendas de que no hay nadie dentro y, tras una última mirada fugaz a su alrededor, entra.
Se apoya en la puerta, escuchando con claridad los latidos de su propio corazón y respira hondo varias veces para tranquilizarse.
«Ya no hay vuelta atrás», se dice, y se concentra en la misión que la ha llevado hasta allí.
La estancia en la que se encuentra es realmente pequeña, pero acogedora.
Se trata de un espacio diáfano con una graciosa forma circular en la que un par de sofás, una mesita pequeña y varias estanterías conforman todo el mobiliario.
Al fondo, una puerta da a otra estancia y, junto a la puerta, una estrecha escalera de madera lleva a la planta superior.
Carolina camina por el salón, alegremente decorado con alfombras, varios cojines y muchas lámparas aquí y allá.
Se pregunta si tras la puerta se encontrará la cocina, pero al abrirla solo encuentra una estrecha habitación de apenas un metro de ancho, ocupada enteramente por una sencilla cama.
«Es cierto», se dice Carolina al recordar que el viejo Laobán hacía años que no cocinaba; siempre le traían la comida o iba a alguna casa a comer.
«¡Qué suertudo!», piensa Carolina, y después menea la cabeza disipando ese pensamiento tan absurdo. «Bueno, vamos a lo que vamos».
Cierra la puerta y se vuelve hacia las estanterías del salón donde, sin duda, debe encontrarse el libro.
Hay bastantes libros; Carolina cuenta los estantes: son ocho hileras de libros de un par de metros de largo.
Decidida, empieza a repasarlos, estante por estante, asegurándose de no saltarse ni un centímetro.
La primera pasada resulta un fracaso: el libro no está.
«No puede ser». Vuelve a recorrer con la mirada todos los libros, fila a fila, mucho más despacio.
Nada, segunda pasada inútil, y va a por una tercera.
Cuando acaba, se acuclilla en el suelo cabreada y se lleva las manos a la cabeza; no puede creer que después de haber entrado en la casa de Laobán se vaya a ir con las manos vacías.
Entonces levanta la mirada y ve la escalera.
«¡Sí!». El libro debe estar ahí arriba, tal vez en una biblioteca con los ejemplares más valiosos.