En busca de respuestas #2
Al fin, tras una hora y media de insufrible espera, el sonido de un bastón golpeando el suelo, acompañado de un lento arrastrar de pies, las hace enmudecer y observar con atención la calle que va hacia la plaza.
El saludo de alguien, dirigido a Laobán, les da la confirmación antes siquiera de ver aparecer la silueta enjuta del anciano, con su larga barba trenzada y su melena blanca suelta.
Las chicas se acercan al extremo del callejón, permaneciendo en la oscuridad, mientras vigilan los pasos de su objetivo.
Laobán saluda a un par de personas en la plaza, pero no se detiene.
Continúa caminando, abandonando la plaza por una calle que lleva hasta el final de la aldea, justo donde se encuentran el huerto y su cobertizo.
Las chicas, todas menos Carolina, salen del callejón y se dirigen deprisa tras los pasos de Laobán.
Atraviesan la plaza sin incidentes —nadie las distrae con conversaciones vacuas—, y ven a Laobán llegando al final de la calle.
Desde donde están ya se puede ver el huerto; Vero se queda en esa posición para esperar a que Laobán entre en él; Andrea y Sara, cada vez más nerviosas, continúan su camino.
Tan pronto como Laobán recorre los últimos metros que le separan de su cobertizo, Vero corre de vuelta al callejón donde Carolina espera.
Cuando atraviesa la plaza a paso ligero, una sombra fugaz se cruza en su camino haciéndola tropezar y casi caer.
El que sí cae es el pequeño Sergio, que acaba sentado en el suelo de tierra.
Vero le ofrece la mano para levantarlo, su madre viene detrás.
—¡Madre mía, Sergio! ¡Tienes que mirar por donde vas! ¿Estás bien, Vero?
—Sí, sí…
—¡Si ha sido ella! —se queja Sergio, mientras se iza, cogido de las manos de Vero.
—Es cierto…
—¡No, de eso nada! ¡Va siempre corriendo sin mirar por donde!
—Pero…
—¡Chssst! Ni una palabra ¿Qué se dice?
—Perdón.
—No pasa nada, Sergio. —Le revuelve el pelo haciéndolo sonrojar.
De pronto, Vero recuerda su misión y levanta su brazo bien alto, con el dedo pulgar hacia arriba, para que Carolina lo vea desde su posición. Carmen y Sergio miran extrañados a Vero. Vero se sonroja y baja el brazo.
—Esto… lo estiraba un poco, por el golpe —ríe nerviosa.
—Ah, vale. Bueno, vamos, Sergio, que tenemos que ir al huerto a echarle una mano a tu padre. ¿Hoy no ayudas a tu madre en el taller?
—Mierda… —susurra Vero al imaginar al padre de Andrea por el huerto; eso podía dar al traste con toda la operación.
—¿Perdona? —pregunta Carmen extrañada, dudando si ha escuchado bien.
—Nada, nada. Sí, ya voy para allá.
Mientras tanto, Carolina ha salido disparada en dirección a la casa de Laobán, al ver el gesto de Vero.
No tarda en llegar; cosa distinta es poder entrar.
La casa de Laobán es diferente a las demás de la aldea.
Con una graciosa forma circular es la más pequeña, con diferencia, y se encuentra adosada al gran salón de reuniones de forma también circular.
El salón y la casa de Laobán forman un conjunto aislado del resto de casas.
Están en la zona más elevada de la aldea, donde la pendiente del terreno empieza a crecer, camino a las altas montañas que custodian la aldea, muchos metros hacia el norte.
Bien a la vista de todos, como símbolo del lugar más importante, es difícil acercarse sin ser visto por nadie, cuánto menos entrar, a pesar de la ausencia de cerraduras en todas las puertas de la aldea.
Carolina no tiene más remedio que sentarse en un tocón a unos pocos metros, esperando el momento adecuado para intentar entrar, cuando nadie la vea.
A unos doscientos metros de Carolina, Vero ha conseguido llegar al callejón sin más incidentes y espera, agazapada, por si ve a Laobán regresar.
Otros tantos metros más al este, unas nerviosísimas Andrea y Sara, cogidas de la mano para infundirse valor, recorren los pocos pasos que las separan del cobertizo, desde donde les llegan los murmullos de Laobán, hablándole a las plantas que con tanto amor cuida.
—¿Andrea? —se escucha una voz a la espalda de las dos chicas, que se quedan petrificadas.
—No puede ser… —murmura Andrea, sudando de puro estrés. Sara le suelta la mano.
—¿Andrea? ¿Dónde vais?
Unos pasos acercándose siguen a la voz y Andrea y Sara se dan la vuelta muy despacio.
—¡Hola, Sara! —saluda Nico, el padre de Andrea.
—Hola.
—¿Dónde vais?
—Hola, papá —Andrea duda un momento si contarle a su padre la historia preparada para Laobán o inventar otra cosa, aunque igual da una mentira u otra… Nico parecía leerle la mente y Andrea supo que el plan se iba a ir al traste desde el momento en que escuchó su nombre a sus espaldas—. Pues…
—Vamos a pedir consejo a Laobán —se adelanta una decidida Sara, que ve el apuro de Andrea.
—¿Consejo? ¿Para qué? —pregunta Nico intrigado.
—Bueno, veras. Esto te va a parecer gracioso… —Sara se pone roja antes de hablar y una risilla nerviosa se apodera de ella—. Sabes que las dos entrenamos…
—¿Sí…?
—Pues queremos ver resultados más rápido y hemos pensado que tal vez Laobán podría aconsejarnos algún remedio natural… Ya sabes, para ganar músculo.
Nico se queda pensativo y mira a su hija largamente, poco convencido.
—Sara —habla al fin—, si deseas ganar músculo, además de practicar Bōjutsu deberías hacer ejercicios con peso. Andrea tiene en nuestro granero sacos para eso, pregúntale a tu padre cómo incorporarlo a tu rutina de ejercicio y, Andrea, ¿esto es por lo de ayer?
—¿Cómo?
Nico se acerca a su hija y le pone las manos sobre los hombros.
—No debes tener prisa, ya te dije que me vencerás antes de lo que crees, a mí y a cualquiera…
—No, yo…
—En la vida no hay atajos, Andrea. Debes tener paciencia. Anda, ya que estáis aquí, ayudadme a repartir unos pedidos y no molestar a Laobán con vuestras ocurrencias…
Nico levanta la mirada por encima del hombro de Andrea y alza el brazo a modo de saludo.
—¡Adiós, Laobán!
Las chicas se vuelven y observan como Laobán recorre el camino por el que acababa de llegar.
—Adiós, adiós… —susurra apenas sin mirar, mientras se aleja todo lo ligero que su bastón le permite.
—Veis, un hombre ocupado… —añade Nico volviéndose hacia el huerto—. Venid.
Andrea y Sara se miran, dudando un momento. Finalmente, siguen a Nico resignadas, confiando en que Carolina ya habrá dado con el libro y, de no ser así, recibirá el aviso de Vero, a tiempo de abandonar la casa de Laobán.
En el oscuro callejón aguarda Vero nerviosa, sin quitar la vista de la calle por la que Laobán debe regresar si vuelve a su casa, pero una voz la saca de su concentración: la voz de su madre. Se pone rígida y se pega aún más a la pared. Su madre pasa por delante sin verla, pero una voz la detiene:
—¡Nerea! ¡Nerea! —es Teresa, la madre de Sara, que se acerca hasta donde está, a escasos metros del callejón… y de Vero.
—¡Ah, hola, Teresa! No te había visto…
—Ya, ya. Últimamente no te veo mucho… —dice Teresa con un tono de ironía que Nerea no comprende o no quiere comprender.
—¿Cómo? No te entiendo.
Por toda respuesta, Teresa coge del brazo a Nerea y la arrastra justo en dirección al callejón.
Vero da un salto atrás y corre buscando un lugar donde ocultarse.
Por suerte, alguien ha dejado apoyados en la pared unos viejos tablones de madera detrás de los cuales Vero se agazapa, rezando para no ser vista.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿qué? ¿Qué pasa, Teresa? No te entiendo.
—Ya, ya… No me entiendes… —Teresa mira fijamente a Nerea con los brazos cruzados sobre el pecho—. No hagas que te recuerde el momento «miraditas» en el granero…
—Pero ¿qué? ¿Qué dices, Teresa? No sé de qué hablas.
Vero observa desde su escondite como su madre baja la mirada y su rostro se vuelve de un rojo intenso; una sonrisa aparece en su rostro, pero se esfuerza por reprimirla. A Vero se le escapa lo qué está pasando, pero pone todos sus sentidos para enterarse.
—Venga, Nerea, no te hagas la tonta que ya nos conocemos. Ese Always y tú… ¡Puff! ¡Saltaban chispas!
Las pulsaciones de Vero se aceleran y una mezcla de sentimientos la invaden… ¿Estaba entendiendo bien?
—¡Teresa, por favor! —Nerea manda callar a su amiga con el dedo índice sobre los labios y mira a su alrededor avergonzada como si alguien pudiera escucharlas—. No digas tonterías. ¡Qué dices de chispas!
—Digo lo que vi.
—Pues viste mal.
La risilla contenida de Nerea y su rostro acalorado delatan lo poco desencaminada que está Teresa, para desconcierto de Vero.
No puede creer lo que Teresa está insinuando y empieza a indignarse al ver a su madre así.
«Pero, ¿qué te pasa? Pareces tonta, por favor… ¡Y qué dice esa chismosa de Teresa!»
—¿Entonces no hubo miradas cruzadas entre el humano y tú?
—¡Para nada! —afirma Nerea contundente, recuperando poco a poco la compostura.
—¿Y no te gusta ni un poquito ese Always?
—¡No, Teresa! ¿Tú te escuchas?
«Sí, ¿tú te escuchas, Teresa?» está a punto de gritar Vero desde su rincón.
—Vale, vale, lo que tu digas.
—Pues claro, Teresa. ¡Que ya no tenemos quince años! —Orgullosa se da la vuelta y se marcha, negando con la cabeza sin mirar atrás.
Vero observa a Teresa que permanece unos minutos más en el callejón mirando a su amiga, con una sonrisa divertida en el rostro.
—¡Ay, mi Nerea! Las miradas no mienten, amiga. —Y lanzando un largo suspiro abandona ella también el callejón.
Vero sale despacio de su escondite y se asoma; su madre camina ya por el extremo opuesto de la plaza.
Antes de abandonarla por una calle se vuelve para mirar a su amiga Teresa que la saluda con la mano.
Vero ve como su madre sonríe y vuelve a sonrojarse mientras se despide con la mano.
Había visto sonreír a su madre más en esos dos minutos que en toda su vida…
¿Qué demonios había pasado entre ella y el humano?
Aquel asunto no le gustaba nada, tenía que ver a ese maldito Always como fuera.