El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) En busca de respuestas
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En busca de respuestas

En busca de respuestas

Las tres amigas caminan en silencio, recorriendo el mismo camino transitado la noche anterior.

Al igual que la noche anterior, Carolina las espera en la cabaña, pero los ánimos son muy distintos.

Andrea, Sara y Vero tienen poco de que hablar y mucho en lo que pensar.

Cada una rememora mentalmente la conversación que ha mantenido con sus padres y madres, en la mayoría de los casos conatos de conversación que han sido inmediatamente sofocados.

Han decidido no contarse nada hasta que no estén las cuatro juntas, pero los rostros y el ánimo son un claro reflejo del resultado de su pequeño experimento.

Al fin, tras un recorrido que parece durar mucho más de lo normal, llegan a la cabaña, donde las luces en su interior hacen adivinar la silueta de Carolina esperándolas.

Como una pequeña ola de desánimo invadiendo la estancia, entran y, prácticamente, se dejan caer en el viejo colchón.

Carolina, que está sentada en la única silla observando la flor, se vuelve y las mira.

Su cara tampoco refleja un gran entusiasmo.

—No ha ido muy bien, ¿no?

—¡Tenemos que descubrir qué hace esa flor! —exclama con indignación Vero.

Las tres la miran sorprendidas. Ya es de lo más difícil ver a Vero enfadada, pero demostrar semejante determinación por incumplir las normas es toda una revelación.

—¡Ostras! —suelta Andrea.

—¡Vaya! —Sara mira a su mejor amiga, fascinada con esa nueva faceta suya.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Es que vosotras no estáis hartas de tanto secretismo y prohibiciones? Ya no somos unas niñas, pero nos siguen tratando como tal.

—Joder, Vero —dice Sara—. Yo no lo habría expresado mejor… pero no me lo esperaba de ti.

Carolina y Andrea le dan la razón, afirmando con la cabeza.

—Ya sé que normalmente no soy así, pero es que mi madre… teníais que haberla visto, se puso tan… apenas me dejó hablar, estaba ofendida solo por preguntarle.

—Mi padre igual, apenas saqué el tema del pasado y me cortó tajante —explica Sara.

—«Solo tenemos que seguir las reglas» —añade Andrea, imitando la voz de su padre—. Y ahí terminó la conversación.

—Y tú ¿qué?, Carol —se interesa Vero.

—Pues… la verdad es que no he llegado a preguntarle.

—Carolina se dirige al colchón y se sienta junto a sus amigas, pensativa—.

Veréis, el día que apareció la flor, busqué un viejo libro de mi abuela sobre el País de Ikigai, uno de los pocos libros que consiguió salvar del antiguo pueblo.

Es un libro impreso en el mundo de los humanos, es muy, muy antiguo…

Sus tres amigas la escuchan con sumo interés.

—Lo cogí para buscar un dibujo de las Flores de Ikigai y comprobar si realmente la flor que tenía delante era una de ellas.

Después, no sé qué hice con el libro, la verdad.

Es curioso, nunca me había llamado la atención ese libro, ahora pienso que si lo hubiera consultado antes…

En fin, el caso es que ayer descubrí a mi abuela con el libro en las manos.

Tenía los ojos llorosos, lo cerró y lo abrazó, después se marchó con él bajo el brazo.

Yo creo que se lo ha llevado a Laobán. Ni siquiera me preguntó para qué lo había cogido, después ya no me atreví a sacar el tema…

Las cuatro guardan silencio pensativas, nunca habrían imaginado que sus mayores se negarían a hablarles del pasado cuando llegado el momento ellas mostraran interés. Ese momento había llegado y solo habían recibido respuestas esquivas y un silencio inquietante.

—Pues estamos como al principio —concluye al fin Andrea—. No hemos averiguado nada.

—Y ahora, ¿qué? —inquiere Vero, que está deseosa de tomar acción.

—Ese libro que has dicho, Carolina, ¿dices que lo tiene Laobán? —tercia Sara pensativa.

—Digo que a lo mejor mi abuela se lo ha llevado a Laobán, pero no lo sé.

—¿Y si se lo pedimos?

—¿Pedírselo? —Andrea ríe sarcástica—. ¿Y a cuento de qué?

—Podemos robarlo… —suelta Vero, decidida a intentar lo que sea.

—¿Robarlo? Vero, ¿tú te escuchas? —Andrea no puede creer las palabras de la nueva Vero.

—Pues es una idea… —la apoya Sara—. Podríamos distraerlo con alguna excusa y buscar en su biblioteca o, ¡mejor que eso!, esperar a que fuera a su cobertizo y entrar en su casa…

—¡No pienso entrar en casa de Laobán! ¡Es que hemos perdido el juicio!

—¿Y qué sugieres Andrea? Ilumínanos —increpa Sara molesta.

—¡Cualquier cosa menos entrar en casa de Laobán! Si nos pillan, ¿qué?

—¿Por qué nos van a pillar? Es fácil, lo vigilamos y cuando vaya al cobertizo una de nosotras lo distrae con algo, mientras las otras entran en su casa y buscan el libro…

—¡¿Qué?! ¿Tú te estás oyendo Sara? ¡Di algo, Carol!

Las tres se giran hacia Carolina que se ha mantenido callada, con la mirada perdida en la mágica flor. Levanta la cabeza y las mira a las tres, como decidiendo por quien tomar partido.

—Creo que, si robamos el libro, Laobán se dará cuenta…

—¡Gracias! —exclama Andrea.

—Pero…

—¡Puff! —Andrea hace aspavientos con las manos antes si quiera de dejarla hablar.

—Pero no se dará cuenta si, simplemente, buscamos la información que necesitamos y volvemos a dejar el libro en su lugar…

—¡Brillante! —suelta Sara mientras da una sonora palmada, al tiempo que Vero afirma contundente con la cabeza.

—Pero ¡Carol! —se queja Andrea con voz lastimera.

—Andrea, normalmente te daría la razón, pero están pasando cosas.

Ha aparecido un humano que, casualmente, no recuerda nada; un colibrí recorre todo el bosque y nos trae una flor que empieza a desprender luz…

—Carolina se levanta, visiblemente contagiada del enfado de Sara y Vero—.

¡Si los mayores quieren mirar hacia otro lado y se creen con derecho a ocultarnos las cosas, pues tendremos que averiguarlas por nosotras mismas!

—¡Muy bien dicho, Carol! —refrenda Vero, que se levanta también entusiasmada—. ¡Me apunto al plan!

—¡Y yo! —afirma a su vez Sara, levantándose también—. Encontraremos ese libro y descubriremos la verdad.

Las tres se vuelven hacia una Andrea incapaz de creer que sus amigas vayan en serio.

—¡Vamos, Andrea! ¡Hay que hacerlo! —le anima Sara.

—¡Sí! No nos han dejado otra opción —alega Vero.

—Venga, Andrea, te necesitamos —casi le suplica Carolina—. Tenemos que apoyarnos en esto, sin ti no lo haremos.

—Exacto, las cuatro unidas —apunta Sara, y estira su brazo poniendo su mano con la palma hacia abajo.

—Las cuatro unidas —repite Vero y, estirando su brazo, pone su mano sobre la de Sara.

—Las cuatro unidas. —Carolina pone su mano sobre la de Vero.

Las tres miran a Andrea con rostros suplicantes. Andrea resopla y, estirando el brazo, pone su mano sobre la de Carolina con desgana.

—¿Y? —inquiere Carolina.

—Las cuatro unidas —repite Andrea desinflada, sin el menor entusiasmo.

—¡Genial! —exclama Sara—. Además, he pensado en ti para la misión más importante…

—¿Qué? —Andrea aparta la mano veloz.

—¡Chicas, vamos a hacerlo! —las interrumpe Vero emocionada, y todas se contagian al segundo de su entusiasmo y empiezan a reír nerviosas; todas, menos Andrea.

Las cuatro amigas se encuentran en un pequeño callejón de apenas dos metros de ancho.

Está entre dos casas y da a una calle más amplia que a su vez desemboca en la plaza de la aldea.

Es la calle que Laobán atraviesa todas las mañanas al salir de su casa camino al cobertizo.

Habrían esperado en la plaza, pero era un lugar demasiado concurrido y no querían que nadie las distrajera de su misión con preguntas.

Por supuesto, aún menos querían encontrarse con alguno de sus padres.

Esa noche, ninguna de las cuatro había dormido demasiado. Se disponían a entrar, nada más y nada menos, que en la casa del jefe de la aldea, el respetadísimo Laobán y, pasada la emoción inicial, estaban muertas de miedo.

Habían planeado bien todos los pasos a seguir y el papel que cada una tenía para lograr un final satisfactorio.

La primera parte del plan era la más tediosa.

Simplemente debían esperar ocultas en el callejón hasta ver pasar a Laobán cuando saliera de su casa camino al cobertizo.

Era raro el día que no iba un rato a cuidar sus valiosas plantas o a preparar algún remedio o ungüento.

Llevaban desde primera hora de la mañana en ese oscuro callejón y la espera se estaba haciendo eterna.

El siguiente paso era seguir a Laobán, a una distancia prudencial, para no levantar sospechas y, cuando hubiera llegado al cobertizo, hacerle una visita.

Habían barajado la posibilidad de preguntarle directamente si iba al cobertizo, pero no querían arriesgarse a que quisiera saber los motivos de su interés.

Debían asaltarlo cuando ya estuviera allí y hacerle perder el mayor tiempo posible.

Esa parte del plan era para Vero, Andrea y Sara.

Cuando se aseguraran de que Laobán entraba al cobertizo, Vero debía regresar al callejón y avisar a Carolina para que fuera a casa de Laobán a buscar el libro.

Mientras Carolina buscaba el libro, ella se quedaría a la espera en el callejón, haciendo guardia por si veía a Laobán regresar antes de que Carolina hubiera terminado la búsqueda.

Mientras tanto, Andrea y Sara iban a visitar a Laobán al cobertizo con la excusa de preguntarle por algún remedio para las agujetas y el buen desarrollo muscular.

La idea inicial era que Andrea fuera sola a hablar con Laobán, mientras Sara hacía guardia en algún otro punto a mitad de camino entre el cobertizo y la casa de Laobán, pero Andrea se había negado rotundamente.

Esa era, a su parecer, la parte más difícil del plan, y no estaba dispuesta a cargar sola con el marrón, menos cuando había estado en contra, desde el principio, de aquella idea descabellada.