El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) La laguna oscura #2
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La laguna oscura #2

Me cuesta un buen rato acomodar la vista.

Por unos segundos temo tener algún problema de visión pues todo está borroso, turbio, como si una película cubriera mis ojos.

Me los froto y vuelvo a fijar la vista; me cuesta entender lo que veo, parece agua.

Observo mis manos moviéndolas frente a mi cara; son manos de pergamino, arrugadas y de un color tan blanco que puedo contar las interminables venillas azules.

Ondas de agua acompañan el movimiento de mis manos.

Miro el resto de mi cuerpo: mis ropas están desechas y mohosas, mis pies tan blancos como mis manos reposan en un lecho fangoso, lleno de lo que parecen algas.

Miro a mi alrededor; estoy rodeado de algas y plantas acuáticas y confirmo mis sospechas: un agua turbia y estancada me envuelve.

Sobre mi pecho veo una maraña de algas negras; intento arrancarlas y me doy un fuerte tirón: resulta ser mi barba, una barba larga, sucia y mohosa.

Me toco la cabeza: el pelo largo baila sobre ella, flotando en las sucias aguas.

Tomo conciencia de que no me falta el aire, respiro con normalidad, eso o ya estoy muerto…

Tal vez me ahogué en este lugar y estoy cumpliendo mi condena.

Instintivamente miro arriba; la superficie queda lejos.

Fijo la vista y consigo escudriñar el cielo: es una noche despejada de luna llena, una luna que alumbra mi salida.

La urgencia por salir de allí se apodera de pronto de mí.

Intento levantarme; mis rodillas siguen adormecidas.

Entonces escucho algo y me quedo quieto: es un sonido estridente.

Lo oigo cada vez más fuerte, más cercano, pero no consigo identificarlo; viene de arriba, de la superficie.

Levanto la vista y allí, enmarcado por el cielo nocturno, veo un montón de bultos de colores moviéndose sin parar, dando vueltas sobre mi cabeza.

Al principio no logro saber qué son, pero el sonido va creciendo hasta que mi mente descifra lo que está escuchando: son cantos de pájaros.

Hay pájaros revoloteando sobre la superficie del agua; pájaros con alas de llamativos colores iridiscentes que pían con fuerza mientras vuelan en círculo.

No sé qué significa, pero sé que la urgencia por salir de aquel lugar empieza a volverse insoportable.

Con un último esfuerzo bestial consigo levantarme al fin, sintiendo el trasero y las piernas entumecidas como cemento.

Miro dónde estaba sentado: es una enorme roca, que conserva la forma de mi cuerpo perfectamente dibujado, allí donde no han podido crecer las algas que me rodeaban.

Muevo las rodillas, primero despacio, después más rápido, muevo los brazos a ambos lados de mi cuerpo y, como un deportista calentando para correr la maratón, pongo todo mi cuerpo en movimiento para, finalmente, comenzar a bracear hacia la superficie.

Son pocos metros, pero se me hacen eternos; me resulta un esfuerzo tan inmenso que solo la asfixiante necesidad de salir de allí hace que no me rinda a mitad de camino.

Ya estoy cerca y, por primera vez, empiezo a notar que me falta el aire, como si hubiera dejado de poder respirar allí abajo, tras haberlo hecho a saber por cuánto tiempo.

Casi estoy, los últimos segundos son una agonía, pero al fin mi brazo sale del agua y detrás mi cabeza.

Doy una amplia bocanada de aire y siento que mi boca y mi garganta arden.

No puedo evitar pegar un grito desgarrador.

Los pájaros que aún estaban sobre mi cabeza desaparecen veloces.

El dolor se expande por todo mi pecho, siento fuego en mis pulmones; respiro agitadamente, retorciéndome de dolor mientras nado a duras penas hacia la orilla.

Al fin llego y me dejo caer exhausto. Poco a poco el dolor y la quemazón desaparecen y empiezo a respirar con normalidad.

Me siento y miro a mi alrededor. Estoy rodeado de árboles; me encuentro en un claro de lo que parece un espeso bosque.

En una rama, unos vivos colores llaman mi atención.

Fijo la vista y veo un pequeño pájaro con lo que parece una flor sujeta entre sus patas.

Lo observo consternado. Es muy pequeño y colorido; identifico la especie: es un colibrí.

También me observa en silencio. Comprendo que es uno de los que volaban y piaban alocadamente sobre la laguna, pero ¿por qué?

El colibrí remonta el vuelo y se adentra en el bosque.

Me quedo solo y en silencio de nuevo. Vuelvo a intentar recordar, pero es inútil, mi mente está vacía.

Decido descansar unos minutos antes de emprender mi camino.

No sé dónde estoy ni dónde debo ir, pero decido seguir el camino tomado por el colibrí, tal vez me lleve a las respuestas que ansío encontrar.

Cierro los ojos unos minutos, respiro hondo varias veces, tratando de coger fuerzas y de llenarme de una calma que necesito tanto como el aire.

De pronto me mareo, todo se vuelve oscuro y siento que caigo de espaldas.

Mi cuerpo y mi cabeza aterrizan sobre una superficie blanda.

Me incorporo asustado, con los ojos bien abiertos y las manos apoyadas.

Miro a mi alrededor y recuerdo. Miro mi cuerpo.

Llevo ropa limpia y estoy tumbado en una cama.

Me toco la cara: mi barba está recortada.

Tengo vendas en varias partes de mi cuerpo y el olor a paja y grano me envuelve.

Estoy en el granero, ese granero que unas buenas personas habilitaron para atenderme.

Recuerdo levemente una conversación con el sabio del lugar; Laobán, ese era su nombre.

Me habló de una laguna misteriosa… Ahora sé que es cierto. Mi primer recuerdo, algo es algo.

Miro hacia las grandes puertas de madera: alguien hace guardia, un hombre; creo que es el de la cicatriz en el ojo.

Una puerta se abre y entra alguien. Esa mujer otra vez; su pelo color fuego la hace inconfundible.

Me mira de reojo y le susurra algo al hombre que se vuelve para mirarme.

La miro, me mira, y lo siento otra vez…, ese fuerte magnetismo.

El hombre empieza a caminar hacia mí. Sonríe, pero me mareo y no puedo evitar dejarme caer en la cama.

Cierro los ojos y todo se vuelve oscuridad de nuevo.