La laguna oscura
La laguna oscura
La puerta del granero se abre despacio. Always acaba de terminar de cenar, pone el cuenco vacío en el suelo, a un lado de la cama, y se acomoda para volver a dormir.
Una figura menuda, vestida con una larga túnica, entra.
Sus andares cansados delatan su avanzada edad.
Conforme se acerca, Always puede verlo mejor.
Como había deducido, es una persona mayor, con el rostro cubierto de arrugas; pero sus rasgos asiáticos complican a Always la tarea de adivinar su edad.
Lleva una larga barba canosa, recogida en una graciosa trenza, que le llega hasta el pecho, y el pelo también trenzado hasta mitad de la espalda.
Camina con las manos juntas a la altura de la cintura, apoyadas sobre un largo bastón de madera tallada.
Sosteniendo la mirada de Always y, sin decir nada, llega hasta el taburete a los pies de la cama y se sienta.
Lo observa durante unos minutos que a Always se le hacen eternos y al fin, con una voz más profunda de lo esperado, habla:
—Veo que está despierto y con mejor aspecto.
—Sí, gracias. Han sido todos muy amables…
El anciano levanta la mano mandándolo callar, con esa autoridad que solo el paso de los años concede.
—Bien, no se preocupe. Sé que necesita descansar y me marcharé enseguida. Solo quería hablarle, ahora que podemos hacerlo a solas.
El anciano se queda en silencio, como ordenando sus pensamientos. Always está intrigado, pero no abre la boca por miedo a que vuelva a mandarle callar.
—Mi nombre es Laobán. Soy la persona más vieja de la aldea y la de mayor autoridad. Sé que no es así en otras partes, pero aquí se respeta y valora la sabiduría que otorgan los años.
Always asiente con la cabeza expectante.
—Sé cosas sobre usted que nadie más sabe y así debe seguir, ¿estamos de acuerdo? —Always vuelve a asentir muy despacio, intrigado—. Bien, quiero pensar que puedo confiar en usted, pero ha de saber que no viene del mundo de los humanos como todos creen.
Always se sorprende con la revelación y va a decir algo cuando Laobán levanta el dedo para pedirle silencio, otra vez. Laobán calla otros minutos que consiguen poner aún más nervioso a Always.
—Es cierto que hay un portal en el río y es cierto que está bajo la cascada, pero si consigue recordar un poco el aspecto que llevaba cuando fue encontrado, coincidirá conmigo en que nadie aparecería de esa manera tras atravesar una cascada de aguas cristalinas…
Always recuerda sus ropas apestosas llenas de moho y comprende la lógica de las palabras del anciano, que continúa:
—Esta aldea linda con un bosque. No sé si conserva algún recuerdo de él.
—Always afirma con la cabeza; es su recuerdo más lejano: encontrarse rodeado de árboles.
El viejo parece saber lo que dice—. Eso pensaba.
Es un bosque muy tupido, cuya frondosa vegetación hace difícil transitarlo…
, lo cual es de agradecer. Entre sus árboles se esconden muchos peligros y no queremos que alguno de nuestros jóvenes se aventure en él.
—Un atisbo de media sonrisa aparece en su rostro—.
Uno de esos peligros no está muy lejos de aquí, puede que a un par de horas caminando: es un pequeño pantano, ¿le suena?
Always niega despacio con la cabeza.
—Umm, bien. Es el pantano del que usted ha venido, lo cual explica su pérdida de memoria.
El anciano vuelve a quedarse callado otro buen rato, tanto que Always teme que lo deje así. Al fin, continúa:
—Ese pantano no es un pantano normal. Mis ancestros lo llamaban «el pantano del olvido», y ya habrá adivinado el porqué del nombre.
—Always entiende—. Pero la peculiaridad que no habrá deducido es que no solo el que se sumerge en él pierde todos sus recuerdos; todas las personas que alguna vez lo conocieron lo olvidan también, como si su existencia nunca hubiera tenido lugar —Always siente por momentos un peso oprimiéndole el pecho—.
Esto hace bastante difícil poder averiguar algo de su pasado…
Laobán vuelve a callar, con la mirada perdida en el infinito. Always carraspea y habla al fin.
—Laobán, así se llama, ¿no? —El anciano asiente. Always continúa—. ¿Y por qué todos piensan que vine del mundo humano, cruzando el portal, estando ese pantano aquí, tan cerca?
—Sencillo: primero, porque nadie sabe de la existencia de ese pantano; segundo, lo creen porque yo se lo dije.
—¿Cómo?
—Verá, Always —pronuncia el falso nombre con cierto sarcasmo—.
No quiero saturarlo dándole demasiada información de golpe, pero hace trece años hubo en este mundo una terrible batalla contra un ser despiadado.
Hubo héroes… pero también traidores. Si digo al pueblo que viene de un pantano en el que lleva a saber cuánto tiempo, alguien podría pensar que tal vez fuese uno de esos traidores.
Podrían empezar las sospechas, las desconfianzas, y no queremos eso.
Es más sencillo para todos pensar que vino del mundo de los humanos y que nada tiene que ver con nuestro mundo.
«Hubo héroes… pero también traidores». Always escucha en su cabeza esa frase resonando como un eco.
¿Acaso estaba insinuando que era un traidor de una batalla que ni siquiera recordaba?
¿De veras lo pensaba? No, no podía ser. Si él fuera ese tipo de persona lo sentiría; podría no tener recuerdos, pero conocía bien su integridad… o eso creía.
—¿Y por qué he salido del pantano justo ahora? —quiso saber Always.
—Lo siento, joven amigo, para eso no tengo respuesta… Eres la primera persona que conozco que ha logrado salir de él.
Always queda impresionado con semejante confesión. Cada vez está más confuso y agobiado, la presión en su pecho creciendo.
—Si soy la primera persona que ha salido, no sabrá cuándo recuperaré la memoria… o si jamás podré hacerlo.
—Así es —afirma Laobán sin rodeos—. Su intuición no le falla. Pero no sufra innecesariamente, siempre digo que todo pasa por algo. Tal vez no le interese recordar. ¿No le parece?
—Por si soy uno de esos traidores… —Si Laobán pretendía consolar a Always, no lo estaba consiguiendo.
—No digo que lo sea, ya le dije que me trasmitía confianza, pero…
—¿Pero?
—Hasta el alma más pura puede actuar del modo incorrecto, ante una situación desesperada.
Always siente un brillo de desconfianza en los ancianos ojos de Laobán. Se queda en silencio pensativo, con la absoluta certeza de que preferiría recordar, sea cual fuera su pasado. Laobán se incorpora despacio.
—Bueno, Always, creo que debería intentar descansar.
No ponga esa cara, al final el sueño le vencerá; su cuerpo lo necesita.
Solo una última cosa. Le ruego no diga nada a nadie de esta conversación y menos del pantano.
Como le he dicho, hay jóvenes en la aldea con ganas de aventura y no queremos ponerles en bandeja una tan tentadora, ¿verdad?
—No se preocupe, Laobán, puede confiar en mí. Soy un hombre de palabra, de eso estoy seguro. —Y sonríe con determinación, aunque le cuesta creer en la absoluta verdad de sus palabras.
Laobán se despide con la cabeza y, cuando ha dado un par de pasos, se vuelve.
—Always, siento haberle sido tan franco. Creo que lo he inquietado, pero pensé que tenía derecho a saber la verdad.
—Gracias, Laobán, no sabe cuánto se lo agradezco. Solo tengo que asimilar todo y recuperarme. Ha sido muy generoso en venir a hablar conmigo, no tenía por qué haberlo hecho.
Laobán le sonríe, esta vez con una sonrisa más sincera, y se aleja hasta la puerta, cerrándola tras él.
Always se tumba, cierra los ojos y respira hondo varias veces.
Pone las manos sobre su barriga, sintiendo los movimientos de su propia respiración como un oleaje de calma, y empieza a tranquilizarse cada vez más, decidido a olvidar por el momento la conversación que acaba de mantener y poniéndose como prioridad su recuperación.
El sueño, como predijo Laobán, no tarda en llegar.
Muevo el dedo índice de mi mano derecha muy despacio; me cuesta un gran esfuerzo, es como levantar una pesada piedra.
No sé el tiempo que llevo intentando hacerlo; desde que mi cerebro dio la orden de hacerlo ha pasado una eternidad.
Empiezo a tomar conciencia de mi cuerpo; lo siento pesado y atrofiado.
Mi cerebro sigue enviando órdenes de movimiento, pero ninguna parte de mi cuerpo responde; todo él se halla en alguna parte de un profundo sueño del que no consigo despertar.
Sigo concentrando mi esfuerzo en mi dedo; lo muevo cada vez más rápido, más despierto, más liviano.
Al fin, el resto de los dedos le empiezan a acompañar y también los de la otra mano.
Tengo ambas manos apoyadas en mis rodillas, estoy sentado.
Pronto los dedos de los pies se unen al movimiento; los siento descalzos, en contacto con algo pegajoso, pero no sé qué es.
Mientras intento que otras partes de mi cuerpo despierten, trato de recordar dónde estoy y cuánto tiempo he dormido, porque me siento demolido.
Es evidente que he dormido demasiado y el descanso ha dado paso al agotamiento por exceso de sueño.
Trato de recordar cuándo me dormí y dónde, y por qué estoy sentado y descalzo, pero mi mente está en blanco.
Voy más atrás, antes del sueño. Buceo en mi cabeza en busca de algo, pero no encuentro nada, no soy capaz de recordar nada y me empieza a invadir una angustia creciente.
No sé quién soy ni dónde estoy. Alentado por la urgencia por recordar consigo mover todo el cuerpo.
Es un esfuerzo titánico: levanto brazos, muevo hombros, ladeo la cabeza de un lado a otro y antes de disponerme a levantarme consigo que mis pesados párpados se muevan al fin.