El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un pacto de silencio #3
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Un pacto de silencio #3

—Sabíamos que este momento iba a llegar —afirma Nico, mientras empieza a caminar por el cobertizo con aire distraído.

—Lo sabíamos, bastante han aguantado.

—Ya lo creo, nosotros a su edad…

—¡Puff! —Jonás mira a su amigo y ríen cómplices.

Se sienta en un banco que hay en mitad de la estancia, junto a una mesa de madera llena de sacos de tierra, recipientes con agua y semillas, y diversas herramientas. Coge una pequeña espátula y juguetea con ella pensativo.

—¿Cuántas veces habíamos ido ya al mundo de los humanos con su edad?

Nico se vuelve y hace cálculos mirando a su amigo.

—¿Con dieciocho años? Por lo menos tres.

—Habíamos vivido tanto ya…

—Desde luego, con nuestras mochilas al hombro… ¡Nos íbamos a comer el mundo!

—¡Y el mundo nos comió! —Los dos ríen.

—¡Qué va, amigo! —Nico se sienta junto a Jonás—. ¡Nos comieron ellas!

Una nueva carcajada inunda el cobertizo.

—Y seguimos con ellas —afirma Jonás pensativo—. Podría no haber sido así…

Los dos se ponen serios, recordando los acontecimientos que los llevaron a vivir ocultos en mitad del bosque.

—Sí, amigo, desde luego que podría no haber sido así; otros no tuvieron tanta suerte. Este lugar nos mantiene con vida, pero… —Nico baja la cabeza y mira al suelo, invadido por un gran pesar.

—Pero sabíamos que no sería suficiente para ellas.

Sara me hizo preguntas anoche que nunca me había hecho.

—Nico levanta la cabeza mirando a su amigo—.

Quería saber más cosas sobre Ella, sobre sus poderes, y quería saber por qué eran peligrosas las Flores de Ikigai…

No pude responderle y se enfadó, me dijo que la trataba como a una niña y supongo que tenía razón.

—Andrea esta mañana lo ha intentado conmigo. Sé que quería iniciar una conversación sobre el pasado, pero la he cortado tajante. Ha sido duro, he sentido esa mirada suya de… decepción.

Nico niega con la cabeza mientras traga saliva. Jonás le da unos golpes en el hombro a modo de consuelo.

—Es por el humano —afirma Jonás—, las ha hecho darse cuenta de que hay más mundo fuera de este bosque.

—Estoy de acuerdo. ¿Y tú qué piensas del humano?

—Confío en él —afirma Jonás sin dudar—. No me preguntes por qué.

—Me pasa lo mismo —coincide Nico, los dos afirman con la cabeza—. Es como si…

—Como si ya lo conociéramos.

—¡Sí! ¡Eso es!

—Pero sin conocerlo.

—Sí, es extraño. Habrá que esperar a que recupere la memoria.

Los dos miran al suelo largo rato, pensativos.

—¿Y con las chicas qué hacemos? —pregunta, al fin, Nico.

—Pues me temo que no podemos hacer nada, Nico.

—Ya.

—Seguir preparándolas y rezar para que tengan cabeza… Más tarde o más temprano se irán.

—¿Crees que intentarían enfrentarse a Ella, Jonás? —Una intensa preocupación cubre el rostro de Nico.

—No lo sé, solo sé que no aguantarán mucho más aquí escondidas.

—Deberíamos hablar con Laobán.

—¿Con Laobán?

—Sí, Jonás, deberíamos expresarle nuestras preocupaciones. Tal vez sería conveniente contarles todo, absolutamente todo. Tal vez sea justo la manera de retenerlas aquí…

—Me parece una buena idea, Nico, salvo por un detalle… No sé si quiero retenerlas aquí…

—¿Qué quieres decir?

—No sé si quiero que su vida sea solo esto. Después de tanto tiempo me pregunto si hicimos bien, si no debimos volver y enfrentarnos a Ella.

Nico mira a su amigo sorprendido, pero no puede negar que es posible que haya una gran verdad en sus palabras.

—Sí, puede… Pero sabes que solo hubo una persona capaz de derrotarla.

—Y esa persona murió. Lo sé, Nico, lo sé. Pero ¿y si no fuera la única manera? No sé, le he dado tantas vueltas todo este tiempo. ¿Y si hubiera alguna otra forma?

—Nunca me lo habías dicho, Jonás. —Nico mira a su amigo sorprendido.

—Ya. No es una opinión muy popular por aquí.

Nico observa a Jonás. Su amigo había perdido mucho más que él y, no solo por las cicatrices que marcaban su rostro y su cuerpo, sino por las cicatrices del alma, aquellas que jamás curan: la profunda herida de perder a un hijo que Nico no era siquiera capaz de concebir.

Por esa razón, le sorprende que justamente él sugiera volver a pelear, y la sorpresa se torna en admiración por segundos.

—Hablaremos con Laobán —concluye Nico decidido—. Le explicaremos nuestras preocupaciones y lo que pensamos de las jóvenes. Le haremos ver que son una bomba de relojería a punto de estallar y que tenemos que controlarla antes de que explote.

Jonás mira a su amigo sonriendo y afirma con la cabeza, agradecido por su comprensión y apoyo.

—Muy bien, amigo, muy bien. Pero esperemos a que el tema del humano se aclare, ¿no te parece? Creo que ahora mismo Laobán no va a estar muy receptivo.

—Sí, tienes razón, Jonás. Tan pronto recupere la memoria y nos aclare qué hace aquí y de dónde ha venido, hablaremos con Laobán y acordaremos los pasos a seguir. No podemos ignorar la inquietud de las chicas.

—Perfecto —zanja Jonás.

—Perfecto.

Los dos amigos se levantan y se dan un sentido abrazo, reconfortados con la charla. Salen del cobertizo decididos, satisfechos de haber tomado la decisión correcta. Ahora solo cabía esperar. ¿Qué era un poco más después de trece años?