El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un pacto de silencio #2
23%

Un pacto de silencio #2

—¿No ves lo que has mejorado, Andrea? En un par de años…

—¡¿Un par de años?! —exclama, levantando la cabeza.

—¿Qué prisa tienes? —Nico mira fijamente a su hija.

Andrea piensa en la flor, en el peligro que se supone trae consigo y teme que su padre le lea el pensamiento, a veces parece hacerlo…

—Lo que yo pensaba —le da unas palmaditas en la rodilla y se levanta.

—Pero… —Nico se vuelve—. ¿Y si no hubiera tanto tiempo?

Nico mira a su hija desconcertado y su gesto se torna serio.

—¿Qué quieres decir?

Andrea baja la mirada temiendo nuevamente que su padre le lea la mente.

—Bueno, igual que ha aparecido el humano… ¿Quién sabe qué más podría aparecer?

Nico observa largo rato a su hija; debajo de esa carcasa de músculos y fuerza, puede ver escondida aún a su pequeña niña necesitada de protección. Le tiende las manos para ayudarla a levantarse. Andrea se las coge y se iza.

—Andrea no tienes de qué preocuparte, lo del humano ha sido algo fortuito. Es un milagro que siga con vida, solo tenemos que seguir las reglas y estaremos a salvo.

—¿Seguir las reglas?

Andrea, que había permanecido con la cabeza gacha, levanta el rostro y mira fijamente a su padre, extrañada por la forma en que había pronunciado esas tres palabras… Una amenaza velada recala en su tono aparentemente amable.

—Sí. Las reglas que nos han mantenido seguros todo este tiempo. —El tono de Nico se endurece inesperadamente.

Andrea observa el gesto de su padre, indignado solo por la remota posibilidad de que se cuestione el orden establecido y, en un segundo, comprende que tal vez su padre no sea tan flexible y transigente como ella pensaba.

—Ya… —murmura Andrea al fin a media voz y poco convencida.

Para su sorpresa, su padre parece aliviado con la respuesta, como si hubiera temido que Andrea iniciara una discusión o una ronda de preguntas incómodas.

Andrea sigue mirando fijamente a su padre, esperando que éste añada algo más, pero él se limita a sostenerle la mirada con evidente incomodidad.

Andrea descubre, en ese instante, que no conoce tan bien a su padre como creía.

El padre no dado a ordenar las cosas sin más, el que siempre había sido poco o nada autoritario, con el que se podía hablar de todo, acababa de desvelar una faceta desconocida hasta ahora, una en la que el pasado y las normas establecidas sin ninguna explicación, eran temas prohibidos e incuestionables.

Andrea comprende que su padre jamás le contará nada sobre las Flores de Ikigai.

Coge los guantes y vuelve a colocárselos.

—Voy a entrenar otro rato, tengo que vencer a un señor de cuarenta y cinco años… —Andrea sonríe y su padre le devuelve la sonrisa. Es el momento más cínico que Andrea ha vivido con su padre y le duele.

—Muy bien, eso está muy bien —concluye Nico, saliendo del granero donde entrenan.

Cuando se queda sola, Andrea se quita los guantes y los tira lejos. No tiene ninguna intención de seguir entrenando, pero de lo que sí estaba convencida es de que incumplirá las normas; no destruirá la flor y no parará hasta descubrir por qué están prohibidas.

Nico sostiene entre sus manos un hermoso tomate que acaba de arrancar de una rama.

Se lo acerca a la nariz y lo huele cerrando los ojos; le encanta el olor de la fruta recién cogida.

Vuelve a mirar alrededor sin encontrar a Jonás.

Antes de irse, observa el huerto, maravillado con la explosión de colores y olores; están en temporada de cosecha y cada año que pasan en su rincón en el bosque el huerto se amplía un poco más.

Frutas y verduras de todo tipo ocupan sendos pasillos, alternados con plantas aromáticas que cargan el aire de olor a albahaca, tomillo, romero y perejil.

Nico, hombre desconocedor de las artes agrícolas, siempre se maravilla con el increíble aprovechamiento que hacen de un espacio tan reducido.

Se da la vuelta, decidido a regresar al granero donde ha dejado a su hija entrenando, preocupado por la extraña conversación que acaban de mantener.

—¡Qué ciego estás! —Escucha a su espalda y se vuelve.

Jonás se incorpora a unos cinco metros de él. Nico niega con la cabeza y camina hacia donde está.

—¡Hombre! Si te escondes entre las tomateras…

—¡«Escondes», dice! Toma, éste es mejor. —Le lanza un enorme tomate de un rojo brillante que Nico atrapa en el aire.

—¡Vaya!, menuda ensalada me voy a hacer. —Nico lo observa maravillado.

—Llévate más, están en su punto.

—Luego mando a Andrea, quería hablarte de un tema…

—Vale, espera que me lave las manos.

Los dos caminan hacia la salida del huerto. Jonás mete sus manos, sucias de barro, en un barril lleno de agua. Se lava bien manos y brazos, después se quita el parche que cubre la cicatriz sobre su ojo y se lava la cara.

—¿Vamos a mi casa? —pregunta mientras se recoloca el parche.

Nico niega con la cabeza y señala el cobertizo a su derecha. Es una pequeña construcción de madera donde Laobán cultiva las plantas medicinales que utiliza en sus remedios y ungüentos.

—No quiero que nos oigan —aclara Nico.

Caminan en silencio, pensativos. Cuando Nico cierra la puerta, Jonás, que ya ha entrado y está de espaldas a él, acariciando con los dedos las plantas de un macetero, habla:

—Ya sé de qué quieres hablar…

Nico se queda callado, sin sorprenderse por sus palabras.

—Sara ha hablado conmigo —añade Jonás, mientras se da la vuelta para mirar a su amigo.

—Y Andrea conmigo.

Se hace el silencio mientras los dos se miran con gesto preocupado, asintiendo con la cabeza, diciéndose sin hablar lo que los dos piensan.