El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un pacto de silencio
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Un pacto de silencio

Un pacto de silencio

Nerea observa la luna desde el porche de su casa, sentada en una vieja mecedora que chirría a cada sutil movimiento. Es una luna enorme y muy luminosa; Nerea piensa en la coincidencia de que el humano haya aparecido justo en noche de luna llena…

El recuerdo de sus ojos viene de nuevo a visitarla y Nerea, sin poder evitarlo, vuelve a sonreír.

«Always», menuda ocurrencia de Jonás, todos sabían que ese no era su nombre.

Nerea piensa en su armonioso rostro, su mandíbula fuerte, su gesto amable, y esos ojos negros como el carbón tan, tan familiares.

Nerea no se lo ha dicho a nadie, pero tiene la certeza de haberlos visto antes.

No tiene ningún sentido porque lleva años sin ver a un humano, pero cuando sostuvo esa mirada algo dentro de ella se encendió, algo que llevaba apagado mucho tiempo.

Nerea reconoce esa sensación, no es tonta, se ha descubierto a sí misma canturreando por casa, hasta Vero la ha pillado…

«¡Qué vergüenza!». Y esa sonrisa bobalicona que no puede controlar cada vez que recuerda sus ojos.

Cómo había agradecido las palabras de Vero cuando le preguntó si podía quedar con sus amigas.

«¡Sí!», casi le gritó, y enseguida activó el «modo madre» diciéndole que llevara cuidado y demás, pero sin insistir demasiado.

Conocía a su hija y sabía que si no la encontraba muy convencida desharía sus planes para quedarse con ella…

«Pobre Vero, siempre tan preocupada y atenta».

Nerea vuelve a pensar que no ha sido una buena madre.

Desde que murió su padre, había entrado en una melancolía perenne que había obligado a Vero a tomar el papel de cuidadora; no le dio otra opción, solo se tenían la una a la otra.

Nerea sacude la cabeza, ahora no quiere sentir la punzante culpa de la maternidad, ahora quiere saborear esa otra sensación que ha empezado a nacer muy adentro, desde esa mirada en el río…

Ahora quiere recordar esos ojos, esa hermosa sonrisa, esa extraña complicidad que había surgido en un segundo, ¿la habría sentido él también?

Algo dentro de ella le dice que sí, por eso se ha rendido, por eso ha dejado de luchar contra lo que siente, aun cuando sabe que es muy probable que no la lleve a ningún bonito final.

Eso ha dejado de importarle, solo quiere regodearse en los sentimientos que la abruman, dejarse llevar como una brizna de hierba arrastrada por un inclemente huracán.

Nerea escucha voces y ve aparecer al final de la calle a Vero, que se despide de Sara y camina hacia casa despacio.

La observa con ojos nuevos, ¿cuándo se convirtió su niñita en esa hermosa mujer?

Todos le dicen que les recuerda a ella de joven: sus andares, su pelo rojo.

Es cierto que a primera vista es así, pero a poco que la escuchas hablar, observas sus gestos, esas arruguitas que se le forman en la nariz cuando está pensativa, o esa postura tan suya con los brazos en jarra y la cadera hacia un lado cuando está enfadada…

Todo eso es de su padre, de su querido Diego…

«¡Ay!, Diego, ¡si pudieras verla ahora! Estarías tan orgulloso… ».

—Hola, mamá —saluda Vero, que ya ha llegado al porche.

Se sienta junto a ella en otra mecedora y se sirve una limonada de la jarra que hay en una mesita. Bebe y mira a algún punto delante de ella; está pensativa. Nerea la observa sin decir nada, tal vez esté preocupada por el humano, puede que por eso haya quedado con sus amigas esta noche.

—Vero…

—¿Sí?, mamá. —Vero no aparta la mirada perdida de donde sea que esté posada.

—¿Estás bien? ¿Te preocupa algo? —Nerea pone una mano sobre su rodilla y Vero se vuelve a mirarla—. ¿Es por el humano?

—Esto… sí. Bueno, ¿por qué ha aparecido justo ahora? —Vero siente que es un buen momento para dar rienda suelta al plan.

—No lo sé, cariño, pero no hay por qué preocuparse, no supone ningún peligro…

—¿Cómo lo sabes? —pregunta Vero, sorprendida ante la seguridad de su madre.

—Bueno, es lo que creo. Cuando lo veas pensarás lo mismo.

—Ya. Y si no supone ningún peligro, ¿por qué no podemos verlo aún? —El tono de Vero se vuelve duro de repente, para sorpresa de su madre.

—Pues porque está muy débil aún, es mejor que reciba el mínimo de visitas…

—Y, por supuesto, nosotras somos las excluidas…

—Vero, no te entiendo, es lo normal…

—Ya no soy una niña, ¿sabes?

Vero sigue hablando a la defensiva, Nerea siente que hay algo que se le escapa.

—Ya lo sé, cariño, es obvio. —La recorre con la mirada orgullosa—. Pero los mayores sabemos cómo curarlo y cuidarlo para que se recupere. Ya os llegará el turno de ayudar, no te preocupes.

Vero se calla y suaviza el ceño fruncido. Se queda pensativa, tratando de encontrar la manera de desviar la conversación hacia las Flores de Ikigai.

—Mamá…

—¿Sí?

—¿Crees que el humano habrá visto los campos de Flores de Ikigai? Tal vez venga de allí…

Nerea se queda perpleja ante las palabras de su hija, sin entender cómo se le ha ocurrido semejante asociación y por qué, justo en este momento, se acuerda de los campos de flores.

—Eh, yo… —Nerea ordena sus confundidos pensamientos—. A ver, ha cruzado un portal que viene directamente del mundo de los humanos, no tiene nada que ver con los campos de flores; quedan muy lejos de aquí, más allá del extenso bosque.

—Pero hay otro portal que está cerca de los campos de flores, ¿no?

—Esto, sí, claro… —Nerea está cada vez más sorprendida con el extraño giro que está tomando la conversación.

—Pudo haberlo cruzado, haber visto las Flores de Ikigai y tal vez, podría haber cogido una…

—Vero improvisa y ni ella misma sabe dónde va a acabar su elucubración—.

Después podría haber regresado al mundo humano con esa flor y, al intentar volver aquí por el portal de la cascada, seguramente para devolver la flor, ésta le habría hecho perder la memoria…

Nerea no puede evitar soltar una carcajada que Vero recibe con evidente desagrado.

—No, no, no… —puede hablar Nerea al fin, riendo divertida aún—. Eso no es posible, las flores no hacen eso…

—¿Y qué hacen? —Vero está inusualmente seria; Nerea se da cuenta y deja de reír de inmediato.

—¿Que qué hacen?

—Sí. ¿Qué hacen esas malditas flores? ¿Por qué están prohibidas? No es tan difícil la pregunta…

Nerea se queda muda mirando a su hija, un escalofrío le recorre el cuerpo.

No entiende en qué momento la conversación se ha desviado hasta este punto en el que una Vero obviamente indignada, le pide unas explicaciones que tiene prohibido dar.

¿Cómo la llegada del humano había podido sembrar esa inquietud en su siempre tranquila Vero?

Vero mira fijamente a su madre esperando una respuesta; «ahora o nunca», piensa.

—¿Y bien?

Pero, en medio segundo, el semblante de Nerea cambia por completo.

A su mente vienen oscuros recuerdos del pasado: la batalla, la huida sola con su hija, los primeros días en el bosque llorando a los muertos y las decisiones que se tomaron por el bien de todos.

Y una de esas decisiones, en la que el sabio Laobán insistió especialmente, la que más costó asumir, era no volver jamás a acercarse a las Flores de Ikigai y olvidarlas para siempre.

Lo de no mencionarlas, fue imposible de llevar a cabo y los niños, ahora adolescentes, habían oído hablar de las misteriosas flores; pero poco más sabían aparte de su hermoso aspecto y de que estaban prohibidas porque eran muy peligrosas.

Así debía seguir, por su seguridad. La curiosidad podía convertirse en el mayor de los peligros.

Nerea habla muy seria a su hija, con una dureza que Vero ve en su madre, por primera vez en su vida.

—Eres joven para saberlo. Están prohibidas y deben seguir dónde están, a cientos de kilómetros de aquí, es todo cuánto necesitas saber.

Vero mira a su madre dolida por su tono cortante y la frialdad de sus palabras, incapaz de reconocerla, sin poder evitar que las lágrimas afloren a sus ojos. Nerea la mira apenada, pero sin cambiar el semblante serio.

—Lo siento, Vero, las cosas son así y así deben seguir.

Vero se levanta airada, la rabia corriendo por sus venas incontrolable.

Entra en casa y corre hasta su cuarto en el que se encierra propinando un sonoro portazo.

Se deja caer en su cama y no puede evitar dar rienda suelta a las lágrimas, incapaz de reconocer a su madre.

Cuando se recompone se sienta pensativa.

Ya está deseando que llegue la noche siguiente para hablar con sus amigas; si la curiosidad es peligrosa, su madre había conseguido justamente avivar la suya hasta límites impensables para ella.

La chica que no había sentido demasiado interés por la dichosa flor porque perturbaba su tranquila vida y solo quería que todo continuara como siempre, en su inmutable rutina, acababa de imbuirse de unos deseos irrefrenables de descubrir todo sobre el pasado.

«Gracias, mamá, me has convertido en la gata más curiosa de la aldea… ».

—¡Más fuerte!

Andrea dirige su puño con todas sus fuerzas al costado de su padre. Nico esquiva nuevamente el golpe, para desesperación de su hija.

—¡Más fuerte! —grita de nuevo.

Andrea está exhausta y muy cabreada; su padre no le da tregua esta mañana.

—¡Ahhh! —chilla mientras se lanza contra su padre, con la ira alimentando sus puños.

Izquierda-derecha, izquierda-derecha… Al fin, un puño alcanza el costado de Nico, pero llega sin apenas fuerza. Andrea, exasperada, se quita los guantes y los tira al suelo.

—¡Ahhhhhh!!!!

—Bien, eso está mejor; la rabia te ayuda. —Nico se masajea allí donde ha recibido el golpe.

—Apenas te he rozado. —Andrea se sienta en el suelo desmoralizada y sudorosa—. ¿Qué te ha dado esta mañana? Ayer me acosté tarde…

—Eso no es problema de tu oponente…

—¡Nunca te venceré! Tienes cuarenta años y mides medio metro más que yo…

Nico se sienta junto a su hija.

—Tengo cuarenta y cinco, pero gracias. —Nico sonríe divertido—. Y en cuanto a lo de vencerme, antes de lo que crees…

—Bah…