Una flor prohibida #2
Espera a que pasen sus amigas y cierra. Después les señala la mesa, donde está el jarrón con la flor.
Carolina ya se ha encargado de encender un par de farolillos, pero aun así la luz es escasa.
Las tres amigas se acercan despacio, calladas, serias, como quién está presenciando un milagro y aún no es capaz de reaccionar.
Llegan a la mesa y se agachan para observarla mejor.
Vero acerca un dedo y despacio toca un pétalo; es suave como terciopelo.
—Qué bonita… —murmura al fin Sara.
—Es increíble, nunca pensé que fueran así… —se maravilla Vero.
—Sí, los dibujos no le hacen justicia, ¿verdad? —interviene Carolina.
—Preciosa —confirma Andrea y añade, dirigiéndose a Carolina, sin dejar de mirar la flor—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Que qué voy a hacer?
—Sí. —Andrea se gira hacia ella—. ¿Se lo has dicho a alguien?
—No. —Carolina se pone muy seria—. Nadie lo sabe, solo vosotras…
—Te harán tirarla al río, seguro, en cuanto lo sepan —asegura Sara—. Están totalmente prohibidas…
—Lo sé, por eso la traje aquí enseguida. No puedo permitirlo… —Carolina empieza a caminar por la habitación mientras comparte sus pensamientos con sus amigas—. Un colibrí la trajo hasta aquí desde los campos de flores y debe haber un motivo para ello.
—Estoy de acuerdo, debe haber un motivo… —conviene Andrea pensativa.
—¿Dónde están los campos de flores? Ni siquiera sé dónde están. —Vero se dirige al colchón en el suelo y se deja caer. Sara la sigue y se sienta a su lado.
—Pues demasiado lejos, Vero, más allá del bosque; no lo sé con exactitud —contesta Sara.
Andrea se sienta también junto a ellas. Las tres miran la flor mientras hablan; Carolina sigue con su paseo nervioso por la habitación.
—¿Por qué un colibrí se molestaría en cruzar todo el bosque para traerla? —Sara no para de analizar la situación para desvelar el misterio.
Vuelve a levantarse y se acerca a la flor para admirarla de nuevo.
—Y otra cosa, ¿por qué te la trajo justamente a ti, Carol?
—¿Casualidad? —Vero mira a las tres que se vuelven para escucharla—. Bueno, puede ser, ¿no? Tal vez simplemente eligió una casa al azar.
—No me lo creo —asegura Andrea convencida.
—Yo tampoco. —Sara se vuelve de nuevo a observar la flor, como hipnotizada.
—Ya, demasiadas casualidades…
—¡Mirad! —grita Sara de pronto—. ¡Mirad, chicas, mirad!
Las tres se acercan a la flor y contemplan maravilladas como la pequeña piedra, justo en el centro de la flor, allí donde convergen los pétalos, ha empezado a emitir una tenue luz.
Es muy sutil, apenas imperceptible, pero poco a poco, va creciendo en intensidad.
Parpadea, se enciende y se apaga lentamente, siguiendo un ritmo acompasado.
Carolina se acerca más que las demás y acerca su oreja a la piedra.
Las demás se miran extrañadas, sin entender qué está haciendo.
Entonces se vuelve hacia ellas, con una amplia sonrisa:
—¿Lo oís? —anuncia, maravillada con el descubrimiento—. Acercarse, venga. —Les indica que peguen su oreja a la piedra.
Una tras otra, se acercan más a la flor y, una tras otra, niegan con la cabeza.
—Yo no oigo nada, Carol —niega Andrea.
—Ni yo.
—Ni yo.
—¿Cómo que no? No puede ser. Probad otra vez, es la piedra. Pegad bien la oreja —insiste Carolina mientras todas vuelven a intentar escuchar algo.
—Nada —confirma Andrea—. Nada de nada.
Vero y Sara niegan también. Carolina vuelve a pegar la oreja.
—¡No puedo creer que no lo oigáis!; se escucha perfectamente.
—Carolina levanta un dedo para callarlas y empieza a imitar el sonido con la voz—.
«Pupum… pupum… pupum». Es como un latido, como si la piedra fuera un diminuto corazón latiendo.
Al incorporarse se encuentra con el gesto anonadado de sus tres amigas.
—¡No me creéis! —Carolina se pone a la defensiva; le parece tan injusto.
—Carol. —Andrea se acerca y le pone una mano en el hombro para tranquilizarla—. A estas alturas yo ya me lo creo todo, de verdad. —Carolina la mira con una amplia sonrisa de alivio—. Si tú me dices que escuchas un latido pues no hay más que hablar.
—Claro, Carol, te creemos. —Vero se acerca para darle un abrazo de apoyo y Sara la imita.
Andrea, la más grande, las acoge a todas entre sus brazos. Al fin, más consoladas y tranquilas, se separan.
—Además… —añade Sara al rato, con una nueva idea formándose en su mente—, ahora sabemos por qué te eligió a ti.
Las cuatro se quedan pensativas un rato y después se van acercando una tras otra a la flor, para observarla de nuevo desde bien cerca, maravilladas.
—¿Qué hará? —se pregunta Andrea.
—¿Será peligrosa? —añade Vero preocupada, sin dejar de mirarla.
—No parece peligrosa… —Andrea dice en voz alta lo que todas piensan.
—¿No os parece absurdo que nos hagamos llamar «ikigianos» y no sepamos nada de la Flor de Ikigai? —En Sara empieza a nacer un inesperado resentimiento hacia los adultos.
—Desde luego… —corrobora Andrea, contagiada por la desazón de Sara.
Siguen otros minutos en silencio hasta que Carolina habla:
—¿Y ahora qué hacemos?
—Buena pregunta —contesta Andrea, asintiendo con la cabeza.
—Necesitamos contárselo a alguien, no tenemos ni idea de qué hacer con ella —concluye Vero, ansiosa por acabar con el asunto de la flor lo antes posible, harta de tantas emociones que ella sí que no necesita.
—¿Pero a quién? —añade Carolina.
Las cuatro guardan silencio de nuevo, pensativas.
—A Laobán ni de broma —opina Andrea.
—En eso estoy de acuerdo —confirma Sara—. La destruirá sin miramientos. A mi madre tampoco, perdió un hijo por culpa de estas flores…
—¡Ni a la mía!, perdió a mi padre y ya sabéis cómo ha estado desde entonces… —añade Vero.
—¿Mi padre? —reflexiona Sara en voz alta—. No, no… Tiene la cara destrozada y vio morir a su hijo… ¡Debe odiarlas! ¿Andrea?
—¿Mis padres? Puff…, no sé. Tienen tanto miedo por su hijo pequeño; además, mi padre lleva enseñándome a boxear desde que tengo diez años, puede que no aparente tener miedo, pero creo que en el fondo está tan acojonado como todos.
—¿Carol? —pregunta Vero.
—¿Mi abuela? Perdió a mi madre. Además, ¿no creéis que se pondrá del lado de Laobán? Son de la misma edad y eso…
—Pues estamos en un callejón sin salida —sentencia Sara incorporándose y empezando a caminar por la estancia, como lo había hecho Carolina minutos antes.
Las otras se vuelven a mirarla, esperando la idea que parece estar cociéndose en su cabecita.
—Vale —anuncia al fin—, propongo algo. ¿Qué os parece si cada una tantea a sus padres, abuela en tu caso, a ver cómo reaccionan?
Podemos sacarle el tema de las flores y del pasado con disimulo, sin contarles todavía nada de nuestro hallazgo —señala la flor—, y ver por dónde salen.
Tal vez consigamos sonsacarles algo sin necesidad de contarles nada.
—¡Sí, buena idea! —Andrea afirma con la cabeza, entusiasmada con la propuesta—. Mañana durante todo el día haremos tarea de investigación… ¡Sin levantar sospechas, Carol!
—¿Qué? —Carolina hace aspavientos con las manos, aparentemente ofendida.
—Todas sabemos lo mal que mientes… —añade Vero.
—Por la noche nos vemos aquí a la misma hora y decidimos qué hacer —concluye Andrea.
Las cuatro amigas asienten con la cabeza, contagiadas con la emoción de su nueva misión secreta.
—¡Bien! ¡Pues vayámonos! —concluye Sara—. No tengo ni idea de cómo voy a hacer para que me dejen venir mañana otra vez; cuánto antes llegue a casa esta noche mejor…
—Sí, ¡vamos! —confirma Vero, y se dirige junto a Sara y Andrea hacia la puerta; todas menos Carolina.
—Id yendo, chicas —murmura. Las tres se vuelven—. Yo voy enseguida ¿vale?, quiero quedarme un poco más…
La miran largamente, sorprendidas.
—¿No quieres que te esperemos? —inquiere Andrea, preocupada. Carolina niega con la cabeza.
Tras unos segundos de duda, las tres se despiden y cierran la puerta al salir.
Carolina se vuelve hacia la flor, la observa largo rato y acerca su oreja a la piedra palpitante.
Ahí está otra vez ese latido… Lo escucha un buen rato, memorizando su compás, absorta en el milagro que tiene frente a ella: aquella flor mágica, latiendo a cientos de kilómetros de su hogar, robada para ella por algún motivo aún desconocido.
Aún no sabe cómo, pero Carolina presiente que aquella flor cambiará sus vidas para siempre.