Una flor prohibida
Una flor prohibida
Andrea espera en la plaza, sentada en una de las sillas de la terraza del bar de Teresa, cerrado a esas horas.
Han quedado con Carolina en su cabaña junto al río, y Sara y Vero llegan tarde, para variar.
Dados los últimos acontecimientos, les ha costado que las dejen quedar después de cenar, pero, con la promesa de regresar antes de las doce y no dejar a ninguna sola bajo ningún concepto, lo habían conseguido.
La aparición del humano había causado bastante revuelo y despertado viejos fantasmas.
Al fin, las ve bajar por una calle. La larga melena rojiza de Vero parece resplandecer a la luz de la luna, contoneándose con esos andares suyos tan femeninos.
Cada vez se parece más a su madre, Nerea y, en la oscuridad de la noche, cualquiera podría confundirlas.
A su lado camina Sara, hija de Jonás y Teresa.
Su piel color caoba hace que destaque aún más su pelo que, aunque negro, luce recogido, al igual que su madre, en bonitas trenzas de colores.
Andrea se maravilla una vez más de lo hermosa que es y recuerda la de veces que le ha «tirado la caña» sin éxito, con la esperanza de verla algún día salir del armario.
—¡Por fin! —exclama Andrea levantándose y echando a andar hacia ellas.
—No digas nada, ¡no veas para que me dejaran salir! —resopla Sara.
—¡Exagerada!
—Claro, lo dice la que tiene un hermanito pequeño que se lleva toda la atención. ¡Qué fácil así! —Sara da un codazo a Andrea.
—Bueno, bueno, tampoco te creas… Aunque claro, con estos músculos quién va a atreverse conmigo. —Andrea levanta los brazos apretando los bíceps.
—¡Flipada! —Sara mueve la cabeza con desaprobación.
—Lo dijo la super ninja. —Andrea ríe con su propia ocurrencia.
—¡Sí, claro! Si acabo de empezar… Además, ni siendo maestra en el arte del Bōjutsu dejaría de escuchar la voz lastimera de mi madre: «La única hija que me queda, hay que alejarla de todo peligro…» —imita la voz de su madre—. ¡Puff!
—Y tú, ¿qué?, Vero. ¿Te ha costado salir? —se interesa Andrea.
—Pues, en realidad, no me ha costado nada. Mi madre estaba… en otro mundo.
—Bueno, siempre está un poco así, ¿no? —piensa en voz alta Sara—. Sin ofender, ¿eh?
—No, si no ofendes, es la verdad. Pero hoy estaba distinta. Estaba rarísima, con la cabeza en otro sitio, pero de otra forma…
—Es por el humano, Vero, los viejos están trastornados.
—Sí, Andrea, si será eso, pero he pillado a mi madre sonriendo con una sonrisa…, no sé cómo deciros, diferente.
—Ya, la verdad que la pobre no sonríe mucho… —Sara recuerda el halo de melancolía que siempre acompañaba a Nerea.
—Parecía… ¡ilusionada! —Vero da con la palabra que buscaba.
—¿Ilusionada? —se extraña Andrea.
—Sí, eso es, estaba como ilusionada. Es por el humano, en eso tienes razón, Andrea; pero no en el sentido que tu piensas, no estaba asustada o preocupada…
¡Qué va! Si hasta la he pillado canturreando en la cocina cuando he entrado a decirle si me dejaba salir, como si por fin tuviera algo en lo que pensar que no fuera lo sola y triste que la dejó la muerte de papá…
—¡Vaya! Oye, pues mira, si este revuelo le ha dado la chispa que le faltaba, me alegro por ella, y por ti.
—Si es que es normal que esté amargada, aquí nunca jamás pasa nada de nada… —Sara resopla mostrando su frustración—. Lo del humano ha llegado como agua en el desierto.
—Claro, solo necesitaba un poco de emoción —confirma Andrea.
Con la conversación, han llegado sin darse cuenta hasta la orilla del río; solo deben remontarlo unos cuantos metros y estarán en su cabaña.
Caminan pensativas por la orilla, sorteando riscos y las ramas de algún árbol que se arrima demasiado al agua y amenaza con golpearles la cara.
Tienen que mirar bien donde ponen los pies para no pisar en algún hueco entre las rocas y tropezar; solo la radiante luz de la luna llena ilumina sus pasos.
—Y tu hermano, ¿cómo está? —pregunta Vero a Andrea, al recordar al involuntario protagonista del día.
—Pues mis padres estaban muy enfadados, pero luego al ver el susto que se ha llevado les ha dado pena y no le han dicho mucho… de momento. Oye, ¿habéis conseguido verlo?, ¿al humano?
—¡Qué va! Yo he pasado disimulando por la puerta del granero un par de veces, pero no me han dejado ni arrimarme —confiesa Vero divertida.
—¿Sí? ¡Yo igual! —ríe Sara—, con la excusa de ver a mis padres y preguntarles algo, pero se lo han olido a la legua.
—¡Vaya dos! ¿No tenéis nada mejor que hacer?
—Andrea, confiesa, seguro que tú has hecho lo mismo —acusa Sara, mirándola fijamente y señalándola con el índice.
—Sí, Andrea, ya nos conocemos; no me creo que no hayas ido por allí.
—A ver…
—¡Toma! —la interrumpe Sara triunfal.
—Lo sabía…
—¡Dejadme hablar! Puede que me haya acercado, pero porque tenía que…
—Sí, sí, sí…
—Bla, bla, bla…
Sara y Vero ríen, y no dejan terminar de hablar a Andrea.
—Pues nada, pensad lo que queráis —zanja Andrea, haciéndose la ofendida—. ¡Mirad, ahí está Carol!
Tras atravesar una zona empinada, llena de grandes piedras redondeadas, llegan a la parte llana a los pies de la cascada donde la pequeña cabaña de madera resurge, iluminada por los candiles que Carolina ya ha encendido en su interior.
Sentada en el suelo, junto a la puerta, las espera.
Apenas se la ve en la penumbra de la noche, con su largo pelo negro y sus ropas oscuras.
Al verlas llegar se levanta y se sacude el polvo del pantalón con las manos.
—¿Creéis que ella sí lo ha visto? —susurra Sara a Vero y Andrea antes de llegar; ambas la miran sin entender—. Al humano, y por eso nos ha citado aquí… —añade.
Ambas se quedan pensativas, pero no les da tiempo a responder pues ya están frente a una Carolina, a todas luces nerviosa, frotándose las manos y sin parar de pasar el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—Antes de entrar tengo que contaros algo… —suelta Carolina por todo saludo.
—¡Ay, madre! ¡Miedo me das! —exclama Andrea inquieta. Ya la había notado rara todo el día y, en esos momentos, su lenguaje corporal confirma sus sospechas: algo oculta.
—¡Más sustos no, por favor! —se sobresalta Vero, cogiendo la mano de Sara para tranquilizarse.
—Tranquilas, no es nada malo, creo.
—«Creo», ¡dice! —resopla Sara, nerviosa.
—¡Venga! ¡Di lo que sea! —le apremia Andrea.
—Vale, va. Pues resulta que esta mañana, cuando estaba amaneciendo, recibí una visita…
—¿Esta mañana? —le interrumpe Sara.
—Sí, apenas había amanecido; yo estaba acostada aún…
—¡Qué raro! —apunta Andrea con ironía, a sabiendas de que su mejor amiga es una dormilona empedernida.
—¡Calla! —Sara le da con la mano y Andrea junta las manos pidiendo perdón.
—Pues estaba todavía durmiendo cuando empecé a escuchar una musiquilla…
—¿Una musiquilla?
—Sí. Al principio pensé que lo estaba soñando, pero enseguida me di cuenta de que no. Así que abrí los ojos y miré hacia la ventana y allí, trinando muy flojito, ¿sabéis qué había? —negación general con la cabeza—. ¡Un colibrí!
—¿Un colibrí? —pregunta Vero incrédula.
—No puede ser —asegura Sara negando con la cabeza.
—En eso estoy de acuerdo, no puede ser —confirma Andrea.
—¡Que sí! ¡Os digo que era un colibrí!
—A ver, Carol. —Andrea se acerca a Carolina condescendiente—. Estabas medio dormida, tú misma lo has dicho. Te habrás confundido…
—¡No, para nada! —Carolina da un paso atrás, ofendida—. Entró en mi habitación y revoloteó frente a mi cara.
—¿Que voló frente a tu cara? —Andrea niega con la cabeza.
—Estoy segura, Andrea, era un colibrí. Ese tamaño…
—Hace un gesto con las manos, como si tuviera uno entre las palmas—.
Todos esos colores, esas alitas diminutas moviéndose sin parar, y…
—Levanta la cabeza mirando a sus amigas desafiante—.
¡El pico! El pico de un colibrí es inconfundible y lo vi muy bien porque estaba a escasos centímetros de mi cara.
Se hace un silencio incómodo. Que un colibrí hubiera volado hasta un lugar tan alejado de su hogar era una cuestión sumamente improbable, pero que además hubiera entrado en el cuarto de Carolina y hubiera volado frente a ella era surrealista.
Sus amigas no saben qué pensar ni qué decir; el escepticismo flota en el ambiente ante la desesperación de Carolina, que mira a sus amigas esperando que digan algo. Al fin, Andrea habla.
—Vamos a ver, Carol, es que eso es muy raro…
—¿Tan raro cómo que aparezca un humano? —interrumpe Sara, que empieza a darse cuenta de la conexión que podría existir entre un acontecimiento y otro.
—¡Y el mismo día! —apunta Vero, comprendiendo lo que piensa Sara.
—¡Y casi a la misma hora! —exclaman a la vez, Sara y Vero.
—¡Vaya! —Andrea empieza también a relacionar ambas historias y a convencerse de que es posible que su amiga no estuviera soñando—. Pues sí que es casualidad…
—Hay algo más…
—¿Algo más? —inquiere Sara nerviosa.
—¡Ay! ¿Podemos entrar ya y sentarnos? Me estoy poniendo mala… —A Vero le tiemblan las piernas con tantos acontecimientos.
—Enseguida, hay algo dentro que tengo que enseñaros, lo que el colibrí dejó en mi ventana…
—Ah, ¿que dejó algo? —resopla Andrea.
—¿Qué? ¿Qué dejó? —Vero aprieta cada vez más fuerte la mano de Sara, que empieza a ponerse un poco amoratada.
Sara le coge los dedos con la otra mano y se los abre un poco, mientras le da unos golpecitos de calma en el dorso de la mano.
—Una Flor de Ikigai —suelta Carolina de carrerilla, sin más preámbulos.
Esta vez nadie dice nada; se hace un silencio sepulcral. Andrea, Sara y Vero se quedan petrificadas con el anuncio.
—¡Vamos! —Carolina se da la vuelta y abre la puerta, visiblemente animada tras haber desvelado su secreto—. Venid a verla, es preciosa…