Always
Always
El humano abre los ojos despacio. Oye murmullos lejanos, pero le cuesta un rato acostumbrar la vista.
No sabe dónde está; sus manos tocan algo blando, pero también algo que le pincha en varias partes de su cuerpo.
Baja la mirada para descubrirse tumbado sobre un rudimentario colchón de paja.
Observa su cuerpo: lleva una sábana, la levanta con los dedos y respira aliviado; está vestido y limpio.
No sabe quién le ha vestido y aseado, pero se alegra de haberse librado de esas ropas malolientes y mohosas.
Instintivamente lleva ambas manos a su cara; aún tiene barba, pero está perfectamente recortada.
Mira sus manos, están arrugadas y callosas; no sabe de qué, no recuerda nada.
Mira arriba, donde un alto techo con vigas de madera cubre toda la estancia.
Todo es de madera: paredes y techo. A su alrededor, se amontonan sacos llenos de algo que parecen semillas o grano.
Intenta incorporarse, pero se marea y vuelve a apoyar la cabeza.
Va tomando conciencia de las distintas partes de su cuerpo donde tiene heridas, ahora curadas y vendadas.
Lo que peor siente son las plantas de los pies, que le duelen bastante.
Cierra los ojos de nuevo y hace un esfuerzo consciente por recordar algo, lo que sea…
Lo primero que recuerda son unos ojos, unos intensos ojos de color ámbar que le sostienen la mirada.
Su piel se eriza. ¿De quién son? Después lleva el pensamiento más atrás y recuerda los gritos de un niño a su espalda y su vano intento por levantarse.
Recuerda los cantos redondeados clavados en su cara, los cantos de la orilla de un río…
¡Un río! Cierto, ahora recuerda. Caminó hasta un río para beber agua y asearse, venía andando de algún lugar rodeado de árboles.
Recuerda gruesos troncos y mucha vegetación que le golpea la cara; camina entre ellos medio mareado, perdido, y antes, antes…
No consigue ir más atrás en sus recuerdos.
De pronto se siente agotado, tanto esfuerzo por recordar…
La oscuridad vuelve a nublar su mente y se duerme profundamente.
Se despierta sobresaltado. No lo sabe, pero han pasado horas. Alguien inclinado sobre su cara le habla mientras le da suaves golpes en el brazo.
—¿Está bien? ¿Puede oírme?
El humano observa el rostro de un hombre de tez oscura que se inclina frente a él. Tiene una enorme cicatriz que cruza su cara, desde la frente hasta el mentón, atravesando allí donde un día hubo un ojo.
—¡Madre mía, Jonás! Puede oírte, pero vas a asustarlo…
Una mujer, también de tez oscura, con unas graciosas trenzas de colores, se acerca. Lleva muchos pendientes, collares y pulseras que montan un pequeño concierto de sonidos metálicos a su paso. Tira del hombre y se sienta en su lugar, en un taburete junto a la cama.
—¿Me estás llamando feo?
—No, Jonás, solo un poco difícil de ver y más si estás recién regresando del mundo de los muertos. Anda, cariño, trae un poco de sopa, haz algo útil.
Jonás se aleja maldiciendo, pero no está enfadado.
Él es el primero al que le gusta bromear sobre su aspecto; su rostro tiene una historia que contar, como siempre dice.
Enseguida regresa con un cuenco lleno de sopa humeante que invade el ambiente de un olor penetrante a tomillo, romero y otras especias.
—¿Cómo está? ¿Se siente con fuerzas para sentarse? Le vendría bien intentar comer algo.
—Esta sopa es la mejor de la aldea —presume Jonás, mientras le tiende el cuenco a la mujer—. La ha hecho mi querida esposa. Mi nombre es Jonás, por cierto.
—Y yo soy Teresa, su esposa.
El humano empieza a incorporarse despacio y con media sonrisa se acomoda y coge el cuenco.
No había sido consciente del hambre que tenía hasta que el olor ha penetrado en su nariz y golpeado su desolado estómago.
Sin guardar modales, engulle la sopa casi sin respirar.
En menos de un minuto ha terminado con ella y le devuelve el cuenco a Teresa.
—¿Quiere más? —casi afirma Jonás.
El humano asiente con la cabeza y Teresa le da el cuenco a su marido.
—Sí, pero esta vez más despacio, ¿vale? No sabemos cuánto tiempo lleva sin comer, pero, a juzgar por su aspecto, bastantes días.
El humano asiente sonriendo. Se mira sus delgados brazos y trata de recordar cuánto lleva sin comer y por qué…
Imposible, sigue sin recordar nada. El segundo cuenco llega a sus manos y empieza a comer a la misma velocidad, pero, tras tres cucharadas, recuerda el consejo y trata de tomárselo con más calma.
—Mucho mejor —aprueba Teresa, complacida.
Cuando acaba le devuelve el cuenco vacío y con gestos da a entender que está lleno; siente que aún no le sale la voz del cuerpo.
—Bien. —Teresa se levanta—. Te dejamos descansar.
El humano vuelve a acostarse y en menos de un minuto está profundamente dormido.
La tercera vez que despierta está más oscuro; debe ser de noche.
El lugar está iluminado con algunos candiles con velas colocados aquí y allá.
Reconoce a la pareja que le atendió antes, están a escasos metros, de espaldas a él, hablando entre ellos.
Se aclara la voz para hablarles. No recuerda sus nombres así que solo atina a decir «gracias»; pero le sale apenas un murmullo.
Apoya las manos en el colchón y se sienta.
Nota que ya se siente mucho mejor, con más fuerzas, y que vuelve a estar muerto de hambre.
—Gracias —consigue pronunciar esta vez en un tono aceptable.
La pareja se vuelve con cara de sorpresa y se dirigen hacia él.
—¡Hombre! ¿Cómo está? Tiene mejor cara, tal vez vuelva a tener hambre. ¡Nerea, el humano ha despertado! ¿Puedes traer un plato de guiso? —grita Teresa.
Nerea, que está junto a la puerta con un grupo de personas, se apresura nerviosa a una mesa donde descansa una olla y algunos cubiertos.
—¡Teresa, déjalo respirar! Tal vez no tenga hambre —replica Jonás.
—Sí, la verdad es que sí tengo —consigue al fin articular—. Esto, muchas gracias, de verdad, por todo.
Su voz es profunda y dulce, pero no deja adivinar ningún acento especial que pueda dar pistas sobre su origen.
—Nada, solo hemos hecho lo que cualquiera habría hecho. Mi nombre es Teresa, no creo que lo recuerdes, y este es mi marido, Jonás. No te dejas impresionar por su cara, es un buen tipo. Jonás da un codazo a su mujer y el humano sonríe divertido.
—Yo… yo… —balbucea, dándose cuenta por segundos de que es incapaz de recordar su nombre.
Se hace un silencio muy largo. El humano parece desolado y Teresa y Jonás apurados al darse cuenta de su agobio. Al fin, Teresa habla…
—Bueno, tranquilo, es normal tener lagunas en tu situación; ya recordarás…
—Mira, hagamos una cosa —sugiere Jonás, en un momento de inspiración—. ¿Qué te parece si, de momento, te llamamos Always?
—¿Always? —Teresa mira a su marido cómo si hubiera dicho la mayor de las estupideces.
—¿Always? —repite el humano, que no entiende por qué justamente Always.
—Ya sabes, por tu tatuaje… ¿Quién sabe? Tal vez sea realmente tu nombre.
—¿Tatuaje?
—¿Tatuaje? —se hace eco Teresa.
—Ah, claro, tampoco recuerdas…
Jonás señala el pecho del humano, bajo su hombro izquierdo, al lugar donde quedaría aproximadamente su corazón.
El humano se mira y vuelve a mirar a Jonás, que le indica que mire allí.
Se desabrocha un par de botones de la camisa y descubre unas letras tatuadas, en color negro y sencilla caligrafía, en las que se lee: «Always».
Pasa su mano sobre ellas, incrédulo. «No, desde luego no recordaba tener este tatuaje… ».
—Always —repite en voz alta y mira a Jonás con cara de aceptación—. Está bien, Always. —Tampoco es que se le ocurra nada mejor.
—¡Arreglado! —exclama satisfecho Jonás—. Mira, ya viene tu comida.
Always ve acercarse a una mujer de graciosos andares.
Su cabello de un color cobrizo intenso está recogido en una trenza y algunos mechones sueltos enmarcan su hermoso rostro.
Cuando está más cerca y le acerca el cuenco, sus miradas se cruzan.
«Esos ojos, los de su recuerdo, otra vez».
Ambos se quedan paralizados, ella con el cuenco en las manos, él con las manos en alto, pero sin acabar de cogerlo, sosteniéndose la mirada.
Jonás y Teresa cruzan miradas, incómodos.
De pronto, Teresa arrebata el cuenco de las manos de Nerea y se lo da bruscamente al humano, sacando a ambos del ensimismamiento en el que habían entrado.
—Nerea, cariño, reacciona; se te va a caer el guiso y no queremos volver a ensuciar a Always, ¿verdad? —Teresa ríe nerviosa y da un codazo a Jonás para que él también ría—. Always, ella es Nerea, pero creo que es mejor…
—¿Always? —Nerea nunca había escuchado semejante nombre.
—Sí, Always, lo lleva tatuado…
El hombre mira a Nerea y sube los hombros con resignación, sonriendo divertido. Nerea sonríe también y sin dejar de mirarle añade:
—¿Un tatuaje? ¿Quién se tatúa su propio nombre?
Always deja la cuchara, termina de tragar y contesta:
—Pues por lo visto, yo.
Y vuelven a quedarse callados, mirándose fijamente.
—Bueno, bueno… —Teresa coge a su amiga por el brazo y empieza a caminar tirando de ella—. Creo que es mejor que dejemos a Always cenar tranquilo. Vamos, Jonás.
—Sí, es cierto. —Jonás también empieza a caminar hacia la puerta—. Cualquier cosa que necesites habrá alguien de guardia toda la noche, solo tienes que llamar.
—Está bien, muchas gracias de nuevo, Jonás. Gracias Teresa y… Nerea.
—Buenas noches, Always —se despide Teresa ya llegando a la puerta.
Nerea, que ya se ha librado del brazo de Teresa, dice adiós con la mano y los tres abandonan el granero. Teresa y Jonás despiden a Nerea que se marcha a casa y, tras notificar las novedades al relevo, se van también camino de la suya.
—¿Qué ha sido eso? —increpa Jonás a Teresa.
—¿Esas miradas? Pues creo que está claro…
Nerea camina deprisa de vuelta a casa. Está nerviosa, el pulso acelerado; un calor ha invadido su cuerpo haciéndola sudar.
Resopla, está deseando llegar y confía en no encontrarse en el camino con nadie.
También anhela que su hija Vero no esté aún en casa; necesita estar sola, no quiere ver a nadie, no quiere explicar a nadie lo que le ocurre, el porqué de este calor inesperado, de este nerviosismo.
Al fin llega, cruza el umbral de la puerta y la cierra tras de sí apoyándose en ella de espaldas.
—¿Vero? —llama y cierra los ojos cruzando los dedos.
Solo el silencio viene de vuelta a sus oídos.
Abre los ojos y sonríe, se siente como una niña pequeña que ha escapado de ser descubierta en su travesura, pero ¿qué travesura?
Nerea agita la cabeza tratando de alejar ideas tontas de sus pensamientos, pero unos ojos negrísimos la visitan de vuelta.
Vuelve a sonreír. Se fuerza a ponerse seria, aunque esté sola, aunque nadie la vea, pero no puede aplacar su sonrisa.
Se abraza a sí misma y cierra los ojos. «Pero, ¿qué me pasa?
» se pregunta, aunque sabe perfectamente la respuesta y se sonroja.
«No puede ser, ya tengo una edad, y Diego…
¿Qué pensaría Diego? ¡Que he perdido la cabeza del todo! ».
Nerea vuelve a abrir los ojos, sacude la cabeza y se dirige decidida a la cocina.
Se sirve una refrescante limonada y se sienta en una silla junto a la ventana, sintiendo el frescor vespertino en su acalorado rostro.
«Es una locura, no sé nada de él. No hemos cruzado más de dos palabras.
¡No sé ni su nombre! Podría ser cualquier persona…
Además, seguro que tiene una familia. Sí, una hermosa mujer le ha de esperar en el lugar del que sea que venga.
No hay más que verle, es imposible que su corazón no esté ocupado ya, esos ojos ya tendrán dueña…
¡Malditos ojos!». Nerea vuelve a sentir el calor creciendo dentro, naciendo de sus entrañas y expandiéndose por todo su ser en cuestión de segundos.
«¡Ay!» suspira en voz alta, «estoy perdida».
Y toma la firme determinación de evitar al humano a toda costa.
La puerta de la casa se abre y entra Vero.
Nerea se levanta de un salto, como si hubiera sido descubierta haciendo algo malo, como si sus pensamientos se escribieran en el ambiente rodeándola para ser leídos por todos.
Vero observa a su madre extrañada, mira la limonada en su mano.
—Hola, mamá, ¿hay más limonada?
Nerea afirma con la cabeza y Vero se dirige a la cocina a echarse un vaso.
Nerea respira aliviada. Cuando su hija regresa y se sienta a su lado hablando sin parar, Nerea agradece la distracción.
Por fin vuelve a su realidad y deja las ensoñaciones atrás, convencida de que ha logrado vencer esta tonta locura que le había sobrevenido.