Un visitante inesperado #2
—Sabed que el portal del desfiladero no es el único que existe —nuevo murmullo de asombro—.
Hay un portal con el mundo humano cerca de aquí, a escasos metros río arriba, oculto bajo la cascada.
Este hombre debió cruzar por él —se detiene pensativo—, lo cual no explicaría su estado de desnutrición y abandono…
Supongo que no podremos saber más hasta que despierte.
Y dando por concluida sus explicaciones empieza a caminar despacio, haciendo un gesto de negación con la mano cada vez que alguien trata de preguntarle algo acerca de lo que acaba de anunciar. Se abre paso entre la gente y abandona el granero, dejando a todos asombrados y pensativos.
El rumor corre como la pólvora por las calles del pueblo.
La aparición de un hombre humano, así como la existencia de un portal que todos desconocían, allí mismo, bajo la cascada, es la noticia más emocionante que ha tenido lugar en años, en aquel rincón olvidado del mundo.
Carmen, con Sergio rodeado por sus brazos y Nerea, a su lado, se miran sin decir nada, asombradas. Entonces, alguien grita:
—¡Mujeres fuera!
Las mujeres y niños empiezan a abandonar el granero, mientras el hombre continua en voz bien alta:
—¡Venga señoras! ¡Hay que adecentar a este hombre y necesita un poco de intimidad! ¡Vamos, desalojen!
Y así, de un portazo, las mujeres son desprovistas de la diversión, no quedándole otra que regresar a sus quehaceres con resignación.
Los hombres gozan como niños el privilegio de poder continuar inmersos en el acontecimiento del momento, mientras que las mujeres resoplan fastidiadas por haber sido dadas de lado.
Cuando ya comienzan a marcharse, cada una por su camino, una de ellas dice:
—Voy a preparar algo de comer para cuando despierte…
Y de pronto, como una mecha encendida correteando de una a otra, el asunto se convierte en una suerte de competición gastronómica, en la que todas quieren participar.
—Nadie quiere quedarse fuera… —bromea Carmen divertida, mirando a una Nerea seria, más pensativa de lo normal, que Carmen atribuye al susto pasado.
Se despiden y cada una regresa a casa. Carmen aprovecha el camino para regañar debidamente a Sergio. Nerea camina absorta en el recuerdo de esos ojos, unos ojos que le quieren decir algo, pero no logra saber el qué…
—¡Pasa, pasa! Está abierto. ¡Madre mía, pero qué forma de aporrear la puerta tan temprano!
La abuela de Carolina se seca las manos en un paño que cuelga de su mandil, mientras camina despacio hacia la puerta.
Andrea entra como un torbellino. Se agacha como siempre para entrar; la casa de Carolina y su abuela parece estar hecha a medida de sus dueñas, eso, o que Andrea es demasiado alta.
Se agacha un poco más para darle un beso en la mejilla a la abuela de Carolina, que aún está asimilando la visita, y se acerca a la cocina, con la confianza que dan los años, donde rebusca algo que llevarse al gaznate.
Olfatea como un sabueso su presa y, levantando un paño que cubre una bandeja, da con lo que busca.
—¡Magdalenas!, genial.
Le pega un buen mordisco a una y se sienta a la mesa, donde hay una jarra con zumo y unos vasos. Se echa un vaso y bebe.
—Carolina aún duerme, ¿no? Madre mía, Margarita, ¡qué mano tienes!
Levanta lo que le queda de magdalena delante de su cara, mirándola como a un trofeo, antes de terminar con ella, cerrando los ojos de puro placer.
—Gracias, Andrea, pero a ti te gusta todo…
Le lanza un trapo a la cara que Andrea esquiva con la mano, en el último momento.
—¡Ja!, demasiado lenta…
—No, estoy levantada… —Carolina baja las escaleras y aparece en la cocina.
—¡Anda! ¿Es que os habéis enterado?
—¿Qué haces que no estás entrenando? ¿Enterarme de qué?
—No os habéis enterado…, ya me extrañaba a mí. Ven, Margarita, siéntate, que tengo que contaros. Tú también, Carol, ven, pero antes tráeme otra magdalena…
Carolina resopla; como tarden mucho en abandonar la cocina ya puede olvidarse de probar las magdalenas.
La abuela se sienta despacio frente a Andrea y Carolina se sienta a su lado.
Siempre es llamativo ver a Carolina y Andrea sentadas juntas.
Andrea, grande y musculosa, con esa mata de pelo negro rizado corto, medio rapado de la mitad de la cabeza para abajo.
Carolina, menuda, con esa tendencia a encorvarse un poco que la hace parecer aún más pequeña, y ese fino pelo tan lacio que le da un aire etéreo.
Andrea con las orejas llenas de piercings y los brazos cubiertos de tatuajes, Carolina con su piel de porcelana impoluta.
—Pues, ¡agarraos! Esta mañana ha aparecido un hombre «hu-ma-no» en el río…
—¿Humano?
—Humano, cómo lo oyes… —Le pega otro buen mordisco a la magdalena.
—¿Quién dice que es humano? —duda Margarita.
—El propio Laobán lo ha confirmado y no solo eso; ha dicho que hay otro portal con el mundo de los humanos detrás de la cascada, ¡a menos de un kilómetro de aquí!
, justo al lado de nuestra cabaña. ¿Qué te parece, Carol?
—Da un codazo a Carolina que la hace tambalearse un poco—.
Parece ser que siempre ha estado ahí. No sé cómo nos dejaron hacer allí nuestra cabaña…
—¡Qué fuerte! Y justo hoy… —Carolina acababa de regresar de la cabaña, donde nadie, más que ella, sabía que se ocultaba la primera Flor de Ikigai aparecida en la aldea.
—Margarita, ¿tú sabías algo de ese portal?
La abuela de Carolina tarda un rato en responder, pensativa, rebuscando entre polvorientos recuerdos del pasado.
—Creo recordar rumores, rumores de hace muchísimos años, de cuando yo era una cría.
Algún humano que había aparecido en el pueblo, después de atravesar el bosque y cruzar el río, y que hablaba de un portal…
¡Cierto! Detrás de una cascada —recuerda, de pronto—.
Pero era muy peligroso. Quien lo cruzaba aparecía en el río, y luego tenía que atravesar todo el bosque hasta llegar al pueblo de Ikigai; no existía entonces nuestra aldea…
No, no recuerdo más humanos que llegaran por ese camino, a saber cuántos se perderían en el bosque para siempre…
Margarita se queda en silencio pensativa y baja la cabeza, nostálgica. Carolina pone una mano sobre la de su abuela, que levanta la mirada y sonríe.
—¿Y qué ha dicho? ¿Qué hace aquí? ¿Para qué ha venido? —dispara Carolina casi sin respirar, ansiosa por recibir una respuesta, preguntándose si guardará alguna relación con la misteriosa aparición de la flor.
—Nada.
—¿Cómo que «nada»?
—Nada, no ha dicho nada. Estaba desmayado cuando lo han encontrado, de hecho, pensaban que estaba muerto…
—¿Muerto?
—Sí, muerto, y no vas a adivinar quién lo ha encontrado…
—¿Quién?
Andrea guarda silencio haciéndose la interesante.
—¡Di! ¿Tú?
—No, pero cerca… ¡Sergio!
—Ay, pobre criatura… —Margarita se echa las manos a la cabeza consternada.
—De pobre ¡nada! Le ha caído una buena… Mira que mi madre le tiene prohibido ir solo al río y él a lo suyo… ¡A ver si con esto ha aprendido la lección!
—A ver, Andrea, ya tiene ocho años…
—¿Y?
—¿Y? —repite Margarita como un eco, poniendo el mismo gesto de obviedad que Andrea—. Es muy pequeño.
—Os pasáis, lo protegéis demasiado…
—Bueno, ya sabemos tu opinión al respecto. El caso es que se ha despertado un minuto, pero ha vuelto a quedar inconsciente, así que no sabemos nada.
Margarita se levanta nerviosa y empieza a dar vueltas por la cocina, frotando el paño entre sus manos para tranquilizarse.
—¡Ay, Señor! No sabemos quién es, podría ser peligroso, incluso podría… ¡Ay!, podría haberlo enviado Ella.
Andrea se levanta y rodea con los brazos a Margarita para tranquilizarla. Carolina se muerde el labio y siente un sudor frío por la espalda y las manos. Si su abuela se enterara de su pequeño secreto, esto quedaría en anécdota.
—No se preocupe, Margarita. Si alguna vez fue peligroso no será ahora.
Yo no lo he visto pero me han dicho que es un puñado de huesos sin fuerza ni para mantenerse despierto.
Está en uno de los graneros recuperándose porque casi la palma y siempre hay alguien vigilando, así que no hay nada por lo que preocuparse, de verdad.
Dudo mucho que Ella hubiera enviado semejante emisario…
Margarita se tranquiliza un poco y vuelve a sentarse para poder asimilar todo.
—Además, está mi padre de guardia —Andrea se hincha orgullosa—; a ese no le tose cualquiera. Y con el padre de Sara, menudos dos para echar una pelea…
Andrea sonríe visualizando a su padre y al padre de Sara, puños en alto, dispuestos a defenderse. Carolina se levanta de golpe.
—¿Podemos verlo?
—Puff… no creo que nos dejen. Los adultos ya se han organizado para hacer turnos.
—¡No! ¡Carolina, no! Tú no tienes nada que ver allí.
—Vale, abuela, tranquila…
—Sí, puede estar tranquila, Margarita, no nos dejan ni arrimarnos —se vuelve a Carolina y le guiña un ojo—. Bueno, Carol, ya que estás vestida, vente y vamos a la plaza, Vero y Sara estarán por allí, a ver si alguien se ha enterado de algo más…
—¡Sí! —Se encamina hacia la puerta decidida, pero se detiene—. ¿Quieres venir?, abuela. —Sus palabras son pura cortesía, en realidad confía en que diga que no.
—No, no, tira. Llevad cuidado, ¿eh?
—Tranquila, Margarita, yo me encargo.
Y agachando la cabeza sale detrás de Carolina, cerrando la puerta tras de sí, justo a tiempo de escuchar la voz de Margarita:
—¡A ver si a ti te cuenta a qué jugaba esta mañana con mi cesto del pan!
—¿Qué ha dicho?
—Nada, nada, luego te cuento…