El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un visitante inesperado
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Un visitante inesperado

Un visitante inesperado

Sergio ríe divertido; se ha escabullido hasta el río en un despiste de su madre.

Él es un niño muy listo: sabe que cuando su madre se pone a hablar con su amiga en la plaza, mientras desayunan en «el Sitio de Tere», no se entera de nada.

Sergio vuelve a reír en silencio pensando en su pequeña travesura.

Le encanta ir al río: tirar guijarros al agua, cruzar saltando de piedra en piedra por el sitio que solo él conoce y perseguir las libélulas que, incautas, se acercan a beber agua.

No entiende por qué su madre solo le deja ir si va acompañado de algún adulto o de su hermana.

«¡Buff, qué aburrido!». Encima su hermana no le deja hacer nada, se cree tan mayor…

¡Ya ves!, solo tiene dieciocho y él ya ha cumplido ocho.

¡Ocho años! No entiende por qué siguen tratándolo como a un niño pequeño… Es tan injusto.

Sergio remonta el río hasta un tramo donde la corriente se detiene formando un remanso; se sienta en una roca y empieza a quitarse los zapatos.

Se remanga los pantalones y mete los pies en el agua despacio, hasta casi las rodillas; está helada, pero es divertido.

Sus pies se mueven formando ondas. El fondo cubierto de piedras se ve perfectamente a través de las aguas cristalinas.

Algún pez curioso se acerca y se marcha tan rápido como vino.

Mientras Sergio juega con las ondas que sus pies forman en el agua, un diminuto renacuajo asoma la colita entre unas algas del fondo.

Sergio se agacha para observarlo mejor antes de que se percate de su presencia y se escabulla.

Es de un negro muy intenso y brillante; Sergio se pregunta en qué animal se transformará al crecer.

Mientras lo mira ensimismado, el agua alrededor de su diminuto cuerpo empieza a enturbiarse.

Sergio se frota los ojos extrañado, ¿era posible que el pececillo estuviera perdiendo su color, como cuando a Sergio se le volcaba una bebida en su cuaderno y la tinta empezaba a correrse desdibujando todo?

Poco a poco, toda el agua que le rodea está cada vez más sucia, cubriéndose de una tonalidad entre verde y marrón; pero, cuando al fin el renacuajo se aleja nadando, éste sigue con su color negro intacto.

Trozos de algas llegan a los pies de Sergio, que los saca del agua de inmediato, justo cuando el agua se vuelve de un marrón opaco.

Sergio no entiende nada hasta que sigue con la mirada el camino que el rastro verduzco va dejando a su paso.

Se levanta de un salto asustado. Un bulto en la orilla, unos metros más arriba, es el punto de partida de toda esa suciedad…

Sergio se pone los zapatos deprisa, sin calcetines, chorreando, y se acerca despacio, intrigado.

No necesita avanzar demasiado para tener la certeza de lo que está viendo: un hombre.

El cuerpo de un hombre reposa inerte junto a la orilla…

«¡Un muerto!». El corazón de Sergio empieza a latir a toda velocidad mientras su mente asimila lo que tiene a escasos metros de él. Nunca en su vida ha visto un cadáver…

—¡Un muerto, un muerto…! —chilla cada vez más alto, hasta que es un grito ensordecedor lo que sale de su garganta mientras corre a toda velocidad camino del pueblo.

Alguna ventana se abre al paso de Sergio.

Los que aún dormían esa mañana pueden dar por terminado su descanso.

Llega a la plaza. Su madre se vuelve al escucharlo y, antes de poder preguntar, Sergio ya la ha bombardeado con un torbellino de gritos explicando su descubrimiento, mientras le tira del brazo para que se levante.

Un segundo después, Carmen es arrastrada por su hijo, su tupida melena de rizos grisáceos ondeando al viento.

—¿Cuántas veces te he dicho que no vayas solo al río? ¿Cuántas? —Pero la loca carrera no le deja hablar demasiado, situación que Sergio aprovecha para evadir la bronca.

—¿Has dicho un muerto? —Nerea, la amiga de Carmen, los sigue de cerca, sin creer aún las palabras de Sergio.

Algunas personas empiezan a asomarse a las ventanas y a salir de las casas al escuchar el alboroto.

Nerea explica cómo puede lo que les ha contado el niño, sin detener su carrera, y un murmullo empieza a llenar las calles por donde pasan.

Cada vez más personas empiezan a unirse a la comitiva.

La aldea es un lugar pequeño donde la noticia de cualquier acontecimiento vuela como fuego entre paja seca.

Entre todas las personas que se unen al alboroto, cruza como un rayo el padre de Sergio, adelantando a todos y llegando a la orilla del río a la misma vez que las dos mujeres y el pequeño.

Carmen se sienta en una piedra para tomar aliento, con un intenso dolor en el costado.

Su hijo le señala el bulto que los ha llevado hasta allí mientras se funde en un abrazo con su madre, un poco para calmar el susto y otro poco para que ella olvide el enfado por su desobediencia.

Su padre se acuclilla frente a ellos y, rodeándolos con los brazos, les pregunta qué ha pasado, muy asustado al escuchar las palabras «muerto» y «tu hijo» en una misma frase.

Mientras los tres se tranquilizan mutuamente, Nerea, la amiga de Carmen, es la primera en acercarse al cuerpo.

Saca un pañuelo de su bolsillo con el que se tapa la boca; el olor es muy desagradable.

Con la otra mano se agarra el pelo y con la punta del pie da un golpe en la espalda al cuerpo, que yace inerte boca abajo.

Un largo cabello enmarañado y sucio cubre la mitad de su espalda, tiene las ropas roídas, llenas de moho y algas, y los pies descalzos, con heridas abiertas en las plantas, donde la gravilla de la orilla se ha incrustado.

Al no obtener resultados, Nerea da otro golpe más fuerte y entonces siente algo, un leve movimiento en los hombros del hombre que ella no ha provocado: «aquello» aún está vivo…

Da un paso atrás con el corazón acelerado y entonces, acompañado por una exclamación generalizada de todos los que han llegado, el hombre apoya sus manos lentamente en el suelo y levanta el torso.

Apoya despacio las rodillas y, tras tambalearse un poco, sostenido apenas por unos brazos raquíticos, consigue darse la vuelta y dejarse caer sentado, resoplando. Nerea da otro paso atrás, asustada.

—¡Cuidado! —le advierte el padre de Sergio, que deja a su mujer y a su hijo y se acerca deprisa hasta ella.

Se pone a su lado, con su brazo delante tratando de protegerla, en un gesto que Nerea entiende innecesario: aquel despojo de lo que algún día fue un hombre apenas logra mantenerse sentado.

El hombre aparta los mechones que le cubren el rostro; una tupida barba, igual de sucia y enredada que su pelo, le llega hasta la mitad del pecho.

Los surcos de arrugas en su frente, cubiertos de barro, le hacen parecer más viejo de lo que es en realidad.

Levanta la mirada y unos ojos de un negro azabache se clavan en los ojos de Nerea.

Nerea siente un escalofrío. «Esos ojos…, ¿dónde había visto antes esos ojos?

». El hombre le sostiene la mirada unos minutos, frunciendo el ceño, preguntándole algo con su gesto perdido.

El padre de Sergio mira a Nerea sorprendido y contempla el modo en que ella le sostiene la mirada, con un gesto de idéntica incomprensión.

De pronto, el hombre pone los ojos en blanco y se desploma de espaldas inconsciente, acompañado de un nuevo grito generalizado y murmullos de incredulidad.

El padre de Sergio se acerca. Otros hombres acuden y, entre todos, levantan el cuerpo de la orilla y vuelven a sentarlo, con la cabeza caída hacia delante, que alguien sujeta.

Tras varios intentos por despertarlo, deciden trasladarlo y, a la cuenta de tres, lo ponen de pie, agarrado por los hombros, los empeines de los pies arrastrando por la gravilla.

Después de arrastrarlo así varios metros, alguien aparece, con mucho acierto, con una carretilla, donde lo suben, no sin antes llevarse unos cuantos golpes.

Y así, como un enorme muñeco de trapo, saltando a cada bache del camino, lo trasladan a un granero cercano, donde lo dejan caer sobre un montón de paja.

Alguien trae ropa seca y unas mantas, otros aparecen con cubos de agua, vendas y ungüentos para curar las heridas, así como tijeras y cuchillas para liberarlo de toda esa maraña de pelo, con una sorprendente organización, como si todos los días aparecieran cuerpos medio moribundos en la aldea.

En ese momento, aparece en el granero Laobán, el jefe de la aldea, la persona más anciana y sabia, cuya sola presencia infunde un profundo respeto.

Todos detienen lo que están haciendo y guardan silencio mientras Laobán se acerca al cuerpo inerte para examinarlo.

Además de jefe de la aldea, es el curandero.

La tensión es máxima mientras todos esperan impacientes el veredicto de Laobán, que no tarda en llegar.

Se incorpora, se vuelve a todos los que han acudido a ayudar y dice al fin, con voz grave y pausada, con esa calma que siempre destila:

—Se pondrá bien —suspiro de alivio generalizado—, solo está extremadamente cansado y desnutrido.

Ya se dispone a marcharse, para dejarles que continúen, cuando alguien pregunta:

—¿De dónde ha venido, Laobán? No es de los nuestros…

—No. —Laobán deja una pesada pausa en el aire, pensativo, antes de continuar, atusando su larga barba con una mano—. Debe haber venido del mundo de los humanos —concluye.

Una nueva oleada de murmullos de asombro recorre el granero, hasta que alguien manda guardar silencio para que Laobán pueda continuar.