El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Carolina
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Carolina

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Carolina entorna las contraventanas como un autómata, con la flor en la mano, sin entender muy bien qué acaba de pasar, aún medio dormida.

Vuelve a su cama, donde se sienta dejando la flor en su regazo, bosteza y se frota los ojos tratando de despertar.

Se queda mirando la flor con la mirada perdida, hasta que algo en algún recoveco de su memoria se enciende y la despierta del todo.

«No puede ser…», murmura. Coge la flor y se la acerca para observarla mejor.

Le da vueltas sobre sí misma, delante de sus ojos y toca sus pétalos con cuidado.

«¡Qué fuerte!», susurra. De un salto se levanta, totalmente despierta ya.

Deja la flor en la cama y abre despacio la puerta de su habitación, procurando no hacer ruido.

Con sigilo baja unas escaleras de madera que chirrían a cada paso sin remedio.

«Joder», farfulla irritada. Llega a un pequeño salón, con un sofá y unas estanterías al fondo a las que se dirige decidida.

Hileras de libros cubren los estantes; Carolina busca uno pasando el dedo índice por los lomos hasta que lo encuentra.

«Ikigai», rezan unas letras sencillas como única portada.

Con el libro bajo el brazo vuelve a subir las escaleras con el mismo cuidado, resultando en el mismo chirriar delator a cada paso.

Por fin, cierra la puerta de su habitación y aliviada, se sienta en la cama y abre el libro.

Su dedo recorre el índice buscando algo.

«Aquí». Pasa las páginas deprisa hasta llegar a una hermosa ilustración a página completa.

Es un dibujo muy realista de una flor. A simple vista recuerda mucho a una flor de loto, con esos pétalos grandes rodeando un circulito amarillo en el centro, pero a diferencia de esta, no se encuentra flotando en el agua.

Un grueso tallo sin hojas la mantiene anclada al suelo, recordando vagamente a un girasol.

Aunque sin duda, lo más característico de esta flor son sus pétalos.

De múltiples colores, todos distintos, bien podrían pasar por una representación abstracta a manos de la naturaleza.

Coge la flor, la pone junto a la ilustración y observa ambas detenidamente hasta que no alberga ninguna duda: es idéntica.

Carolina no puede creerlo. Entonces recuerda el colibrí y todo cobra sentido…

Cierra el libro y vuelve a observar la flor de cerca.

¡Es tan hermosa! Una Flor de Ikigai…  Es la primera vez en su vida que Carolina ve una y un colibrí la ha traído hasta allí, a su pequeña aldea oculta en lo más profundo del bosque.

Los campos de flores quedan muy lejos; debió atravesar con ella una larga distancia para traerla aquí, justo hasta su ventana…

«Me la ha traído… ¿a mí? Imposible, debe haber sido casualidad», reflexiona.

«Pero ¿para qué?». Vuelve a mirar la flor.

No tiene ni idea de qué hacer con ella, pero sabe que es muy valiosa.

Mientras la observa ensimismada cae en la cuenta de que debe hacer mucho tiempo que fue arrancada y es posible que ya esté empezando a marchitarse.

En un segundo el pánico se apodera de ella.

«¡Oh, no!». Deja de nuevo la flor con cuidado sobre la cama y, con urgencia, se dirige otra vez escaleras abajo, esta vez con menos sigilo…

al fin y al cabo los escalones van a chirriar igualmente.

Una puerta de madera, que también hace un sonoro ruido al abrirse, da paso desde el salón a la cocina.

«¡Ahh!, ¿por qué todo es tan escandaloso?

». Coge un taburete y subida en él, abre unos armarios altos, donde da con lo que busca: un jarrón.

Está lleno de polvo; lo enjuaga un poco sobre el fregadero, lo llena de agua y vuelve a la habitación, respirando aliviada al cerrar la puerta a su espalda.

«Menos mal que estás medio sorda», murmura Carolina.

Pone el jarrón sobre su mesa y mete la flor en el agua.

Acerca una silla y se sienta en frente, mirándola embelesada, pero después de unos minutos una inquietud empieza a apoderarse de ella…

«¿Y ahora qué? ¿Qué pasará cuándo su abuela la vea?

». Las Flores de Ikigai están prohibidas en la aldea, a pesar de lo poco probable que es encontrar alguna allí…

los campos quedan demasiado lejos. Carolina sonríe con una mueca de escepticismo al percatarse de lo absurdo de una prohibición que es imposible de incumplir.

Vuelve a mirar la flor: «Y, sin embargo, aquí estás».

Respira hondo y trata de analizar la situación a la que, de manera involuntaria, se ha visto arrastrada.

Si deja la flor aquí, en su cuarto, su abuela no tardará en encontrarla.

Entonces, tras preguntarle cómo ha llegado hasta allí y asegurarse, en pleno ataque de pánico, de que no haya ningún peligro acechando, irá rauda a buscar a Laobán, el jefe de la aldea.

Le contará su descubrimiento y éste, amparado en la prohibición que él mismo, en su inmensa sabiduría, ha instaurado, ordenará destruir la flor de inmediato; orden que su abuela ejecutará sin el menor reparo.

Una duda insoportable empieza a crecer en el pecho de Carolina y en pocos minutos se expande como un virus por todo su ser: «¿Qué hago?

». La cordura le dice que debería ir a la habitación de su abuela, despertarla, contarle lo ocurrido y acudir ella misma a ver a Laobán.

Lo cierto es que no conoce bien la historia de esas flores y el porqué de su prohibición.

Solo sabe que está relacionada con los terribles acontecimientos que les hicieron enfrentarse con una poderosa y malvada mujer y tener que huir al bosque, donde han permanecido ocultos desde entonces.

Carolina era pequeña, apenas tenía dos años cuando todo ocurrió y no conserva recuerdos de aquellos días.

Vuelve a observar la flor largamente, pensativa, y el corazón empieza a latirle muy deprisa porque sabe que ya ha tomado una decisión…

Se levanta de un salto y va al armario. Se viste con lo primero que pilla, coge un cepillo de la mesa y se da cuatro pasadas por su largo pelo negro.

Abre la puerta y vuelve a bajar las escaleras camino a la cocina, donde empieza a buscar aún no sabe qué.

Sobre la bancada ve unas cestas de mimbre de forma cilíndrica que se usan para guardar el pan.

Vacía una, dejando las barras esparcidas sobre la mesa y se la lleva arriba.

Es perfecta. Introduce dentro el jarrón con cuidado y pone la tapa ocultando su contenido.

Al volver a bajar, se encuentra a su abuela de espaldas a ella, brazos en jarra, mirando las barras de pan desperdigadas por la cocina.

Carolina intuye, sin verle la cara, que no debe estar muy contenta.

«No estás tan sorda después de todo», piensa mientras se escabulle de puntillas hasta la puerta de entrada de la casa.

La abre con sumo cuidado y, mientras la cierra, escucha la voz de su abuela: «¿Carolina? ¡Qué demonios…!».

El corazón bombea su sangre como un caballo desbocado.

Carolina sabe que está desobedeciendo conscientemente no solo a su abuela, sino también a todos los adultos de la aldea, entre ellos el de mayor autoridad, el viejo y sabio Laobán.

Pero la cordura no guía sus decisiones esa mañana, solo un instinto rabioso, que le grita desde algún rincón de su cerebro, espoleando a su corazón, lo que es correcto y lo que no.

Y Carolina escucha con total claridad que esa flor no debe ser destruida.

Toma aire para coger fuerzas y, con decisión, empieza a caminar a paso ligero por las calles de la aldea.

Por suerte, acaba de amanecer y apenas se cruza con un par de personas.

Lidia con algún comentario: «¿Dónde vas tan temprano?

», «¡Carolina! ¡qué madrugadora!», pero saluda y sigue veloz, sin detenerse para no tener que dar explicaciones.

Atraviesa el pueblo y deja atrás las últimas casas.

Coge un amplio camino de tierra flanqueado por el bosque y, tras caminar unos doscientos metros, llega hasta un riachuelo de aguas cristalinas.

No tendrá más de dos metros de anchura y poca profundidad, salvo en algunos sitios donde las rocas redondeadas por la acción del agua forman pequeñas bañeras ideales para refrescarse.

Carolina remonta el río, cuya orilla pronto empieza a ganar inclinación; pero su paso es decidido.

Conoce la posición exacta de cada una de las rocas sobre las que pisa; ha recorrido ese mismo camino cientos de veces.

Entre los brazos sujeta fuerte el cesto con la flor, con cuidado de no inclinarlo para no derramar el agua del jarrón.

No tarda mucho en llegar a una zona llana: un pequeño claro donde el río forma una cascada de unos tres metros de altura, que rompe el silencio con su estruendo.

Junto a la cascada, a la orilla del río, una modesta cabaña hecha de palos de madera, de apenas tres metros cuadrados, contrasta con el paisaje natural.

Carolina llega hasta la cabaña y rebusca en su bolsillo una llave con la que abre un candado que asegura la puerta.

Cierra tras de sí y saca el jarrón con la flor, aliviada al ver que no ha sufrido ningún daño por el camino.

La estancia es pequeña pero acogedora. Unos colchones en el suelo, con varios cojines, hacen las veces de improvisado sofá.

Las paredes están cubiertas de dibujos y hojas escritas.

Unos farolillos con velas otorgan la única luz en las noches.

Bajo una pequeña ventana de medio metro, una desordenada mesa está plagada de lapiceros, libros y folios.

Carolina hace un hueco en la mesa para el jarrón y lo coloca bien pegado a la ventana, descorriendo la cortina para que le entre el máximo de luz.

Nadie se va a acercar por allí a asomarse; esa es su cabaña —la de Carolina y sus amigas— y los adultos tienen mejores cosas que hacer que recorrer ese largo camino desde la aldea para asomarse a fisgonear.

Carolina mira largo rato la flor, satisfecha consigo misma por haber logrado ponerla a salvo, y todas las dudas se desvanecen.

Puede que no tenga una explicación racional, pero algo muy dentro de ella le hace sentir que ha hecho lo correcto.

Entonces se acuerda de su abuela, brazos en jarras, preguntándose por qué su nieta ha desparramado todas las barras de pan por la cocina, y decide regresar cuanto antes; en el camino de vuelta ya pensará alguna excusa para su extraño comportamiento de esta mañana.

Carolina resopla, sabe que se le da fatal mentir.

Tal vez dé un largo paseo antes de volver a casa, con suerte su abuela se habrá marchado a alguna tarea y olvidará el incidente.

Antes de cerrar la puerta echa un último vistazo a la flor, maravillada con su extraordinaria belleza, y sonríe orgullosa por haber hecho caso a su instinto.