El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El vuelo de un colibrí
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El vuelo de un colibrí

El vuelo de un colibrí

Un colibrí sobrevuela la ciudad bajo el cielo del atardecer, demasiado veloz, demasiado alto para los de su especie.

Tras un largo recorrido atraviesa las afueras y llega al campo.

Las últimas casas aisladas se pierden atrás y continúa su camino entre los árboles de la ladera, siguiendo el desnivel de la montaña hacia arriba, cada vez más alto.

Los pequeños arbustos de la ladera van dando paso a frondosos pinos.

El sol ya se ha escondido y la noche es oscura; nubarrones negros tapan las estrellas y la luna nueva apenas se distingue en un cielo color carbón.

El colibrí es un pintarrajo de colores que cruza veloz la maleza.

En un punto determinado frena su ascenso, pero no es una parada casual para tomar aire.

Se detiene revoloteando a las puertas de lo que parece una pequeña cueva, escondida entre arbustos y una gran piedra que, en algún momento, debió desprenderse casi taponándola por completo.

Tras unos segundos, retoma su vuelo aún más rápido, dirigiéndose al interior de la cueva, internándose en una oscuridad que no deja ver algo siniestro que se mueve a su paso: algo grande y oscuro, que apenas percibe un soplo de aire pasando a su lado, se remueve un instante y continúa durmiendo.

El colibrí sigue su camino más y más profundo, donde cientos de ojos brillantes lo sienten pasar sin tiempo a reaccionar.

Como una oleada que cubre las paredes de la cueva, se vuelven al paso del colibrí, en un movimiento ondulante que se detiene escasos segundos después.

Tras unos minutos eternos, la luz empieza a aparecer al final de la cueva, acercándose más y más, hasta que el colibrí vuelve a salir al aire libre, donde sigue siendo de noche, pero el cielo es otro.

Una enorme luna llena cubre el cielo de un amarillo luminoso que ninguna nube es capaz de ocultar y cientos de estrellas lo pueblan como un campo sembrado de luciérnagas.

Es un cielo increíblemente límpido y claro.

El colibrí se detiene, ahora sí, en la rama de un pequeño arbusto, donde descansa un momento, mirando a su alrededor.

Ya no está en la ladera de la montaña; el arbusto se encuentra en un pequeño saliente rocoso que se asoma a una caída de unos seiscientos metros.

Abajo se escucha el discurrir de un río que se precipita a toda velocidad entre las dos inmensas paredes de un desfiladero rocoso.

En la orilla opuesta del río, sobre la cima de la pared rocosa, crece un frondoso bosque de alcornoques y pinos que se extiende miles de kilómetros hasta el horizonte, allá donde nuevas montañas mucho más altas dibujan su silueta escarpada.

Tras un necesario descanso, el colibrí remonta su vuelo y continúa con su loca carrera, infatigable, siguiendo el curso del río, hasta abandonar el desfiladero y dejar atrás la montaña.

El terreno se va allanando y poblando de pequeños arbustos y, tras un meandro, aparece una hilera de casas que se asoma a la orilla del río.

Al paso del colibrí van apareciendo más y más casas, todas de una o dos alturas, construidas en piedra, conformando un pequeño pueblo que el colibrí atraviesa, abandonando ahora el curso del río.

El pueblo parece abandonado: ventanas y puertas rotas, suciedad y objetos cotidianos tirados por todas partes.

Los animales del bosque han hecho su agosto entrando a algunas casas.

Hay cortinas raídas y manteles que un día tuvieron restos de comida tirados por el suelo…

Nadie parece habitar ya allí. El colibrí no tarda demasiado en atravesar el pequeño pueblo y, tras dejar atrás las últimas casas, aparece ante él un inmenso valle que se extiende hacia el oeste, más allá de donde alcanza la vista.

El valle linda al este con el río y está poblado por miles de flores de distintos colores, entre alguna hierba despistada.

Las flores son tan bellas como inusuales.

Únicas en su especie, parecen estar pintadas por un pintor perezoso, que mezclara colores sin ningún criterio artístico, ansioso por acabar su trabajo.

El resultado son pétalos de tonos y colores diferentes, sin patrón alguno, conformando un paisaje de miles de colores donde es imposible identificar donde acaba una flor y donde empieza la siguiente.

Cuando el colibrí lleva un buen rato dando vueltas sobre el campo, sin que parezca tener un destino claro, otros colibrís empiezan a aparecer, venidos de distintos rincones.

Algunos ya estaban allí, ocultos entre las flores, otros vienen del bosque y algunos desde las últimas casas del pueblo.

Como siguiendo una orden silenciosa, empiezan a seguir al colibrí, que continúa su misterioso vuelo en círculos.

Por fin, el colibrí detiene su vuelo y se acerca a una flor.

La observa detenidamente unos segundos, a escasos centímetros de ella, ladeando su cabecita, tratando de reconocer algo, puede que un color o puede que un sonido…

Cuando ya no alberga ninguna duda, curva su espalda adelantando sus patitas, agarra el tallo de la flor con sus minúsculas garras y, con una fuerza imposible, empieza a tirar del tallo hasta lograr arrancarla.

Se recompone por el esfuerzo titánico y, sin soltar una flor que es el doble de su tamaño, reemprende su vuelo en dirección al río, cuyo curso comienza a seguir aguas abajo.

Los otros colibrís le imitan; ya son una docena y, de vez en cuando, se les escucha trinar, como si comentaran el cristalino de las aguas o lo hermoso de la noche estrellada que los ilumina.

A orillas del río, continúa extendiéndose el valle plagado de flores; en la otra orilla, el frondoso y oscuro bosque, donde la densa vegetación no deja pasar la luz.

Tras otro meandro, el colibrí vuelve a abandonar el río sin menguar su velocidad, para internarse esta vez en lo profundo del bosque.

Los demás colibrís le siguen, decididos; parecen no necesitar el sentido de la vista para orientarse sin problema entre ramas y árboles y, con una velocidad desmedida, comienzan a atravesar el bosque como si de murciélagos, en lugar de colibrís, se tratara.

Su vuelo continúa durante horas, sobrevolando miles y miles de metros de una espesura casi intransitable, donde enormes pinos, alcornoques y otras especies de coníferas, se dejan acariciar por todo tipo de arbustos, zarzas y matorrales.

Solo cuando comienza a acercarse el amanecer de un nuevo día llegan a un pequeño claro, apenas perceptible para ojos novatos, donde detienen, por fin, su loca carrera.

En el centro del claro, una laguna cuyas aguas oscuras no dejan pasar la luz de la luna; aguas muertas, donde no se perciben sonidos ni movimientos que pudieran dejar constancia de vida en sus profundidades…

El colibrí se posa en la rama de un árbol y los otros colibrís se van colocando a su llegada frente a él, sobre la superficie de la oscura laguna.

Comienza entonces una imagen al tiempo extraña y hermosa, de la que solo son testigos los animales nocturnos del bosque.

Los colibrís empiezan a dar vueltas en fila, formando un círculo sobre las aguas de la oscura laguna, dando lugar a un colorido reflejo sobre su superficie.

El colibrí que descansa sobre la rama del árbol comienza a trinar muy fuerte y, los otros colibrís, como si de una melodía mil veces ensayada se tratara, repiten su canto cada vez más alto, espantando a los pobres animales que ven su merecido sueño perturbado.

El canto continúa durante varios minutos interminables hasta que, al fin, unas burbujas surgen del fondo de la laguna.

Al principio solo son unas pocas, pero pronto le siguen más y, poco a poco, se va sintiendo movimiento bajo las aguas.

Pequeñas ondas suben a la superficie y, de pronto, algo emerge: una figura.

Lo que un día fue el cuerpo de un hombre surge de las profundidades del agua totalmente cubierto de algas y, con un grito desgarrador, silencia el canto de los colibrís, que se dispersan en todas direcciones.

Tiene la ropa hecha jirones desecha por la humedad; una larga barba enmarañada y llena de vegetación le cubre el rostro; y largos mechones de pelo tapan parte de su cara.

Tendrá unos cuarenta años, pero aparenta más; demacrado y pálido como un cadáver, parece puro hueso cubierto apenas de una piel arrugada por el agua.

Totalmente empapado y maloliente se sienta en la orilla con la mirada perdida y, tras unos minutos de aturdimiento, ve al colibrí en la rama del árbol, con la flor aún sujeta entre sus patas.

Ambos se observan unos minutos hasta que el colibrí vuelve a remontar el vuelo, a gran velocidad, adentrándose de nuevo en el bosque y dejando al hombre boquiabierto.

El colibrí sigue atravesando el bosque otros cientos de metros, esta vez solo —sus compañeros hace rato que emprendieron el camino de vuelta—; aún tiene otra importante misión que cumplir.

La espesura del bosque apenas deja filtrarse los primeros rayos del sol de un nuevo día.

El colibrí lleva más de doce horas de vuelo y el cansancio por el esfuerzo pesa, pero sabe que ya queda poco, un último empujón y lo habrá logrado.

Al fin, tras atravesar un grupo de gruesos troncos, aparece en otro claro mucho más grande que el anterior.

La luz lo inunda todo y el colibrí revolotea mirando curioso a su alrededor.

Una aldea de pintorescas casas de madera permanece escondida en aquel rincón del bosque, oculta a los ojos del mundo.

Apenas ha amanecido y no hay nadie por las cuatro calles que conforman la aldea.

El colibrí las atraviesa volando en apenas unos minutos y se detiene en el centro de una especie de plaza, donde una fuente tallada en piedra parece surtir de agua a los habitantes del lugar.

Calma su sed y aguza su oído, cerrando sus ojitos negros.

Tras unos segundos, emprende de nuevo el vuelo, dirigiéndose sin dudar a una casa concreta, una de las más pequeñas, con una ventana entreabierta en la planta superior, a la que se acerca.

La contraventana de madera se balancea un poco con la brisa de la mañana, dejando ver una gruesa cortina de algodón; no hay cristales.

El colibrí llega hasta ella y deja sobre la repisa su preciada carga: la flor que con tanto trabajo ha traído desde tan lejos.

Con su cuerpo, ya exhausto, hace un último esfuerzo y empuja la contraventana para abrirla del todo.

La luz inunda la estancia y un cuerpo tendido en una cama se mueve un poco.

Se da la vuelta dando la espalda a la luz y se tapa la cabeza con una sábana.

El colibrí comienza entonces a trinar, muy flojo, como tratando de no despertar a nadie más que a la persona que yace a escasos metros de él.

El cuerpo se remueve, se tapa con los brazos los oídos y, tras unos minutos mascullando algo imperceptible, se da la vuelta y se levanta contrariada.

El colibrí observa a la joven que tiene delante, mientras ella lo mira incrédula.

Es una chica delgada y pequeña, con la piel tan pálida como la sábana de algodón que hace un momento la cubría.

Tiene el pelo negro largo, muy lacio y fino, y unos ojos de un azul tan claro que marea mirarlos fijamente.

Tiene diecisiete años y es la primera vez en su vida que ve un colibrí, aunque su cerebro aún no ha sido capaz de asimilar la información que le envían sus sentidos.

El colibrí irrumpe en la habitación, sobresaltando a la joven, y permanece volando frente a ella unos segundos.

«¿Un colibrí…?», murmura apenas, y el pequeño visitante alado vuela hasta la ventana, donde se posa junta a la flor.

La chica se levanta atónita y lo sigue con cautela hasta la ventana.

El colibrí sale y permanece a unos metros de la ventana, unos minutos, el tiempo suficiente para que la joven mire la repisa y se fije en la flor.

Solo en el instante en que ella por fin se decide a cogerla, el colibrí remonta satisfecho su vuelo, desapareciendo de nuevo en la espesura del bosque.