El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) La despedida
14%

La despedida

La despedida

—Muchos, muchos años atrás—

—¿Qué tienes ahí?

La chica se acerca despacio a su amiga, que sostiene un papel entre sus manos.

Está sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda apoyada en el grueso tronco de un limonero que da sombra al patio trasero de su casa.

Se sienta a su lado y recibe la hoja que su amiga le tiende sin decir nada.

Desdobla el papel y observa sorprendida el dibujo de un colorido colibrí, pero no de un colibrí cualquiera.

—¿Es tu colibrí?

Su amiga asiente con la cabeza, la mirada perdida en algún punto en el suelo frente a ella.

La observa largamente, tratando de entender los sentimientos por los que está transitando.

Su último encuentro no había terminado muy bien; cuando le anunció ilusionada que se marchaba para siempre, su noticia no fue recibida con el apoyo esperado.

En su lugar, escuchó gritos de incomprensión, unas palabras nacidas de la frustración y la pena de perder a su mejor amiga para siempre.

—¿Lo echarás de menos?

Su amiga levanta la cabeza y la mira fijamente, visiblemente emocionada. Las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas sin que pueda hacer nada por evitarlo.

—¡Y a ti, tonta! ¡Y a ti! —Y se lanza a sus brazos.

Permanecen unos minutos abrazadas, dejando correr las lágrimas, y en ese momento comprende que jamás la hará cambiar de opinión y que tendrá que empezar a aceptarlo. Al fin se separan; ella vuelve a observar el dibujo.

—Está muy bien hecho, no sabía que dibujabas tan bien.

—Me esmeré mucho, quería que quedara perfecto.

Se remanga la camiseta y muestra a su amiga la cara interna de su brazo derecho. Ella exclama, llevándose las manos a la boca. Le coge el brazo y se lo acerca para observarlo mejor.

—¿Te has hecho un tatuaje? —balbucea, sorprendida—. Está igual, es precioso —concluye soltándole el brazo y mirándola con una amplia sonrisa.

—Quería tenerlo siempre conmigo —musita mientras lo acaricia—. Les hice el dibujo para que lo copiaran.

Dobla el papel y lo guarda en su bolsillo.

Una semana más tarde, cuando se marche para siempre, se lo regalará a su amiga para que nunca la olvide.

—Así que va en serio…

—Sí —responde contundente, con el gesto firme pero llena de pesar.

Ambas guardan silencio, como asimilando de nuevo la noticia.

—¿Y cómo es?

Aurora se vuelve hacia su amiga con el rostro iluminado, incapaz de disimular los sentimientos que desde hace un mes rigen su vida.

—¡Es tan guapo!

No puede evitar sonrojarse al decirlo y una risa floja le asalta, contagiando a su amiga, que le coge las manos escuchándola con atención.

—Tiene el pelo negro y revuelto, áspero, como el pelo de los jabalíes que a veces se acercan al río a beber agua. Está en forma, todas las mañanas sale a correr, dice que lo necesita, ¡y es tan inteligente…!

—Un médico…

—Sí, está estudiando Medicina. Está en segundo de carrera, sueña con ser cirujano….

—¿Cirujano? ¡Vaya!

Su amiga escucha a Aurora ensimismada, comprendiendo ahora lo fuertes que son sus sentimientos, contagiada de la genuina emoción del primer amor.

—Sí, lee muchísimo y sabe de tantos temas, podría escucharlo por horas…

Aurora calla, la sonrisa tonta instaurada en su rostro iluminado. Su amiga la mira complacida, alegrándose por fin al verla tan ilusionada.

—¿Y cómo lo conociste?

—Pues hay un río que pasa por la mitad del pueblo y un puente de piedra lo cruza.

El puente está roto. Justo a la mitad hay un sitio donde las piedras de la baranda se han caído y quedan solo un par de piedras redondeadas a ras del suelo.

Yo me senté en ellas a ver el agua correr, con las piernas colgando; ya sabes que siempre me han atraído las alturas…

Era temprano en la mañana y no había nadie por los alrededores y entonces lo vi llegar.

Venía corriendo desde una orilla del río y empezó a cruzar el puente.

Al principio no le presté mucha atención y seguí a lo mío, mirando el agua.

Pasó por detrás y escuché que se detenía a escasos metros de mí.

Oí sus pasos y me puse un poco tensa; eché mano a la bolsa por si tenía que salir corriendo…

Su amiga la interrumpe riendo, Aurora continúa:

—«Perdona, ¿no eres de aquí, verdad?», escuché que me decía, y me volví…

Aurora guarda silencio, volviendo a sonrojarse. Su amiga ve en su rostro la intensa emoción que apenas es capaz de contener.

—¿Qué? ¿Qué pasó? ¡Me tienes en ascuas!

—Pues nos miramos y… ¡puff!

—¡Un flechazo! ¡Qué romántico! ¿Y él qué dijo?

—Pues se quedó callado, y luego empezó a decirme que era peligroso estar ahí, que podrían desprenderse más piedras… Yo lo observaba hablar nervioso, a trompicones, y supe que la atracción había sido mutua.

—¡Ahhh! —grita su amiga emocionada, riendo nerviosa.

—Después me ayudó a levantarme y acabó ofreciéndose a enseñarme el pueblo. Esa mañana le fastidié la carrera…

Las dos amigas ríen a la vez. La amiga de Aurora la mira fijamente, esperando que siga la historia.

—Bueno, al final acabamos comiendo juntos en un bar que él conocía y hasta me ofreció alojamiento en su casa…

—¡¿Qué?!

—Sí, bueno, no es lo que parece… —Aurora le coge las manos a su amiga para tranquilizarla—. Es que sus padres tienen mucho dinero, tienen una mansión en las afueras…

—¡No te creo!

—Sí. Es una casa muy grande, de paredes blancas y amplios balcones, y un gran jardín con una preciosa fuente con tres esculturas de unos graciosos querubines…

—Sí, sí. ¡Al grano!

—Bueno, esa noche decliné su oferta y dormí en el albergue…

—¡Buah! ¡Aburrida…! —ríe, aunque en el fondo se siente aliviada de que no se hubiera lanzado a sus brazos tan rápido.

—En realidad, no he dormido nunca en su casa… No será porque él no me lo ha ofrecido, pero ya no dejamos de vernos ni un día. Cada noche nos despedíamos como si no fuéramos a vernos más y cada mañana yo volvía aplazar la continuidad de mi viaje…

Aurora levanta los hombros y las dos ríen.

—Sin saber cómo, acepté un trabajo en una tienda de comestibles y él me ofreció alojarme en su casita de invitados…

—¿Casa de invitados y todo? ¡Madre mía!

—Bueno, es pequeña: un baño y una habitación que es todo, cocina, comedor y dormitorio. Yo le obligué a que me cobrara un alquiler y finalmente me mudé.

—¿Y conociste a sus padres?

—Sí, ¡qué remedio!

Aurora suelta una risa tensa, pero añade:

—La verdad es que son encantadores.

—¡Increíble! Y todo en un mes…

—Sí, parece mentira…

Aurora mira al suelo pensativa, con una sonrisa prendida en su rostro que no es capaz de disimular.

—¿Volverás?

Aurora se pone seria de nuevo. Las normas son claras: cuando uno decide continuar su vida en el mundo humano no puede regresar, salvo contadas excepciones. Su mundo no puede ser descubierto y, si se estrechan lazos con un mundo, deben cortarse los lazos con el otro; esa es la ley.

—No creo… —Aurora siente sus ojos llenarse de lágrimas—. No quiero.

Su amiga asiente; regresar significaría romper con toda la nueva vida hacia la que se dirige ilusionada y eso supondría que las cosas no habrían salido como ella esperaba.

—Lo entiendo. —Su amiga pone su mano sobre la de Aurora—. Lo entiendo.

Aurora se enjuga las lágrimas y vuelven a abrazarse.

—Te voy a echar tanto de menos, Margarita, tanto…

La mañana en que se marcha, Aurora se levanta muy temprano.

Aún no ha amanecido y camina hacia los campos de flores.

Se pasea entre las flores, admirándolas por última vez, atesorando muy dentro de su corazón aquel increíble paisaje.

Se sienta entre ellas y ve amanecer. Los rayos del sol iluminan pétalo a pétalo cada flor, creando una imagen mágica e irreal de vibrantes colores.

Los colibrís empiezan a aparecer con el nuevo día; vienen del bosque, donde pasan la noche, y comienzan a revolotear entre las flores.

Uno se detiene frente a Aurora y ella extiende su mano para que se pose en su palma.

Le acaricia la cabecita y él le da las gracias con un alegre canturreo.

Permanece en su mano un buen rato, dejándose acariciar, sintiendo el calor de su piel, despidiéndose a su manera, hasta que de pronto, remonta el vuelo sin mirar atrás y Aurora sabe que ha llegado el momento de partir.