El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Adiós, abuela
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Adiós, abuela

Adiós, abuela

Una sensación de irrealidad nubla mi mente.

Llevo horas dejándome arrastrar por un cuerpo que no sabe bien si está despierto o preso en una desagradable pesadilla más larga de lo habitual.

Aún no me creo que esto realmente esté pasando, pienso que en cualquier momento despertaré en mi cama y tendré otro rato más con ella.

No me quito su imagen de la cabeza, no su imagen de la residencia, esa fue inesperadamente hermosa.

Cuando llegué me preguntaron si quería verla.

Yo dudé. Su enfermera, Sheila, me animó a que entrara y la viera, sabía que me iba a reconfortar, como así fue.

Mi abuela parecía dormida, una sonrisa de tranquilidad cubría su rostro e irradiaba paz.

Me agaché y le di un beso en la frente, casi me salió un «buenas noches».

¡Qué bonita estaba! Con el pelo suelto sobre los hombros; era inusual verla así, siempre lo llevaba recogido.

Parecía más natural, más salvaje, como si hubiera regresado a su yo auténtico.

Pero no es esa la imagen que no puedo quitarme de la cabeza.

Es la del extraño sueño que tuve, justo antes de que me llamaran de la residencia.

Es la imagen de un cuerpo convulsionando, aplastado por cientos de arañas.

Esa imagen me atormenta porque no tengo ninguna duda de que era mi abuela.

¿Pude haberlo evitado? Siento que tendré que vivir con esa duda el resto de mi vida.

No, si solo era un sueño, pero ¿realmente fue solo un sueño?

Lo sentí todo tan real, tan vivo, que me cuesta creer que así sea.

Me sentía más despierto en ese sueño que en este día eterno de pésames y lágrimas de desconocidos, de miradas de pena y respuestas a preguntas que nunca pensé tendría que contestar.

¿Se puede estar rodeado de tanta gente y a la vez sentirse tan solo?

Me sobran todos, hasta mis amigos, aunque me duela admitirlo.

Solo deseo que todo pase de una vez, llegar a casa y dejarme llevar por mis sentimientos y, tal vez, conseguir dejar de pensar, y puede que llorar…

¿Por qué no puedo llorar? No he soltado ni una sola lágrima.

Sé que mis amigos están preocupados, los he visto mirarme de soslayo, observándome, tratando de averiguar cuán mal estoy.

He intentado llorar por ellos, para tranquilizarlos, pero no lo consigo.

¿Por qué no puedo llorarte, abuela? ¿Quién responderá ahora mis preguntas imposibles?

Sé que hace ya mucho tiempo que no podías hacerlo, pero seguías ahí, de reserva en el banquillo, esperando tu momento para salir.

Ahora ya nunca llegará. ¡Qué solo me siento, abuela!

Por fin el cura dice unas últimas palabras de despedida y unos operarios bajan el ataúd a una fosa en el suelo, donde ya descansa otro ataúd, el de mi abuelo, ese al que no recuerdo.

Alguien lanza unas flores sobre la tumba antes de que los operarios levanten, con ayuda de un toro, una pesada losa que depositan encima.

Tras unos minutos, la gente comienza a irse.

El cura se acerca y me da un fuerte apretón de manos sin decir nada.

Cuando todos se han ido, solo quedamos mis amigos y yo.

Me miran, susurran algo y uno tras otro me dan un último abrazo antes de marcharse.

Han deducido que necesito quedarme a solas y lo agradezco.

Fran, Guille y Marta, ellos son ahora la única familia que me queda.

—Roy, nos vamos. Cualquier cosa nos llamas, ¿vale? —me dice Marta mientras aprieta mi mano con cariño.

—Gracias —les digo con la mirada fija en la losa, aún sin nombre. Algo me dijeron de que tardarían unos días en grabarlo en una placa, pero no consigo recordar los detalles.

En un minuto todo queda en absoluto silencio.

Miro la piedra gris bajo la que descansa el cuerpo de mi Tata, junto a su gran amor, como pidió.

Recuerdo nuestra última conversación. ¡Cómo añoraba sus amados campos!

«Si me hubieras dicho cuáles eran esas flores tan especiales, las habría traído a tu tumba; la habría cubierto con ellas, pero nunca me lo dijiste.

¿Por qué tanto secretismo, abuela? ¿Para qué? ».

En ese momento, una sombra pasa veloz frente a mí y levanto la cabeza.

Tardo unos minutos en comprender lo que estoy viendo.

Allí, con sus minúsculas patitas apoyadas sobre la tumba de mi abuela, un colibrí me observa impasible, moviendo su cabeza despacio a ambos lados.

Parpadeo un par de veces y me froto los ojos, no puedo creerlo, es real, o eso o estoy perdiendo la cabeza.

Me mira, lo miro, y lo reconozco sin un atisbo de duda: es el colibrí que mi abuela tenía tatuado en el brazo.

Tenía razón. Ella dijo que lo había visto de nuevo.

«Ha venido a llevar mi alma a los campos de flores», eso había dicho y aquí está.

¿Y si era verdad? ¿Es posible que ocurra algo tan poético y espiritual?

Para un escéptico como yo es difícil de creer, pero tampoco creo en las casualidades, así que me hallo en un callejón sin salida.

Oigo un ruido a mi espalda. Miro detrás de mí esperanzado, necesito que haya algún testigo de este momento, alguien que corrobore que realmente está pasando, pero estoy solo.

Solo un leve olor a perfume me alcanza, pero no veo a nadie.

Vuelvo a mirar al colibrí. Alza el vuelo y se me acerca, revolotea muy cerca de mi rostro y empieza a piar.

Sus ojos negros como cabezas de alfiler parecen mirarme y tengo una sensación extraña, como si ese momento ya lo hubiera vivido.

Levanto la mano y la acerco, tentado de intentar tocarlo, embriagado por la magia de ese momento, pero el colibrí se aleja de nuevo.

Da un par de vueltas encima de la tumba y, finalmente, levanta el vuelo.

Lo observo volar cada vez más alto y más lejos, hasta perderse entre los altos cipreses que rodean los límites del cementerio.

Sin saber por qué, susurro: «adiós, abuela».