Arañas
Arañas
Vuelvo a escuchar sus cantos después de tantos años, como si no hubiera pasado el tiempo. Con la punta de mis dedos rozo las flores, con esos pétalos de mil colores. Bailan movidas por el viento, como un oleaje inmenso que atraviesa los campos. No hay estas flores de dónde vengo.
Un colibrí se acerca y se detiene frente a mí.
«Aquí estás, viejo amigo». Me miro el brazo: mi tatuaje resplandece luminoso.
El colibrí canta, me saluda a su manera después de tanto tiempo.
«Yo también me alegro de verte, ha pasado demasiado tiempo, nunca creí que tardaría tanto en regresar…
» Noto que las lágrimas me sobrevienen. No me había dado cuenta de la inmensa nostalgia que sentía, no hasta que paré, hasta que mi cuerpo me paró.
Todo cobra un sentido, hasta una inútil enfermedad deja de ser inútil cuando te obliga a detenerte y te da el espacio para pensar.
Ahora, quizá tarde, descubro mis verdaderos anhelos, y solo ahora me pregunto por qué no traté de regresar antes.
Pero eso no importa. Estoy feliz porque sé que ahora volveré, de un modo u otro, pero lo haré…
Mi pequeño amigo revolotea incansable frente a mí.
Empieza a piar cada vez más fuerte, trata de decirme algo, pero no logro entenderlo.
Está agitado, algo lo perturba… Una intranquilidad cada vez mayor se va apoderando de mí.
Entonces, el cielo empieza a oscurecerse, nubarrones negros aparecen de la nada.
Los colibrís se marchan, la brisa se detiene y mi amigo al fin se calla y se marcha volando también.
Me quedo sola. El cielo cada vez es más negro.
Una sensación angustiosa empieza a crecer dentro de mí.
Miro las flores, empiezan a marchitarse, una detrás de otra; en un segundo mueren y sus pétalos negruzcos caen al suelo, hasta que no queda ni una sola flor en pie.
Siento que me fallan las piernas, un dolor agudo se me clava en el pecho, debo sentarme.
Me mareo y me tumbo de espaldas. La oscuridad del cielo parece cernirse sobre mí, cierro los ojos, debe ser el final…
Silencio absoluto, mis párpados se abren.
Ya no estoy en el campo, mi cuerpo reposa en una cama.
Sé dónde estoy al instante, en mi cuarto de la residencia.
Me siento totalmente lúcida, de nuevo. Miro la hora, las cinco de la madrugada, hace solo una hora que terminé de escribir las cartas y pude dárselas al colibrí y a Sheila; sonrío…
Entonces siento que no estoy sola, hay alguien más en la habitación.
De las sombras surge una silueta de mujer.
Percibo un olor familiar, ese perfume… no puede ser.
—Hola, Aurora, cuánto tiempo.
Ahí está, frente a mí, con su porte elegante, cómo si no hubieran pasado trece años desde la última vez… La más oscura noche se cierne sobre mí.
—¿Annabelle? —pregunto incrédula, aunque sé que es ella y la certeza de que mi tiempo ha acabado empieza a aplastarme como una losa.
—Sí, aquí estoy. Perdón por la tardanza en visitarte, no supe que estabas internada hasta hace unas horas… Mira que no decirme que estabas viva, qué gesto tan feo por tu parte…
—¿Qué quieres?
Ya no estoy para batallar con ella, solo quiero que termine pronto lo que sé que ha venido a hacer.
—Bien, veo que no tienes muchas ganas de conversación. Yo tampoco, la verdad, solo quiero saber si él también está vivo. Tengo un asunto pendiente con Roy, ya sabes, de tiempo atrás. Dime dónde encontrarlo y te dejo que sigas descansando…
—Está muerto —me apresuro a contestar, aunque sé que Annabelle no es tonta y no se conformará con esa respuesta—. Tú lo mataste, ¿recuerdas?
Annabelle se queda un rato en silencio observándome, pensando qué paso dar ahora.
—¿Es tu última respuesta?
Asiento con la cabeza, ya no tengo miedo.
Pude despedirme de Roy y he visto adonde voy.
He vivido largo tiempo, más tiempo que la mayoría.
He amado y me han amado. Pude cuidar de mi pequeño hasta verlo convertido en un hombre, un hombre bueno y valiente.
¡Qué más puedo pedir…! Escucho ruidos bajo mi cama, cada vez más fuertes, y algo empieza a moverse sobre mis mantas, por todas partes, las veo: arañas, cientos de pequeñas arañas negras empiezan a salir de debajo de la cama y a cubrir mi cuerpo, mis pies, mis piernas…
cada vez más cerca de mi cabeza. Cierro los ojos, ahora sí estoy asustada.
No puedo moverme, estoy totalmente paralizada, así que solo espero que todo pase rápido.
Siento el movimiento sobre mí, sus miles de patas correteando, y un peso inmenso sobre mi pecho.
Cada vez me cuesta más respirar, exhalo profundamente una última vez y ya todo es oscuridad…
Silencio. Ya no las oigo. Una brisa mueve mi pelo y un canto familiar me tranquiliza. Antes de abrir los ojos ya sé dónde estoy…