El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Un fantasma del pasado
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Un fantasma del pasado

Un fantasma del pasado

—Unas horas antes—

Esta vez, Annabelle no se sorprende ante la cantidad de gente que acude al homenaje dedicado a su madre.

Tal como le ocurriera en la iglesia el día del entierro, le resulta bastante difícil encontrar aparcamiento.

Las puertas de la asociación están abiertas de par en par y corrillos de chavales hablan y ríen sonoramente aquí y allá.

El cartel sobre la puerta es más grande de lo que Annabelle se había imaginado.

No puede evitar maldecir al leer su nombre.

Está tentada a dejarse llevar por la rabia que ha ido creciendo en su interior desde el día del entierro, pero cuenta hasta tres y se contiene.

Se recuerda que ya habrá tiempo para acabar con todo, primero necesita saciar su curiosidad sobre cómo es, en realidad, ese «maravilloso lugar de referencia» que lleva su maldito nombre.

Se abre paso como puede entre el gentío.

«¿Estos chavales no tienen nada mejor que hacer un viernes por la noche?

», piensa. Llega al salón de actos; ciertamente es grande, aunque humilde.

La zona para el público está plagada de sillas de plástico plegables de aspecto bastante incómodo y solo cubren la mitad del espacio, por lo que son insuficientes para la cantidad de gente allí presente.

Un grupo de jóvenes piden permiso para pasar; traen unas cuantas sillas que solo dan para añadir una fila extra que enseguida se ocupa.

Un pitido bastante desagradable hace callar a todo el mundo; es el micrófono, manejado por una joven en el escenario que, frente al atril, trata de dar comienzo al acto.

Pelo rubio muy corto y un precioso vestido de terciopelo color esmeralda que no es capaz de ocultar un cuerpo grande y musculoso.

Annabelle la observa con desprecio, pensando en lo poco femenina que se ve, segura de que, si fuera ella la que llevara ese vestido, su sola presencia habría enmudecido hasta el último de los presentes.

Poco a poco, los murmullos van cesando y la joven empieza a hablar.

—Buenas noches a todos —carraspea antes de continuar, visiblemente nerviosa—. Lo primero de todo, agradeceros vuestra presencia. Veo muchas caras conocidas, pero también muchas otras, señal de lo lejos que llegó la influencia positiva de Maya…

Annabelle siente que la mira de soslayo.

—Para quien no me conozca, soy Atenea, ahora la nueva directora de la asociación… —Un nudo en la garganta le hace interrumpirse y varias personas le aplauden y animan, coreando su nombre.

Annabelle la observa sin esconder la creciente aversión que empieza a sentir hacia aquella chica, directora de «su» asociación.

La joven bebe agua y continúa.

—Cuando conocí a Maya, tenía solo quince años y no había visto unos guantes de boxeo en mi vida… —Hace una pausa, mientras una sonrisa nerviosa aflora en su rostro antes de añadir—. Ahora soy tres veces campeona de peso medio y todo es gracias a ella.

Hace otra pausa. Annabelle resopla, asqueada ya de tantos honores póstumos concedidos.

—No es que Maya me enseñara a boxear…

Algunas risas entre el público la interrumpen.

—Tal vez, si hubiera sabido, su vida habría sido distinta…

Pero me enseñó que con disciplina y esfuerzo se pueden lograr grandes cosas.

Me enseñó a no rendirme y, sobre todo, me dio una salida.

Le dio esperanza a mi vida. Gracias a ella salí del yugo de un padre alcohólico —creo que todos conocéis mi historia— y liberé a mi madre y a mi hermana en el camino…

Se oyen unos vítores.

—Ella nos guió, nos dio orientación y apoyo, y no nos abandonó en ningún momento del camino…

A Annabelle aquella historia le resuena, supone que por el parecido con su propia historia. Niña de quince años, padre alcohólico… pero siente que hay algo más que se le escapa.

—Como yo, cientos de personas, muchas con historias mucho más duras que la mía, han pasado por la asociación y han recibido la ayuda incondicional de Maya. Los tablones que cubren los pasillos del centro están llenos de historias con finales felices.

Annabelle se vuelve y ve que en las paredes de fuera del salón hay corchos con decenas de fotos pegadas.

—Con su esfuerzo y dedicación, Maya ha hecho de este mundo un lugar mejor, y es nuestro deber que su labor no acabe aquí. Su legado continuará y siempre habrá un lugar en la Asociación Annabelle para todo aquel que lo necesite.

Deja los papeles que está leyendo en el púlpito, respira hondo, visiblemente emocionada, y continúa hablando, mirando al cielo:

—Maya, no muere el que se va sino el que se olvida, y jamás te olvidaremos.

Una fuerte ovación inunda el salón, junto con vítores y gritos de entusiasmo. «¡Bravo, Atenea!», se escucha como una ola.

Annabelle no aguanta más. Se abre paso entre la gente y sale del salón, con ese nombre resonando en su cabeza, como un eco rebotando hasta lugares de su cerebro que su memoria no visitaba hace tiempo.

Decide echar un vistazo al centro que lleva su nombre antes de marcharse.

Un largo pasillo lleva a distintas estancias y una escalera sube a la segunda planta, cerrada al paso con una cadenita y un cartel de «no pasar».

Annabelle comienza a caminar por el pasillo, observando los corchos que cubren las paredes, llenos de carteles y fotos.

Las actividades y servicios que se anuncian son múltiples.

Annabelle recuerda las palabras del cura: clases de danza, boxeo, baloncesto, servicio de psicología, comedor social…

Lee todo con una mueca de desprecio en el rostro.

Al final del pasillo, llega a una puerta abierta que da paso a un gimnasio.

En el centro, un ring de boxeo bastante grande se lleva toda la atención.

A su alrededor, decenas de sacos cuelgan como murciélagos.

El olor a sudor y cuero gastado le repugna.

Annabelle camina hacia la pared donde, sobre unos bancos, hay más corchos llenos de fotos.

Se acerca a mirarlos con curiosidad. Son fotos de entrenamientos y competiciones y, justo en el centro, un corcho el doble de amplio que los demás, con un cartel arriba: «Atenea: nuestra campeona».

«¡Vaya con Atenea!, tu propio rincón de la fama…

». Annabelle observa las fotos con atención y unas náuseas crecientes empiezan a invadirla.

No hay premio que haya recogido Atenea sin tener a su lado a Maya; una Maya cuyo rostro refleja genuino orgullo.

«¿En qué momento me reemplazaste por esta copia barata, mamá?

No te costó mucho trabajo olvidarme, esta «machunga» se defendía sola, ¿verdad?

». Annabelle vuelve a observarla. Si se dejara crecer ese pelo rubio tan corto, con esos ojos almendrados y esos labios carnosos, bien podría pasar por su hermana…

Todo le parece en extremo retorcido. Sigue paseando la mirada por las fotos y, entonces, mientras aún está digiriendo la odiosa existencia de su burda sustituta, la ve, allí mismo, cogida de la mano de Maya.

Su corazón da un vuelco y casi puede sentir el suelo tambalearse bajo sus pies.

«No puede ser, es imposible», se dice, pero al acercarse no puede negar lo evidente.

Más vieja, pelo blanco y con más arrugas de las que pudiera recordar.

Podría haberla confundido con una señora que se pareciera demasiado, uno de esos dobles que el destino nos regala, podría haber pensado que el cansancio y el estrés le estaban jugando una mala pasada, podría haber encontrado mil explicaciones plausibles, pero el colorido tatuaje de un colibrí en el antebrazo no dejaba lugar a dudas.

Era ella, Aurora estaba viva, y si Aurora estaba viva tal vez, solo tal vez…

—Aquí no puede estar.

Una voz rescata a Annabelle del abismo al que, una simple foto, la había precipitado. Se vuelve y ve a una chica delgada que, con paso decidido, se le acerca; su media melena pelirroja moviéndose sin control.

—¿Perdón?

—Que aquí no puede estar —repite Marta—. La asociación esta noche solo abre para el homenaje, debe volver al salón de actos. Si quiere información sobre el gimnasio puede venir mañana a las…

—No, no. —Annabelle interrumpe a Marta y se le acerca, mirándola descaradamente de arriba a abajo durante unos minutos que a Marta se le hacen eternos.

Esa misteriosa mujer le impone; Marta no sabría decir por qué, pero se le pone la piel de gallina.

—No estoy interesada en… esto. —Un deje de desprecio sale de su voz mientras señala los sacos de boxeo—. Verás, soy periodista y quiero hacer un reportaje sobre Maya.

—Ah… —Marta se queda sin palabras, sorprendida con el anuncio.

Annabelle se acerca aún más a ella, más de lo cortésmente admisible.

Marta puede sentirla a escasos diez centímetros de su rostro.

Su olor a perfume caro apenas la deja respirar y no puede dejar de mirar ese brillo misterioso en sus ojos.

Marta no puede pensar con claridad. El atractivo de esa mujer, que bien podía ser su madre, es perturbador.

—Me gustaría entrevistar a personas cercanas a Maya y no he podido evitar fijarme en esta señora que coge su mano con gran familiaridad. —Annabelle se acerca a la foto y señala a Aurora.

Marta coge aire, ha estado aguantando la respiración inconscientemente. Se acerca al corcho y ve a la abuela de Roy.

—¿La señora Aurora? —Marta recupera al fin la compostura—. Eran muy amigas, bueno, era su mejor amiga, de hecho.

Annabelle recibe aquella noticia como una bofetada. Le cuesta un considerable esfuerzo recomponerse y no desatar su ira creciente. Después de unos tensos minutos de silencio, ordena sus pensamientos y al fin vuelve a improvisar.

—Umm…, me gustaría entrevistarla. ¿Podrías indicarme dónde encontrarla?

Annabelle vuelve a acercarse despacio hacia Marta, con ese magnetismo inevitable, pero esta vez Marta da un paso atrás. No puede pensar con claridad cuando se le acerca así.

—Bueno, esto… —Marta trata de despejar su mente—. Va a ser difícil, no está bien, de hecho, está en una residencia. Alzheimer, apenas recuerda ni quién es…

—¿Una residencia?

—Sí, la Residencia Vista Alegre, está a una hora del pueblo, pero…

Annabelle vuelve a estar muy cerca del rostro de Marta. Marta siente con fastidio, cómo se sonroja. Annabelle coge su mano y una ola de calor la recorre…

—Gracias, has sido de gran ayuda.

Le suelta la mano y se aleja, dejándola con la palabra en la boca, sin entender muy bien qué acababa de pasar.

Cuando Marta, tras cerrar con llave las puertas del pabellón, maldiciendo a quién lo hubiera dejado abierto, regresa junto a Fran y Guille, decide no contar nada de su encuentro con la mujer misteriosa, cuya imagen ya no puede quitarse de la cabeza en toda la noche.

Mientras, tras abandonar la asociación, Annabelle permanece un buen rato sentada en su coche, con el corazón latiéndole a gran velocidad, escuchando como un eco en su cabeza las palabras que la chica pelirroja ha pronunciado: «era su mejor amiga».

¿En qué momento y circunstancias se habrían conocido?

¿Qué le habría contado Aurora a su madre sobre ella?

Levanta la mirada y observa una vez más el cartel con su nombre.

¿Le habría puesto su nombre a la asociación de haber sabido todo?

Puede que fuera su manera de enmendar toda una infancia perdida, pero ¿no habría intentado buscarla de saber que estaba viva?

Annabelle lo tiene claro de inmediato. Conoce bien a Aurora, es una mujer bondadosa pero también muy inteligente.

Si Maya era de verdad su mejor amiga, solo un motivo le habría impedido contarle la verdad y ese motivo no podía ser otro que proteger a Roy.

Pero ¿era posible que Roy también estuviera vivo? Solo había una forma de averiguarlo.

Annabelle arranca el coche y busca en su móvil la ubicación de la Residencia Vista Alegre. Alguien recibiría una visita inesperada esa noche.