Las cartas
Las cartas
Antes de abrir los ojos ya sé dónde estoy.
El olor a naftalina lo impregna todo, por mucho que intenten esconderlo con esos dulzones ambientadores.
Me incorporo y abro los ojos. Miro la hora en mi reloj de pulsera y paso mis dedos por su fina cadenita de oro blanco, como hago siempre.
Roy dice que es una reliquia anticuada y me compró uno nuevo.
Entonces tuve que explicarle que este reloj me lo regaló su abuelo cuando éramos jóvenes y que por nada del mundo me lo quitaría.
Miro a Roy en el portarretratos en mi mesita, con ese gesto serio que presagia la sonrisa que pronto surge, lleno de esa facilidad suya para mirarlo todo con optimismo.
«La edad ayuda», pienso. Con los años, acumulas cicatrices de mil batallas y la sonrisa se hace más la remolona.
Observo con cierto pesar la habitación en la que duermo.
No es mi cuarto, no es mi hogar y, aunque me tratan de maravilla, sigo sintiéndome una intrusa.
Sé que es solo en estos momentos, cuando recobro la lucidez, cuando Aurora vuelve de las tinieblas en las que vaga perdida desde hace mucho.
Pero ¡qué duro no despertar en casa!, con Roy durmiendo a escasos metros, para poder llamarlo y disfrutarlo el tiempo que mi inútil cabeza me deje.
Vuelvo a mirar la hora: las tres de la madrugada, la misma hora de siempre.
Esta vez no trato de encontrar una explicación a la coincidencia.
Si alguna vez en mi vida ocurrió algo importante a esa hora intempestiva, mi mente lo ha olvidado, como tantas cosas, supongo.
Debería intentar volver a dormir, pero cómo hacerlo cuándo tengo la certeza de que al despertar ya no seré yo.
Volverá esa carcasa vacía sin recuerdos, sin pasado, sin vida.
Sé que pronto no habrá más despertares. Los despertares de Aurora terminarán; también los de este ser inerte que ha usurpado mi cara y mi cuerpo.
¿Y si esta fuera la última vez? ¿Y si no vuelvo más?
Hoy he tenido más horas de lucidez que en las últimas semanas…
Sonrío al recordar mi cena con Roy, pero un mal agüero se cierne sobre mí.
Son demasiadas señales. Primero el colibrí, viniendo a saludarme, después todas estas horas despierta…
No puedo evitar sentir que el fin está muy próximo, y empieza a crecer una urgencia en mí que no había sentido hasta ahora: la premura por no dejar nada pendiente.
Y, justo en este momento, me doy cuenta de que arrastro demasiadas cuentas pendientes, demasiados secretos, demasiadas palabras calladas, demasiadas cosas que debí haber confesado…
Me levanto y voy a mi mesita. Abro un cajón y saco una libreta.
Me la dieron para escribir mi diario. El médico me dijo que me ayudaría a recordar.
La abro; las páginas en blanco me recuerdan que aún no he escrito ni una sola palabra.
Lo he intentado muchas veces, pero me siento ridícula; no soy escritora.
Ahora es distinto. Arranco una hoja y escribo, decidida.
Sé a quién irá dirigida la primera de mis cartas y sé quién la entregará…
Miro a la ventana y observo la oscuridad entre los árboles.
Ahí, en algún lugar, espera mi pequeño amigo alado.
Solo confío en llegar a tiempo, tengo mucho qué hacer y me pongo a ello sin dudar más.
«Querido Víctor…»
La siguiente hora pasa muy deprisa. Escribo sin parar, con algún tachón, pero en general sin dudas, dejándome llevar por lo que dicta mi corazón.
A ratos lloro, me embarga una emoción como no he sentido en años.
No puedo creer que esté al fin liberando esta pesada carga que ni siquiera sabía que arrastraba.
Todavía es noche cerrada cuando he terminado mi tarea: tres cartas, tres nombres.
Las sostengo entre mis manos observándolas, sé que son tres puñales afilados que se clavarán envenenados en sus destinatarios, debo deshacerme de ellas antes de arrepentirme. «Ahora o nunca», me repito, y es ahora.
Abro la ventana y no tardo en verlo, mi querido colibrí volando entre las ramas de los árboles.
Sus reflejos dorados reflejan la luz de la luna delatándole.
Al verme se acerca. Le entrego la primera carta que he escrito y la coge cuidadoso con el pico; ya sabe qué tiene que hacer, no hace falta hablar.
Se aleja volando con su preciada carga y cierro la ventana.
Cojo las otras dos cartas y casi corro hacia el cubículo de las enfermeras.
Les pido un par de sobres. Ellas se alegran de verme «de vuelta» pero al segundo me reprenden por andar despierta a esas horas.
Me dicen que lo que sea puede esperar a mañana, pero al segundo entienden que puede que para mí no haya un mañana…
; los momentos de lucidez escasean cada vez más.
Casi les suplico que busquen los sobres y ellas consienten sin ocultar su preocupación.
—Claro que tenemos —me dicen—, se envían muchas cartas desde la residencia.
Me entregan los dos sobres. Meto cada carta en uno y escribo el nombre de los destinatarios: «Roy Vituana», en uno, «Maya Mecías», en el otro.
Las enfermeras me observan preocupadas, notan mi urgencia y saben que hay algo que no les he contado.
Aun así, tratan de tranquilizarme. Pero yo no necesito tranquilizarme, necesito asegurarme de dejarlo todo atado antes de…
Por fin, veo aparecer a mi querida Sheila, la enfermera encargada de mi cuidado, mi ángel guardián, la que avisó a Roy la tarde de ayer.
Se acerca preocupada, aunque tan pronto nos cruzamos la mirada sabe que soy yo de nuevo y no puede evitar la sonrisa.
Sin dejarla terminar de acercarse, le entrego las cartas y le repito dos veces las instrucciones, muy seria, firme, sin dar lugar a ninguna duda sobre mi claridad mental.
—Cuando muera, solo cuando muera, mándalas a sus destinatarios. Prométeme que lo harás.
—Claro, Aurora, lo haré. Las guardaré a buen recaudo y las enviaré por ti cuando llegue el momento… —a Sheila se le quiebra la voz. Está acostumbrada a perder internos, va con el puesto, pero no por ello deja de ser menos duro.
—Ni Roy ni Maya deben saberlo, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, Aurora. No lo sabrán. Puedes confiar en mí.
Le doy un sentido abrazo mientras dejo escapar algunas lágrimas de emoción ante una sorprendida Sheila, que no puede evitar emocionarse también.
Desconoce el contenido de las cartas, pero comprende que es un momento trascendente para mí.
Cuando al fin nos separamos, me dice que va a ponerlas a buen recaudo y que si me parece bien que me acompañe a mi cuarto.
—Es muy tarde para andar de paseo, vamos a tu cuarto y hablamos hasta que… . —Sheila se interrumpe, aunque ya sé a qué se refiere sin necesidad de que termine la frase—. Así nos recomponemos las dos —concluye.
Soltamos una risa contenida y después de darle otro abrazo, más calmada esta vez, vuelvo sobre mis pasos para dirigirme a mi cuarto.
En algún lugar del camino de vuelta, la oscuridad me sobreviene otra vez, implacable, sin previo aviso, y otra Aurora sin pasado despierta en mitad del pasillo sin saber cómo ha llegado hasta allí ni a dónde se dirige.