El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Aurora
9%

Aurora

Aurora

Camino nervioso por el pasillo. Me han dicho que lleva unas horas de lucidez, eso es más de lo que ha tenido en mucho tiempo, así que temo llegar tarde y haber perdido la oportunidad de hablar con ella. Entro al comedor y enseguida la veo. Está de espaldas a la puerta. La enfermera la llama:

—Aurora, ya está aquí.

Me acerco despacio y se da la vuelta. En cuanto veo su expresión sé que es ella; mi Tata está de vuelta.

Una amplia sonrisa ilumina su rostro. Hace amago de levantarse de la silla, me apresuro a su lado y la ayudo.

Nos damos un sentido abrazo, como si hubiera regresado de un largo viaje.

La ayudo a volver a sentarse y me siento a su lado.

—Enseguida os traigo la cena. Roy, ¿qué quieres de beber?

—Agua, gracias.

—Gracias, cariño.

Mi abuela coge las manos de la enfermera, afectuosamente.

Después se vuelve hacia mí, coge las mías y me observa largo rato.

Yo la miro también, está sorprendentemente bien.

No tiene esa mirada perdida, ese gesto serio, sin expresión.

Está tal cual era antes: con esa sonrisa perenne en el rostro, su moñito alto—se nota que se lo ha hecho ella misma— y esos ojos negros como aceitunas, ocultos tras las gafas, rodeados de cientos de pequeñas arrugas.

—¡Qué bien estás, Tata!

—Sí, hijo, me encuentro muy bien hoy. Les dije que te llamaran, espero no haber perturbado tus planes.

—¡No, abuela, qué cosas dices!

Instintivamente me palpo el bolsillo del pantalón, donde, antes de perderlo en el funeral, había guardado el folleto del homenaje a Maya. Inmediatamente tomo la decisión de no decirle nada. Guille tenía razón; ¿cómo estropear este momento con esa terrible noticia?

Durante la cena habla sin parar. Me cuenta que se encuentra feliz aquí, que la tratan muy bien.

—La comida es buena —me dice—. Y la compañía… Bueno, hay algún abuelete que se piensa que estamos en la verbena y tiene ganas de echarse novia… —Se ríe. ¡Qué bonito escuchar su risa de nuevo!

Yo le cuento que me va bien en la Universidad y con los chicos.

Le digo que Fran sigue dibujando sus comics y Guille distraído con una chica distinta cada fin de semana, pero nada serio.

«Es que es muy guapo», dice mi abuela, confirmando lo obvio.

Le hablo de Marta, de cómo sigue con el boxeo y currando en el pub y en la librería y, antes de que me pregunte, le comento que aún no ha decidido qué hacer con su vida, igual que yo.

«¿Marta y tú…?», pregunta obligada de mi Tata.

Creo que nada le haría más feliz que decirle que somos novios; casi estoy tentado de soltarle una mentira piadosa, para alegrarle estos momentos de lucidez, pero no puedo.

Confirmo lo obvio, que a Marta ni siquiera le gustan los chicos…

«Bah», suelta mi abuela, convencida de que es algo que hemos inventado para que deje de insistir en el tema.

Cuando terminamos de cenar la ayudo a levantarse y nos sentamos en uno de los sofás del salón, que a esas horas no está muy concurrido. La enfermera se acerca:

—Aurora, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?

Ha estado observándonos todo el tiempo desde lejos; tantas horas de claridad mental la tienen alerta.

—No gracias, cariño, estoy bien.

Entonces mi abuela se pone seria y me coge de la mano.

—Mira, hijo, quería hablarte de algo. —Se remanga su brazo derecho y toca su antebrazo, allí donde un tatuaje resiste el paso del tiempo, semienterrado entre cada vez más arrugas y con colores cada vez más apagados—. He vuelto a verlo.

El tatuaje representa un colibrí agitando las alas, cabeza en alto, con el cuerpo en tonos verdes azulados y las alas de colores rosas, lilas y amarillos.

En su día, debió ser un tatuaje muy llamativo.

Siempre me pregunté cómo sería verlo recién hecho, cuando el lienzo sobre el que se pintó tuviera cincuenta años menos.

Acerco mi dedo y lo acaricio despacio, como hacía de niño cuando las pesadillas no me dejaban dormir.

—El otro día, desde mi cuarto. Oí su canto —empieza a hablar mi abuela con la vibrante ilusión de un niño en la voz—. Me llamaba. Abrí la ventana y ahí estaba, revoloteando entre los árboles del jardín.

Por un momento, temo que el rato de cordura de mi abuela haya llegado a su fin.

—No pongas esa cara, no estoy loca. Sé que estoy perdiendo la cabeza… Soy consciente de ello.

Es demoledor escucharla hablar con semejante claridad. No sé qué es más triste, que mi abuela se esté apagando o que ella misma sea consciente de que lo está haciendo.

—Pero no hoy, no ahora. Créeme, ha sido maravilloso volver a verlo, está igual. —Mi abuela toca su tatuaje y lo observa mientras me habla—. Los mismos colores intensos —me mira—, no estos, estos están perdiéndose, como yo… Creo que está aquí por un motivo: creo que mi camino está llegando a su fin.

—Abuela… —intento protestar, con un nudo ahogándome la garganta, pero en el fondo sé que tiene razón y la queja se apaga antes de salir de mi boca, enmarañada en el regusto agrio de una cruel realidad.

—¿Te he hablado alguna vez del lugar dónde me críe?

—Sí, abuela, ese pueblo tranquilo y los campos…

—Los campos de flores… ¡Qué hermosos, Roy! Cómo me hubiera gustado enseñártelos. A donde miraras solo había flores de cientos de colores diferentes… Y colibrís, decenas de colibrís revoloteando de flor en flor; sus cantos llenaban el aire. Era el lugar más hermoso del mundo.

—Lo recuerdo bien, abuela, me has hablado tanto de ese lugar que es cómo si hubiera estado allí. Y también recuerdo que nunca me dijiste dónde estaba…

—Lo sé, Roy, lo sé. —Coge mi mano entre las suyas y las acaricia—. Nada me habría gustado más que verlos contigo, y nada me habría gustado más que mis restos descansaran allí. Mis cenizas volarían entre las flores y formarían parte de esos campos para siempre.

—Abuela, pues dime dónde es. Si es lo que quieres, te juro que las llevaré…

Me siento abrumado manteniendo esta conversación, pero sé que tal vez mi abuela tenga razón…

Tal vez ha recuperado la conciencia justo ahora para no dejar ningún asunto pendiente.

¿No dicen que algunas personas, antes de morir, tienen un momento de increíble lucidez?

Un escalofrío me recorre con este pensamiento tan brutal, mientras mi abuela continúa hablando ajena a mi desasosiego.

—Creo que el colibrí ha vuelto para llevar mi alma a los campos de flores. Si mi cuerpo no puede reposar allí, mi alma sí lo hará… —Mi abuela se calla y, con una sonrisa de inmensa paz, da por terminada la conversación—. Pero tú no te preocupes, Roy…

—Pero, Tata, dime al menos el nombre. ¿Cómo se llama tu pueblo? No importa si está lejos, yo te llevaré. La verdad, no sé por qué nunca me lo has dicho, podríamos haber ido tantas veces…

—No te preocupes, Roy, tú solo entiérrame con el abuelo, ¿lo harás?

—Pero…

—Anda, ¿me traerías un vaso de agua? Tengo la boca seca de tanto hablar…

—Claro, voy… —Me levanto apesadumbrado. No logro entender tanto secretismo, ¿acaso importa tanto dónde esté ese pueblo?

Ahora me arrepiento de no haber insistido antes en este asunto; unos pocos minutos de lucidez no son el momento para intentar sonsacárselo.

Me acerco a la enfermera y le pido el agua, pero al darme la vuelta y ver a mi abuela sé que todo ha terminado.

Su sonrisa franca, su viva mirada… se han borrado de nuevo.

Otra vez el semblante inexpresivo, la mirada perdida… Un vacío enorme se apodera de mí.

La enfermera se detiene a mi lado con el vaso de agua.

La miro; ella también se ha dado cuenta.

El momento de lucidez ha llegado a su fin.

Me mira con ternura y me da unos golpecitos de ánimo en el hombro.

Cojo el vaso de sus manos y me acerco despacio a mi abuela.

Me siento a su lado, pero no muy cerca, a medio metro, distancia cortés para un desconocido.

Reprimo las intensas ganas de llorar que me sobrevienen y le ofrezco el agua.

Me da las gracias y coge el vaso. Bebe y lo deje sobre la mesa.

Al ver que sigo ahí, siente incómodo el silencio y se ve obligada a decir algo:

—¿De visita?

—Sí…  mi abuela.

—Ah, qué bien. Se pondrá muy contenta.

La enfermera se acerca.

—Aurora, ¿está cansada? ¿Quiere que la acompañe a su cuarto ya?

—¿A mi cuarto? Pues sí —se agarra a los brazos de la enfermera para incorporarse y, antes de irse con ella, se vuelve—. Muy amable joven, que pase buena noche.

No digo nada, solo asiento con la cabeza. Veo como se aleja con un nudo en la garganta. De pronto me siento tremendamente cansado. Qué larga se me va a hacer la vuelta, cuánto antes tome camino mejor.