El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) Fotos y recuerdos #3
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Fotos y recuerdos #3

Despacio abre su antigua puerta y siente que se marea; una bofetada de recuerdos la sacude con fuerza, la mayoría dolorosamente tristes.

Se apoya en el marco y observa unos minutos hasta que coge fuerzas para entrar.

Camina hasta su antigua cama y se sienta.

No puede creer lo que ve. Toda la pared frente a la cama, donde aún resiste el paso del tiempo su antiguo escritorio, está cubierta de fotos de revistas que ella misma recortó hace treinta años…

En algunas, se notan las líneas de viejas roturas pegadas con cinta adhesiva, allí donde Annabelle las había roto, el día que se marchó para siempre.

Eran fotos de lugares maravillosos, decenas de sitios increíbles de todas partes del mundo.

Un mundo que planeaba recorrer, algún día…

hasta el «accidente» que truncó sus sueños.

El día que se marchó, las había arrancado con rabia de la pared, haciéndolas pedazos.

Ahora estaban en su lugar original. Su madre debía haber pasado un buen rato recomponiendo los pedazos y pegándolas de nuevo en la pared.

Contagiada de la misma rabia que le hizo arrancarlas en su día, se levanta y destroza con una ira desmedida la labor de su madre.

Trozos de papel vuelan a su alrededor y se acaban posando por el suelo de la habitación, mientras Annabelle se recompone.

Entonces se da cuenta de la foto que reposa sobre su antigua mesa y una oleada de tristeza la sobreviene.

Una presión dolorosa en el pecho aniquila cualquier rescoldo de la rabia que la dominaba hace un segundo.

La nostalgia oscura y desgarradora que regía sus días cuando era una niña, vuelve a su corazón.

Coge el portarretratos con las manos temblorosas y vuelve a sentarse en la cama, mientras unas lágrimas que ya no puede contener recorren silenciosas sus mejillas.

A duras penas logra ver la foto con sus ojos inundados, pero su memoria guarda una copia precisa que justo acaba de ser desenterrada.

Es una foto de sus padres y ella, una inusual estampa familiar de un día en la feria.

Annabelle viaja a ese día y vuelve a ser la preciosa e inocente niña de la foto, antes de que sus ilusiones fueran mancilladas y sus esperanzas aniquiladas…

Annabelle tiene ocho años y aún fantasea con que sus padres se aman con locura…  a su manera. Como en las películas de Disney que ve en la televisión, espera paciente el «y fueron felices, y comieron perdices», pero su realidad es otra.

El día después de una pelea en la que Maya había salido especialmente mal parada, su padre se presentó en casa antes de lo habitual con un gran ramo de flores.

Suplicó su perdón como tantas veces y le prometió esta vez sí, cambiar.

Aquella tarde no fue al bar, eso se había terminado, aquella tarde tenía preparado un gran plan: irían a la feria y pasarían una bonita tarde en familia, incluso quizá cenarían fuera.

Maya se arregló, y Annabelle pudo verla sonreír después de mucho tiempo.

Su padre la trataba con afecto y ternura y Annabelle estaba pletórica.

Sus padres iban de la mano, incluso se dieron un beso, ella correteaba delante y detrás.

Se subieron a la noria e incluso dispararon a la diana en un puesto lleno de peluches y, aunque no consiguieron ninguno, a Annabelle no le importó, aquel era el mejor día de su vida y nada podía estropearlo, o eso creía…

Cuando ya estaban saliendo de la feria, vieron un puesto donde un fotógrafo hacía fotos con un hermoso decorado de flores como fondo.

Maya mencionó que era caro pero su padre insistió en hacer una foto familiar: una nueva etapa bien merecía un bonito recuerdo.

Después se acercaron a un puesto de comida y se sentaron a cenar: lo prometido era deuda.

Pero cuando el camarero tomó nota de las bebidas y el padre de Annabelle pidió una cerveza, ella no fue consciente de lo trascendental de ese simple gesto.

El rostro de Maya cambió en medio segundo, la felicidad dio paso a un gesto serio, comprimido…

Y en ese momento lo supo: la promesa de su padre había durado solo unas pocas horas.

A la primera cerveza siguió otra y muy pronto la mesa estuvo llena de vasos vacíos y la armonía familiar hecha añicos.

Al llegar a casa, toda la magia se había desintegrado por completo.

Annabelle corrió a su cuarto, engullida por el mismo déjà vu de siempre.

Se tiró a su cama con los cascos puestos y puso la música a todo volumen como siempre hacía, tratando inútilmente de ensordecer unos gritos desagradablemente familiares.

Annabelle deja el portarretratos con rabia y, caminando con paso ligero, se dirige a la salida. Ya en el pasillo, mientras su abogado se pelea de nuevo con el juego de llaves para cerrar la puerta, la escucha decir con rabia:

—Vendedla.

—¿Qué hacemos con todas las cosas?

—¡Tiradlas! —grita Annabelle, ya escaleras abajo.