Fotos y recuerdos #2
Después de unos minutos más de risas, se sientan, satisfechos por enésima vez con Marta y su historia del Galeón.
—Y seguro que ya os conocíais —observa Guille, pensativo—. Os teníais que haber visto por la asociación…
—Pues seguro, pero es que no me suelo fijar en los chicos… —Marta guiña un ojo, divertida—. Cuando me enteré de que Aurora era su abuela flipé, nos teníamos que haber visto hasta de niños, pero ni acordarme de su cara.
—¡Oye! ¡Ni yo de la tuya…!
—¡Porque siempre estás empanado!
—¡Mira la que habla!
El sonido de un móvil llega desde algún lugar del sofá, interrumpiendo la conversación.
—Es el mío. —Roy va a buscarlo, levantando cojines y chaquetas—.
¡Aquí! ¿Diga? Ah sí, espere un segundo, no la escucho bien…
—Va a la cocina y cierra la puerta—. Sí, dígame.
Ah, ¿sí? ¿Desde esta tarde? Desde las cinco.
¡Vaya! ¿Y sigue bien? Ya, ya… ¿A cenar? ¡Jolín, eso sería genial!
Sí, ya, lo entiendo. Pues me pego una ducha y voy.
Claro, claro, sí, muchas gracias, gracias, adiós.
Roy sale al comedor donde todos siguen riendo y bromeando.
—Chicos, ¡chicos! —Silencio—. Marta, lo siento, no podré ir al homenaje.
—¿Y eso? —Marta no puede ocultar la decepción en su rostro.
—Me acaban de llamar de la residencia. Mi abuela lleva bien desde las cinco.
—¿Desde las cinco?
—Sí, recuerda casi todo, está habladora y ha preguntado por mí. Estaban esperando para llamarme, por si era cuestión de minutos, pero continúa bien. Si sigue así, tal vez podría cenar con ella…
—Joder, Roy, ¡qué bien! —Fran se acerca y le aprieta el hombro con cariño.
—¡Es genial! Ve, Roy, no te preocupes por el homenaje. Guille lo va a grabar todo, ¿a que sí?
—Así es. He traído mi cámara y mi trípode, va a quedar profesional que te cagas. Será como si hubieras estado. Me alegro mucho, tío, de verdad. —Se acerca a Roy y lo zarandea por los hombros, mientras le despeina.
—Pues voy a casa a darme una ducha y… —Se vuelve otra vez—. Lo siento, Marta, yo…
—¡Veeeee! —exclaman los tres a la vez.
Roy asiente con una amplia sonrisa, coge sus cosas y se marcha.
Su abogado la espera al otro lado del río, frente al portón de un antiguo edificio.
Fachada de ladrillos rojos, pequeños balcones de medio metro de ancho y una gran puerta de hierro, con cristales amarillentos por el paso del tiempo…
todo está tal cual lo recuerda. «Hogar, dulce hogar», murmura Annabelle con amarga ironía.
Saluda a su abogado, que se pelea con un manojo de llaves enmarañadas.
Tras un par de intentos, consigue abrir el portón y deja pasar a Annabelle delante de él.
Tardan unos minutos en llegar al tercer piso; el ascensor es una vieja carcasa de hierro chirriante que se toma el camino con calma.
Se hace evidente que la inversión de la comunidad en las zonas comunes ha sido nula en mucho tiempo.
Al fin llegan. Annabelle se detiene frente a una puerta.
Su abogado le cede la llave para que ella misma abra.
Respira hondo, mil recuerdos la golpean y, aunque su coraza es dura, hay escenarios que cuentan demasiadas batallas.
Su abogado la observa nervioso, está a punto de decir algo cuando, al fin, Annabelle mete la llave en la cerradura.
Nunca imaginó que volvería a cruzar ese umbral.
Respira hondo y se prepara para viajar al pasado, pero al abrir la puerta no encuentra el ambiente esperado.
Las persianas están abiertas y la suave luz del atardecer baña una estancia que nada tiene que ver con el piso en el que Annabelle malvivió.
Atónita, observa desde la entrada una versión muy distinta del escenario de sus recuerdos.
Entra despacio, observándolo todo, maravillada y, al tiempo, indignada al darse cuenta de lo que podría haber sido y no fue.
Paredes de colores pastel, cortinas con bonitos dibujos, muebles modernos de estilo nórdico…
Ni siquiera unas flores que se marchitaron esperando a su dueña, huelen mal.
Sujeta un ambientador entre las manos temblorosas y murmura sarcástica: «Menudo invento, ¿eh, mamá?
». En su recuerdo aquel piso siempre apestó a alcohol y tabaco.
Camina hacia lo que fue el salón, observa la televisión plana cogida a la pared y se ve a sí misma sentada en la alfombra, quitando con urgencia los dibujos animados al escuchar los pasos de su padre en el pasillo.
Una estantería plagada de libros llama su atención.
«¿Libros? ¡Eres una caja de sorpresas!».
Entre los libros, varios portarretratos muestran a una Maya bella y sonriente, que nada tiene que ver con la demacrada mujer de su infancia.
Annabelle casi se arrepiente de no haber buscado a su madre antes, ¡le habría gustado tanto ver la vergüenza en su rostro por esta vida maravillosa que ahora tenía!
Echa un último vistazo y camina por el pasillo hacia lo que fue su dormitorio.
¿En qué habría transformado Maya el que fuera su único refugio en el mundo?