Fotos y recuerdos
Fotos y recuerdos
—Una semana después, por la tarde—
—Mira esta.
Marta señala una foto del montón que ha invadido la mesa, donde aún reposan los platos con restos de comida.
—¡Ostia! ¡Qué guapa! Mira, Guille, la Maya de hace unos años era tu tipo total.
—Trae. —Guille le arrebata la foto a Fran—. ¿Qué? ¿Esta es Maya? ¡No me jodas…! Mira Roy, Maya era un pibón… —Y le pasa la foto a Roy.
—De verdad, Guille, ¡que podría ser tu abuela…! —rezonga Fran.
—Guille no le hace ascos a nadie —suelta Roy con sorna.
Marta deja escapar una risotada sonora, aprovechando para descargar un poco el cúmulo de emociones que la transitan. Hace una semana que despidieron a Maya y aún no lo ha asimilado.
—Eso es cierto. —Fran confirma lo obvio.
—¡Cómo os gusta chincharme! —Guille pone cara de ofendido, pero después dibuja una sonrisa pícara y se atusa el pelo con la mano, en ese gesto tan suyo.
Los tres ríen divertidos.
—¡Ay, qué mala es la envidia!
Marta mira al techo resoplando. Roy sigue con la foto en las manos, observándola detenidamente, preguntándose cómo podía cambiar tanto una persona con el paso de los años.
Recuerda a su abuela y las imagina a las dos, cincuenta años atrás, riendo con sus amigos, haciendo planes de futuro, con toda una larga vida por delante…
—Era casi como tu abuela, ¿verdad, Marta? —Fran retoma el rumbo nostálgico que había tomado la conversación, antes de las bromas.
—Sí, algo así. —Marta coge otra foto de Maya y se la aprieta contra el pecho—. Siempre estaba ahí, daba todo lo que tenía y más. Me acuerdo una vez que dormí en su casa porque… me había pasado un poco con los chupitos.
—¿Un poco? —pregunta Fran escéptico.
—Un poco, Fran —insiste Marta molesta—. Bueno, el caso es que me ofreció su casa.
—¿Y una vez no te compró unos guantes nuevos? —recuerda Roy.
—Sí, antes de que trabajara. Y no solo los guantes. Las protecciones y un chándal, porque el mío daba pena y el sueldo de mamá no daba para más. De no ser por ella no me habría convertido en la pedazo de boxeadora que soy…
Ahora el que suelta una risotada es Guille.
—¡Eh! ¿De qué te ríes?
—De nada, de nada…
Siguen en silencio, pensativos, ojeando más fotos…
—¡Esta sí que es una pedazo de boxeadora!
Fran muestra una foto donde una mujer musculosa levanta un cinturón de ganadora en lo alto de un ring, con Maya a un lado y Marta al otro. Lleva el pelo rubio muy corto y en punta, es como una cabeza más alta que Marta y en la envergadura de su cuerpo bien cogen dos Martas.
—En eso te doy la razón. La cabrona de mi hermana se llevó en el reparto de genes todos los músculos…
—Bueno, bueno, Marta. Más bien que ella se pasa el día entrenando y tú, pues te gustan más otras cosas… —Guille hace gesto de beber y todos explotan en una gran carcajada.
—¡Qué exagerados sois! Por una vez… Pero sí, es una máquina mi hermana. Campeona nacional de boxeo, se dice pronto, ¿eh? Y todo gracias a Maya, eso hay que reconocerlo. Ella apareció en el momento justo y la salvó. Y mi hermana nos salvó a mi madre y a mí de mi padre… ¡Puto borracho!
—¡Eh! ¡Esa boca…! —la para Roy, poniendo su mano sobre la suya.
—Perdón, es que… —Marta se muerde el labio, respira hondo y entierra esos inoportunos recuerdos. Más calmada, sonríe, trayendo a su memoria una anécdota bien distinta… —Bueno, y luego yo te salvé a ti, Roy. ¿Ves? ¡Todo está conectado!
—¿Perdona? ¿Qué me salvaste? —Roy aparta su mano, simulando incredulidad.
—No quiero recordar cierta noche… —Marta dibuja su sonrisa más traviesa.
—¡Sí!, ¡Recuérdala! —le apremia Fran, divertido.
—¿Otra vez? —Roy no puede creerlo, y se golpea la frente con la mano.
—Es que es muy divertido, Roy, admítelo —Guille ya se frota las manos esperando escuchar la misma anécdota, cien veces repetida.
—Fue la segunda noche de Roy en el Galeón, mítico bar de copas… —comienza Marta.
—¡No me lo puedo creer!
Roy se echa las manos a la cabeza en un gesto exagerado. En el fondo, a él también le divierte la manera que tiene Marta de contar la noche en que se hicieron amigos, de la manera más inesperada. Fran y Guille ya empiezan a reír, antes siquiera de escuchar una historia que se saben de memoria.
—Como iba diciendo, antes de la interrupción… —Marta se pone un dedo en los labios mirando a Roy—, era la segunda noche de Roy currando. Yo ya era una experta veterana en el local…
—Una experta dice… ¡Que llevabas un mes!
—¡Calla! —gritan Guille y Fran a la vez.
Roy exhala un suspiro cargado de ironía.
—El chico nuevo, aquí el amigo, no prometía mucho, era un poco torpe con las copas… El caso es que la noche estaba pelín aburrida, hasta que entraron «el grupito de machotes» de turno. En cuánto los vi, supe de qué palo iban…
—Tú y todo el bar, ¡vaya cosa! —interviene Roy— menuda panda de…
—¿Me dejas continuar? —pregunta Marta, cruzándose los brazos.
—¡Cómo no! Tu público te espera.
Roy esquiva, en el último segundo, una colleja de Guille. Marta continúa:
—Bueno, como iba diciendo, yo no les habría servido ni una copa, pero claro…
—¡Ja! Dile tú al jefe que no les sirves más… —ataja Roy.
—Por eso, que ya iban super cocidos y no regían. Cuando los vi molestando a una cría…
—Habló la mujer adulta —interrumpe de nuevo Roy.
Esta vez no puede esquivar la colleja que Marta le lanza.
—¡Au! Ni una broma se puede…
—Te la has ganado. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Total, que ya no pude aguantarme…
—¡Super Marta! —Fran se entusiasma visualizando la escena.
—¡Calla! —le gritan Marta y Guille.
Fran pide perdón juntando las manos.
—El caso es que cogí del brazo a uno de los tipejos y le pedí, «amablemente», que la dejaran en paz.
El tío se volvió hacía mí con ganas de iniciar pelea, pero al ver a una chica, se le bajaron los humos.
Pero claro, ahí se dieron cuenta de que yo era el blanco perfecto, atrapada detrás de la barra…
Y entonces empezaron a soltar toda una serie de chistes verdes y ordinarieces que una dama como yo no piensa repetir…
Y antes de que alguien dijera nada desafió a los tres con la mirada. Los tres hicieron gesto de cerrar una cremallera en su boca, aguantando la risa a duras penas.
—En fin, el tema es que la cosa se ponía cada vez más fea hasta que, de pronto, apareció Roy, «mi caballero de brillante armadura». Me cogió del brazo y me dijo que me cambiaba el sitio de la barra. Obvio, me negué.
—«Ni de coña», fueron las palabras exactas —puntualiza Roy.
—Sí, bueno, porque «ni de coña» tenía yo que moverme por una panda de gilipollas…
—Esa boca… —le riñe Fran.
—Entonces, el machote del grupo le dijo a Roy que se largara, que tenían asuntos pendientes con el «bombón pelirrojo».
Marta pone morritos y una pose sexy. Se ha levantado para terminar de contar la historia.
—El alcohol es lo que tiene… —bromea Fran, y ríe cómplice con Guille.
—Bueno, obviando vuestro comentario envenenado de rabiosa envidia, continúo… Como Roy no se movía del sitio, el tipo le gritó que se largara, y entonces ocurrió…
—Se me fue…
—Se le fue, pero bien…
—Sí, bueno, no llevaba una buena semana con lo de mi abuela…
—Bla, bla, bla… ¡calla, Roy!, que viene la parte divertida.
El caso es que cogió carrerilla… Yo, en ese momento, pensé que se largaba y me volví a seguir con mis cosas.
Pensaba, una de dos, o se ha hecho caquita encima y ha ido corriendo al baño —Fran y Guille empiezan a reír como locos—, o se ha pirado a su casa y me deja aquí con todo el marrón de recoger y limpiar…
Roy resopla moviendo la cabeza.
—En serio, me dije: «este se ha acojonado y se larga a su casa» —Marta también ríe—.
Pero no, el muy colgado dio la vuelta a la barra y se encaró con los tres gilipollas.
Yo estaba de espaldas a ellos, ignorándolos, cuando oigo: «¡Laaargo!
». Tan fuerte, tíos, que se oyó por encima de la música y mira que estaba alta.
Hasta el Dj que estaba a mi derecha me miró como diciendo: «¿Eso qué ha sido?
». Me giré, todo el bar estaba mirando a Roy y, el más tarugo de los tres, acercándose vacilón a Roy, se puso a menos de dos centímetros de su cara, así —Marta se pega al rostro de Roy—, y le dice: «¿Qué has dicho?
», y Roy gritó aún más fuerte: «¡Que os larguéis!
». Tenía la cara desencajada, era pura rabia.
Yo estaba flipando, aquel muchacho flacucho…
—Bueno, bueno, no tanto… —apostilla Roy.
—Flacucho, Roy, flacucho… Pues el tío ahí encarándose con tres tíos que le sacaban una cabeza.
Y entonces todo pasó en medio segundo. A Roy no se le ocurrió otra cosa que pegarle un empujón al tío —Marta escenifica con gestos la escena, para mayor regocijo de todos—.
El tío que trastabilla hacia atrás y no se cae porque sus colegas lo agarran.
Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Los tres tarugos se le tiraron encima y empezaron a darle de lo lindo.
No tuvo ni media oportunidad, este «tirillas» contra los tres cazurros del bar…
Fran, Guille y Roy, ya no pueden dejar de reír…
—Así que no me quedó otra que intervenir. He de decir que tardé un poco en reaccionar…
—Gracias —Roy le da golpecitos en la espalda a Marta.
—Pero al fin salté la barra como una flecha…
—Bueno, bueno…
—Y empecé a darles a esos imbéciles lo suyo. Los puños volaban, la gente hizo un corro y, al final, uno detrás de otro, se fueron largando al ver que el «bombón pelirrojo» sabía «un poquito» de boxeo.
Marta hace una reverencia, que es recibida con aplausos de Fran y Guille, mientras Roy no deja de negar con la cabeza.
—Cuando recogí a Roy del suelo, era un despojo de sangre y moratones. El jefe vino y me dijo que lo llevara a urgencias y ese fue el comienzo de una bonita amistad…
—No sé si bonita… —Roy se toca la cara, recordando su labio partido y los puntos y moratones que le duraron semanas.
—¡Y lo mejor es que al final hasta aprendió a poner copas!
Marta rodea a Roy con sus brazos sin parar de reír, mientras él trata de zafarse.
—¡Ay, qué bueno! ¡Me encanta! —se regocija Fran.