El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1) El funeral #3
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El funeral #3

Los cuatro amigos se dirigen en silencio al coche para ir al piso que Marta, Guille y Fran comparten.

Annabelle conduce despacio por las calles que la han visto crecer.

Todo está muy cambiado: más casas, más tráfico, más carriles…

pero los edificios a orillas del río están prácticamente iguales, como si el tiempo se hubiera detenido treinta años atrás.

¡Treinta años! ¿Cuándo había pasado tanto tiempo?

Y qué distinto era todo, qué distinta era ella…

Aparca el coche junto al río y caminando se dirige al puente que lo cruza.

No tiene nada que ver con el recuerdo que de él tenía.

El viejo puente de piedra sigue debajo, pero han levantado encima toda una estructura de hierro blanca, decorada con modernos focos en el suelo a ambos lados de la carretera que lo cruza.

Es una obra de ingeniería moderna que desentona con los edificios antiguos de esa parte de la ciudad.

Annabelle llega a la mitad del puente. El río sigue tan caudaloso como siempre: una inmensa masa de agua corriendo deprisa cinco metros bajo sus pies.

Se asoma por la barandilla, fuertes barrotes impiden la caída a cualquier despistado que pueda tropezar.

No era así en su época, cuando un bajo muro de piedra, medio derruido en muchas zonas, podía suponer un peligro para torpes o desesperados…

Annabelle observa el puente antiguo, bajo la estructura metálica. Allí, justo en la mitad, unas piedras más nuevas que las demás cubren una antigua rotura de medio metro de ancho. Annabelle vuela al pasado, un pasado tan lejano como irreal…

Es joven, apenas quince años, pero ha sufrido mucho para su corta vida, demasiado, y se ha cansado de esperar un cambio que no llega.

No consigue ver un atisbo de mejoría en el horizonte y, desde hace muchos meses, una idea se ha ido fraguando en su interior: una salida.

Como una sombra ha ido creciendo, ocultando hasta el menor rescoldo de esperanza y, solo la falta de valor, la ha hecho demorarse tanto en el tiempo. Pero aquí está. El día ha llegado.

Cruza el puente despacio; una suave brisa le revuelve el pelo, ese largo pelo rubio que le hacía sentir hermosa hace ya mucho tiempo atrás.

Annabelle llega a la mitad del puente, justo donde unas piedras de la baranda se derrumbaron hace mucho y nadie se ha molestado en reparar.

Pega la silla de ruedas al muro y, agarrándose, se baja de ella.

Se arrastra por el suelo hasta el hueco, donde quedan un par de piedras redondeadas y, con un último esfuerzo, se sienta en el borde con las piernas colgando.

Se asoma. Está alto; impresiona, más de lo que había imaginado.

Pero es solo un empujón, un pequeño empujón y todo acabará por fin.

Mira su reflejo en las profundas aguas, sus piernas parecen de trapo: inertes, delgadas, dos apéndices absurdos que la mantienen presa a su vieja silla.

De pronto, la invade una profunda tristeza; en realidad, no quiere morir.

Mira su rostro, tan joven, su hermoso rostro con esos ojos de almendra y sus labios carnosos…

Recuerda las miradas y los comentarios de la gente cuando se cruzaban con ella; su belleza no pasaba inadvertida.

Tenía tantos planes, tantos… solo le quedaban unos años para empezar a vivirlos.

Cuando cumpliera los dieciocho, cogería una mochila y se marcharía lejos.

Recorrería el mundo. Hasta sabía qué países visitaría primero, pero habría más.

Viviría una vida maravillosa e interesante, lejos de los golpes y el miedo. Y entonces ocurrió…

Su padre solía decirle: «¡Jamás irás a ninguno de esos sitios, niña estúpida!

» y, al final, tuvo que darle la razón. Annabelle no recuerda mucho de aquel día, solo la rabia incontenible de su padre y un intenso dolor en la espalda.

Las miradas de admiración por su belleza se tornaron en miradas de compasión.

: «Pobre niña en silla de ruedas…». Y Annabelle supo que jamás saldría de aquella maldita casa.

Respira hondo, ha llegado el momento. Ya no tiene sentido esperar más.

Con las manos apoyadas en el suelo, se empuja hacia delante, desplazando su cuerpo unos centímetros.

Solo un empujón más y la gravedad hará el resto.

Annabelle siente que todo su cuerpo tiembla, se seca las manos sudorosas y las aprieta bien a la piedra para no resbalar.

Está aterrada pero decidida y entonces lo oye: una voz a su espalda.

Se vuelve y ve como un chico hace gestos con la mano mientras se acerca a ella gritando: «¡Eh, eh…!»

Annabelle sonríe, puede ver el rostro del joven como si fuera ayer: su pelo castaño, su sonrisa, sus ojos negros, esos ojos negros… «El bueno de Víctor», murmura invadida de una mordaz nostalgia.

—¿Te puedo ayudar? ¿Te has caído? —El chico llega a su lado y la mira como nadie lo había hecho nunca.

Annabelle no dice nada. Sin saber por qué, le tiende la mano.

Víctor la ayuda a subir a la silla, después le pregunta si le apetece dar un paseo.

Annabelle asiente y él empieza a empujar su silla, como si llevara haciéndolo toda la vida, hablando sin parar, intuyendo que es justo lo que ella necesita.

No hubo preguntas ni explicaciones y no hablaron de lo que había estado a punto de suceder aquella mañana; jamás lo hicieron.

A esa mañana siguieron muchas y Annabelle se aferró a la vida de nuevo, ilusionada con el primer amor…

Un fuerte pitido sobresalta a Annabelle, devolviéndola a la realidad.

Es el claxon de un coche pasando a su lado.

Por unos segundos, no sabe dónde está y de manera inconsciente mira hacia abajo, temiendo encontrar de nuevo su cuerpo raquítico atrapado en aquella vieja silla.

Pero unas piernas sanas sostienen su cuerpo.

Unas piernas fuertes, hermosas, largas y proporcionadas, perfectas.

Empieza a caminar concentrada en cada paso, vanagloriándose de su armonía y elegancia y, como tantas veces, sacude la cabeza, borrando de su mente cualquier atisbo de absurda añoranza.

Cuando ha llegado al final del puente, mira atrás y se ve una vez más sentada en su vieja silla, Víctor empujando detrás; y una vez más, la invade la rotunda certeza de que todo valió la pena.