El funeral #2
El cura se retira del atril y, tras unos minutos de pausa, su lugar es ocupado por un chico de unos veinte años que, nervioso, saca un papel doblado del bolsillo de su pantalón, que empieza a leer.
A las palabras del joven, sigue un goteo imparable de personas, subiendo al altar, con mil historias de agradecimiento hacia Maya.
Algunas personas del público lloran desconsoladas.
La mayoría asiente con la cabeza las virtudes innegables de esa menuda mujer, mientras sonríen con amorosa complacencia.
Annabelle puede observar que hay mucha gente joven, filas enteras de bancos llenos de adolescentes, desde trece o catorce años hasta veintitantos y, de boca de todos aquellos desconocidos escucha, conmocionada, la historia de esa mujer que nada tiene que ver con la madre que ella conoció.
A la derecha de Annabelle, una señora se acerca a otra y le murmura:
—Ay, si su hija pudiera ver esto, estaría tan orgullosa de su madre…
—Siempre la tenía en mente.
—Sí, siempre. Mi Annabelle esto, mi Annabelle aquello… La pobre se ha muerto con la pena de no volver a verla.
—Pues sí, una pena. Con todo lo que hizo por los demás…
Annabelle no puede soportarlo más y sale apresurada, empujando sin el menor reparo a quien se encuentra a su paso. Necesita respirar. Baja los cuatro peldaños de entrada a la iglesia y se para en seco. Respira hondo y trata de recuperar la compostura.
«Te escribí mamá, que sepas que te escribí. Para decirte que estaba bien, que no tenías que preocuparte más».
Annabelle siente otra vez esa antigua presión en su pecho, la de la niña asustada que fue, y se debate una vez más entre la rabia y la insondable tristeza por su inocencia arrebatada.
«Después recordé lo mala madre que fuiste, demasiado ocupada llorando en un rincón como para preocuparte por mí…
¡No me protegiste de él, mamá! ¿Cómo pudiste hacerlo?
Nunca mandé esa carta, mamá, no la merecías…
Y ahora esto, esta especie de redención.
Te perdonaste a ti misma, ¿no es eso? Diste a otros chicos el amor y cuidado que debieron ser para mí, para tu hija…
Es obsceno. Te odio, mamá, te odio más que nunca.
No merecías esta vida como tampoco mereces esta muerte».
Las campanas de la iglesia suenan. El acto ha terminado y los asistentes empiezan a salir.
Annabelle se hace a un lado para dejar pasar a la multitud, mientras trata de recomponerse y armar de nuevo su coraza de orgullo y valentía.
A su paso, la gente comparte indicaciones sobre cómo llegar al cementerio donde Maya va a ser enterrada y los primeros coches arrancan y abandonan el aparcamiento.
Un grupo de jóvenes pasa junto a Annabelle.
Un papel cae del bolsillo de uno de ellos y Annabelle se agacha a recogerlo. Es una especie de panfleto:
«Homenaje a Maya Mecías. Viernes 20 de octubre a las 21:00h. Lugar: Asociación Annabelle. No faltes, te esperamos».
Annabelle lo dobla pensativa y se lo guarda en un bolsillo, mientras camina hacia su coche, exhausta por tantas emociones. La palabra «homenaje» resuena en su cabeza como un insulto, que alimenta el fuego que siempre le quema por dentro.
Yo merezco un homenaje, no tú. Yo escapé sola sin tu ayuda. Yo reescribí mi historia. Yo me convertí en una mujer poderosa e independiente, no tú. Yo soy más de lo que tu siquiera soñaste alcanzar.
Annabelle siente que la creciente rabia en su interior va diluyendo cualquier otra emoción y eso, como siempre, la reconforta. Recuperada, cómoda de nuevo en su coraza de frialdad, se sube a su coche con una firme decisión: «yo te daré el homenaje que realmente te mereces».
—¿Y el papel?
—¿Qué papel?
—El folleto, el papel del homenaje.
Roy se rebusca en los bolsillos de la chaqueta y el pantalón, mientras recorre el suelo con la mirada.
—¿Lo del homenaje? No te preocupes. Hay más en la asociación. —La chica pelirroja lo agarra del brazo y lo conduce hacia el coche, con esa fuerza que nunca deja de sorprenderle—. De todas formas, no creo que se te olvide, es este viernes a las nueve.
—No, claro. No se me va a olvidar. Pero quería guardarlo para mi abuela. Ya sabes, por si tuviera uno de esos momentos de lucidez…
—¿Vas a decirle que Maya ha muerto? —Se sorprende el chico de barba frondosa y gafas, mientras abre con un mando el coche al que están llegando.
—Sí, claro. Debo decírselo —afirma Roy, con firmeza.
Fran se sube al volante, asintiendo con la cabeza, y recoloca el espejo retrovisor mientras sus amigos se acomodan.
—¿Debo decírselo? —vacila Roy.
La pregunta de Fran, siempre tan sensato, le ha hecho dudar.
—No —Guille, sentado a su lado, responde con rotundidad.
Roy lo observa, peinándose con la mano. Resulta insultantemente atractivo hasta en un funeral.
—¡A ver, señora! ¡No ve que por ahí no coge!
Fran pierde los papeles al volante. La señora se gira para decirle algo, pero al ver su aspecto de hombre tosco y fornido recula; la ventaja de aparentar veinte años más de los que se tienen. Marta pone una mano sobre su rodilla.
—Calma… Estamos en un funeral.
—Tienes razón, perdón… Y Roy, pensándolo bien, creo que sí, debes decírselo.
—No estoy de acuerdo —interviene Guille—. ¿Decirle a tu abuela senil, en uno de sus pocos momentos de lucidez, que su mejor amiga ha muerto? Me parece una idea nefasta.
Todos guardan silencio unos minutos, pensando en ello. Fran consigue, al fin, salir del aparcamiento e incorporarse a la carretera, donde la fila de coches emprende el camino al cementerio.
—Pero… ¿no debería saberlo? Tiene derecho —opina Marta, mientras se retoca el pintalabios en el espejo del parasol.
El rojo del carmín hace juego con su media melena y con las pecas que juguetean en su nariz—.
Además, le haría tan feliz saber el homenaje que se ha preparado y toda la gente que ha venido al funeral, saber que tanta gente la quería…
—Ya sabe que mucha gente la quiere… —Guille sigue firme en su opinión.
—Eso es cierto, Guille.
—Gracias, Fran.
—Pero…
—Pero ¿qué, Fran? —pregunta Guille mientras resopla, esperando el argumento que, con su habitual cordura, desmontará todos los demás.
—Pero una cosa es saber que mucha gente la quería y otra es ver esto —señala la fila de coches camino al cementerio.
—¿La peor de las noticias a cambio de saber que tuvo un gran reconocimiento? No lo veo. Yo creo, Roy, que podrías ahorrarle ese sufrimiento.
—Bueno, es ley de vida…
Roy, cabizbajo, piensa en los últimos dos años de su abuela.
Gira la cara y mira por la ventanilla. No quiere que sus amigos vean el pánico que le carcome por otro funeral que sabe que algún día llegará.
«¿No tiene derecho su abuela a despedirse de su mejor amiga?
¿Quién es él para negárselo?» Roy siente que, ocultárselo, es dar por hecho que su fin está cerca.
Marta, que siente el agobio de Roy con solo mirarlo, se gira en su asiento con decisión y coge su mano.
—Bueno, tú conoces a tu abuela mejor que nadie. La decisión que tomes será la correcta.
—Por supuesto —aclara Guille.
—Exacto —concluye Fran, mientras para el motor del coche, que ya está aparcado a las puertas del cementerio.
—Gracias, chicos.
Los cuatro amigos salen del coche y caminan despacio hacia las puertas del cementerio, abiertas de par en par, para recibir a la comitiva.
No hace falta preguntar por el lugar donde Maya será enterrada, basta con seguir a la multitud.
Algunas personas que se encuentran limpiando la tumba de un ser querido los miran sorprendidos, preguntándose si habrá fallecido algún personaje famoso.
Al fin, llegan al lugar. Un humilde nicho en la pared está ya dispuesto para recoger los restos de Maya.
Marta siente una punzada de decepción; aquella pequeña mujer que había dedicado su vida a ayudar a los demás, se merecía algo mejor.
Siguiendo las indicaciones del sepulturero, cuatro chicos de la asociación suben el ataúd y lo introducen en el nicho.
Se guarda un silencio asfixiante mientras el sepulturero hace su trabajo.
Marta siente un escalofrío que la recorre entera, todo le resulta dolorosamente familiar: el sonido de sollozos ahogados, la espátula del sepulturero preparando la argamasa, el canto de algún pájaro despistado, el olor insolente de los cipreses…
Solo tiene dieciocho años y es el segundo entierro al que acude en su vida, del anterior no hace ni tres años.
Roy, a su lado, observa todo con atención, preparándose mentalmente para cuando él tenga el dudoso honor de tener un papel protagonista en una fiesta similar.
Mientras Fran, juguetea nervioso con las llaves del coche, deseando abandonar un escenario tan tétrico, a pesar de los coloridos maceteros que les rodean, los cantos de los estorninos y la agradable brisa otoñal.
Guille, sin proponérselo, abandonó el drama hace ya un buen rato. El cementerio está lleno de esas jóvenes a las que Maya tanto ayudó y no tiene que esforzarse demasiado para arrancar un rubor aquí, una sonrisa insinuante allá.
El sepulturero pide ayuda a unos chicos para levantar la lápida.
Con la destreza de una labor mil veces realizada, asegura la lápida a una pared de ladrillo delante del nicho.
En la lápida, el nombre de Maya y una pequeña foto suya.
Debajo, las fechas de nacimiento y defunción.
Arriba, una frase que emociona a todos al leerla:
«No muere quien se va, solo muere quien se olvida. Tu legado siempre quedará».
Alguien lee la frase en voz alta y Marta ya no puede contener las lágrimas, que recorren silenciosas sus mejillas.
—Chicos, ¿nos vamos? —Marta empieza a sentir la abrumadora necesidad de salir de allí—. Roy, ¿comes en casa?
Roy asiente, él siente la misma urgencia. Fran casi corre; por fin, el desagradable trámite ha terminado. Guille cierra la comitiva. Camina con esa gracia tan suya y se vuelve un par de veces mientras se atusa el pelo, sabiendo que algunos de los suspiros no son por Maya sino por él.