El funeral
El funeral
—Una semana antes—
La iglesia es pequeña. Tiene aspecto de no haber cambiado mucho en estos treinta años, pero es solo una suposición; Annabelle no lo recuerda.
Su madre, profundamente religiosa, rezaba mucho, sobre todo entre paliza y paliza, pero no es que visitara mucho el templo, al menos no con ella.
Ahora se le ocurre que tal vez lo hiciera a solas, mientras ella estaba en el colegio.
Casi puede verla sentada en el último banco, de rodillas rezando, suplicando por un milagro que solo llegaría muchos años después y no de la mano de este Dios.
A Annabelle le cuesta encontrar aparcamiento, la iglesia está sorprendentemente concurrida.
Al fin lo logra y camina despacio hacia las grandes puertas de madera.
Un par de personas llegan antes que ella y las abren, cediéndole el paso.
Cuando las atraviesa y sus ojos se acomodan a la luz interior, Annabelle no puede creer lo que ve.
Al recibir la noticia de la muerte de su madre, esperaba encontrarse con una iglesia vacía.
Se había visualizado a sí misma como la única asistente al entierro de una señora mayor que nadie conocía, una vieja miserable que había pasado su vida sola, rumiando la pena por su desgraciada vida, amargada en aquel piso oscuro y deprimente que jamás llegó a ser un hogar. La iglesia no está precisamente vacía…
Annabelle recorre con la mirada la gran nave del templo, preguntándose si acaso esté soñando y aún no haya despertado.
Los bancos están llenos y por todas partes hay gente de pie: en los pasillos que quedan a cada lado de las cuatro hileras de asientos, en todo el espacio por detrás de estos hasta las puertas, incluso más allá de estas, junto a la entrada de la iglesia y en los escalones y rampas de acceso.
Dos muchachos dejan las puertas abiertas y las sujetan con unos ganchos de hierro a la pared, para que todo aquel que no pueda acceder al templo, al menos, pueda escuchar las palabras de despedida a la difunta.
En un momento de lucidez, Annabelle comprende que simplemente se ha equivocado y respira aliviada.
Debió confundir la iglesia, el día o la hora.
Es obvio que ese no es el funeral dedicado a su madre.
Se da la vuelta, dispuesta a abandonar la iglesia, mientras maldice en voz baja por la cantidad de gente que ahora se ve obligada a atravesar.
Mientras se abre paso hacia la salida, el cura hace acto de presencia, indica a la multitud que se sienten y guarden silencio y empieza a hablar.
Annabelle, al fin alcanza la salida, empuja sin miramientos a unos chavales, que le dirigen miradas de desaprobación y, cuando su pie roza el primer escalón, escucha a su espalda las palabras del cura:
—Hermanos y hermanas, estamos aquí reunidos para honrar la vida de nuestra querida hermana, Maya Mecías.
Annabelle para en seco, pierde el equilibrio y se agarra al pasamanos.
Un señor se acerca y le pregunta si se encuentra bien; el rostro pálido y las manos temblorosas de Annabelle le han hecho acercarse con preocupación.
Annabelle le indica que se aleje con la mano; el hombre se retira encogiéndose de hombros.
Annabelle respira hondo un par de veces, se da la vuelta, y vuelve a dirigirse hacia el interior de la iglesia, empujando a los mismos chicos que le impedían la salida hacía solo unos segundos.
Annabelle aparta a la gente sin el menor cuidado y consigue llegar hasta una pared lateral.
Se apoya consternada, dispuesta a escuchar las palabras dirigidas a su difunta madre, con la extraña sensación de ser un espectador que se ha colado en un evento al que no ha sido invitado.
—Todos los presentes conocíais a Maya Mecías, la generosa y, a veces terca, todo sea dicho… —Una risotada general recorre la sala—. Directora de la Asociación Annabelle…
Annabelle siente una nausea subir por su esófago, como un volcán a punto de entrar en erupción.
No puede creerlo, debe ser algún chiste de muy mal gusto que no acaba de pillar.
«¿En serio? ¿Le has puesto mi nombre a una asociación, mamá?
¿Así se curan diecisiete años de infancia perdida y sueños robados? »
El cura, ajeno al tsunami de emociones que sus palabras han provocado, continúa:
—… pero muy pocos conocen lo dura que fue su vida antes de fundar la asociación.
Maya Mecías, nacida en una humilde familia del vecino pueblo de Galdaya, contrajo matrimonio muy joven, demasiado, al quedarse embarazada, con tan solo diecisiete años, de un hombre diez años mayor que ella.
Cuando nació el bebé, una preciosa niña, se trasladaron aquí, a Gaikora.
Pero sin estudios, trabajo, ni el apoyo de su familia, Maya tuvo que enfrentarse sola a los problemas de alcoholismo de su marido.
—Enfrentarse dice… —murmura Annabelle escéptica.
La señora a su lado le lanza una mirada inquisidora, pero Annabelle se la devuelve, con tal intensidad, que la mujer voltea la cara de inmediato, e incluso se separa todo lo que puede de ella.
El cura mientras continúa:
—…todo esto le llevó a convertirse en un maltratador.
Perdonadme por la dureza de mis palabras, pero es la realidad.
Un maltratador que pagaba todas sus frustraciones, primero con Maya y después con su pequeña hija, Annabelle.
Para el que no lo sepa, la Asociación lleva el nombre de la hija de Maya, desaparecida cuando tenía diecisiete años, huyendo, probablemente, de las palizas que su padre le propinaba.
Un escalofrío recorre el cuerpo de Annabelle.
Por el rabillo del ojo, mira a su alrededor, temiendo por un momento ser reconocida.
Después sacude la cabeza, con una sonrisa pícara en el rostro.
Se ha guardado muy bien de proteger su anonimato y el temor es del todo infundado.
Aleja esos pensamientos inoportunos de su mente y vuelve a poner su atención en la narración del clérigo.
—…con la desaparición de su hija, el marido de Maya la abandonó y Maya se quedó sola y hundida en una fuerte depresión.
Annabelle traga saliva y un conato de culpa roza su corazón. De inmediato, se recuerda a sí misma la infancia que tuvo, la que ningún niño debería tener, y aplasta cualquier atisbo de cargo de conciencia, como a una cucaracha entrometida.
—Pero los caminos de nuestro Señor Todopoderoso son misteriosos y, aunque Maya no lo supiera, tenía un gran plan para ella, como lo tiene para cada uno de nosotros. Una noche, Dios se le apareció en sueños y le habló, trayendo al fin la calma a su corazón y mostrándole el camino a seguir.
Los presentes, a duras penas pueden contener las lágrimas, emocionados por las palabras del cura. Annabelle, a duras penas puede contener la risa.
—Que Dios se le apareció dice… —murmura con desprecio.
—…tenía una misión, un propósito, y no era otro que brindar a los demás la ayuda que ella nunca llegó a recibir.
Adicciones, pobreza, abandono, el diablo en todas sus formas se nos representa en este mundo, pero Maya fue una increíble guerrera de Dios y todos los que estáis hoy aquí sois fruto de su entrega y pasión.
Una tentativa de aplauso se escucha en un extremo del templo, pero acaba antes de empezar, al comprender sus promotores que aún no es el momento.
El cura coge un vaso que tiene a su lado, bebe un trago y carraspea antes de continuar:
—Maya siempre decía que Dios tenía la apariencia del Señor Miyagi.
¡Y quién soy yo para contradecirla! —Una nueva risa generalizada inunda el templo—.
Bueno, el resto de la historia ya la conocéis.
Desde entonces Maya se dedicó en cuerpo y alma a ayudar a familias desestructuradas.
Sus puertas estaban abiertas a cualquiera que lo necesitara.
Dedicó todo su tiempo, dinero y energía a fundar la asociación. Empezó en una cochera alquilada…
Annabelle soporta la historia de cómo la asociación que lleva su nombre fue creciendo más y más con la ayuda de toda la comunidad.
Su coraza de sarcasmo empieza a desquebrajarse y cada nueva obra social que escucha le va pesando en el pecho sin remedio.
Clases extraescolares que ella nunca disfrutó, ocio y amistades que se le negaron, incluso un comedor con comida caliente diaria, cuyo olor casero nunca impregnó su casa.
Todo en el lugar que su madre fundó le recuerda cada cosa que ella no tuvo.
Por fin, el cura vuelve a guardar silencio y, esta vez sí, el conato de aplauso fructifica, resonando en los altos techos de la nave. Aguarda unos minutos, aprovechando para descansar la garganta y, cuando los últimos aplausos y murmullos se apagan, continúa:
—Bien, sé que eráis muchos los que queríais decir unas palabras, pero me temo que no disponemos de tanto tiempo.
Por ello, se ha preparado un homenaje, este próximo viernes a las nueve, en la que fuera su casa, la Asociación Annabelle.
Allí podréis escuchar historias increíbles de superación y éxito, y conocer un poco más todas las cosas que hace la asociación por nuestra comunidad.
Cedo ya la palabra a algunas personas para las que era muy importante hablar hoy aquí, para Maya.