El vuelo de un colibrí (Ikigai, el País de los Sueños 1)
© inepub.com
PRÓLOGORoy
PRÓLOG O
Roy
Me recorre un escalofrío. Miro mis pies descalzos sobre el suelo de terrazo.
Las losetas de formas geométricas que pasaron de moda como hace cien años me resultan familiares, pero no alcanzo a recordar de qué.
Descubro que estoy en pijama, eso me incomoda bastante; no sé dónde estoy, pero desde luego no en casa.
Levanto la vista, está oscuro, un largo pasillo ante mí.
Cada dos metros una lucecita quitamiedos hace la estancia menos lúgubre.
Un friso de madera —tan pasado de moda como las losetas— cubre las paredes y unos apliques de cobre con forma de loto, junto a unos cuadros de paisajes monótonos, conforman la obsoleta decoración del lugar.
Ya he estado aquí. Las puertas de madera oscura con sus manillas doradas me dan la pista que me faltaba para ubicarme: es la Residencia Vista Alegre, la residencia donde está ingresada mi abuela.
¿Qué hago aquí? Debo estar soñando, pero es todo tan real: el olor a naftalina, el suelo frío en las plantas de mis pies…
Una puerta se abre y la luz de una habitación se cuela, iluminando el final del pasillo.
Sin pensarlo, camino hacia la puerta, aunque cada fibra de mi cuerpo me grita que me detenga.
Como un ratón directo a su trampa sigo, a pesar del oscuro presentimiento que empieza a apoderarse de mí.
Conforme me acerco me llegan sonidos de la habitación que no sé identificar, parecen gemidos; sí, son gemidos.
Recorro los últimos dos pasos con la boca seca y el corazón latiendo desenfrenado, pero cuando me asomo al vano de la puerta, siento que se me para de golpe.
En la habitación, una lamparita de mesa ilumina una cama, sobre ella el bulto de lo que es, sin lugar a duda, una persona y, cubriéndolo todo —colchón, manta y persona —, arañas, cientos de diminutas arañas negras campando a sus anchas, dejando apenas libre lo que parece ser una cabeza de pelo canoso.
Se mueven rápidas, unas encima de otras, arremolinándose, buscando donde quedarse quietas, balanceándose un rato sobre sus patas peludas hasta detener el movimiento, mirándolo todo con sus miles de ojos, observándome.
El horror me paraliza. Pienso en acercarme a la cama, pero mis pies no responden; el terror que siento hacia las arañas es más grande.
Estoy temblando. Me odio por este miedo irracional pero no puedo evitarlo, apenas puedo pensar.
El bulto empieza a temblar. Sus gemidos —los que oía desde el pasillo—, se hacen más y más intensos, y los temblores pasan a ser convulsiones que mueven toda la cama. Un gran gemido y llega la quietud: todo ha terminado. Temo lo peor: he presenciado la muerte de alguien y no he hecho nada.
Entonces lo veo. En la mesita de noche, junto a la lamparita, un portarretratos me resulta dolorosamente familiar y mi pavor por las arañas da paso a un miedo mucho más visceral.
Empiezo a sudar. «No, no, no», me digo en un frenesí de incredulidad.
En la foto, un joven de pelo negro y piel blanca sonríe junto a una señora bajita de pelo canoso: mi abuela.
Un ruido me saca de mi parálisis: hay alguien a mi espalda, por fin la ayuda.
Giro la cabeza únicamente para ver una sombra que se aleja por el pasillo.
Voy a gritarle, pero algo en mi hombro seca mi garganta en medio segundo.
Por el rabillo del ojo puedo verla: negra, pequeña, peluda, ya sé lo que es, pero temo que mi vista me lo confirme.
No quiero mirar, pero no puedo no hacerlo, así que vuelvo la cara despacio.
Antes siquiera de terminar de girar el cuello, una mancha negra salta hacia mi rostro y el nudo de mi garganta se deshace al fin profiriendo un grito desgarrador.
La oscuridad me envuelve; por unos segundos no sé dónde estoy.
Confuso miro a mi alrededor. El corazón me late tan fuerte que casi lo escucho en el silencio de la noche.
Me incorporo, descubro que estoy en mi cama y respiro aliviado, aun así, tanteo con frenesí la pared buscando el interruptor de la luz.
En cuanto mis ojos se acomodan, escaneo como loco mis brazos y mis hombros buscándola y, solo cuando estoy totalmente seguro de que no está, empiezo a calmarme.
Con la mirada perdida, palpo en la mesita buscando el móvil.
Lo cojo: las seis de la mañana. Me dejo caer en la cama resoplando, «joder, menudo sueño».
Sé que ni de broma me voy a volver a dormir, una sensación horrible me invade, ha sido tan real…
«Síndrome postraumático de un trauma soñado», bromeo conmigo mismo, pero me levanto.
No hay nada que hacer, ni siquiera quiero intentar volver a dormir.
Salgo al pasillo, voy al baño y me lavo la cara.
Me miro al espejo, estoy aún más pálido de lo normal, si eso es posible; el pelo alborotado, «pelo de jabalí», dice siempre mi abuela…
Me invade una sensación desagradable, voy a la cocina y me dispongo a hacerme un café cuando suena el móvil.
La palabra presentimiento se queda corta al ver la pantalla: «Residencia Vista Alegre».
Lo cojo: «¿Roy Vituana? Perdone las horas, le llamo de la Residencia Vista Alegre.
Debo comunicarle que su abuela ha fallecido hace una hora. Lo siento mucho».
Conduzco despacio. No soy consciente de cómo he llegado a la carretera.
Como un autómata recorro, por última vez, el camino tantas veces transitado en los últimos dos años.
Una sensación de irrealidad me rodea. Apenas está amaneciendo y los coches aún llevan las luces encendidas.
Las farolas alumbran las calles; en un momento dado, se apagan todas de golpe, anunciando la llegada del día.
Me estremezco. El sol aún no ha terminado de salir y el mundo se vuelve gris ante mis ojos, contagiado de mi tristeza.
Había imaginado muchas veces este día, a sabiendas de que llegaría pronto, pero no me siento preparado, aún no.
Observo a la gente saliendo de sus casas, subiendo a sus coches.
Caminan serios, unos medio dormidos, otros ya estresados, para ellos solo es otro día más de trabajo.
Los envidio. El sonido de un claxon me sobresalta; el semáforo está verde y no me muevo.
Al fin, arranco. Veo por el espejo retrovisor al conductor de detrás maldiciendo, se aleja girando a la derecha haciendo aspavientos.
Yo sigo recto. Salgo del pueblo y el trasiego de coches disminuye.
Me queda un largo camino, una hora hasta la residencia, una hora para transitar un dolor que aún no sé cómo afrontar.
Es la primera vez en mi vida que realmente me siento huérfano, aunque lo sea desde hace trece años.
«Huérfano de padre y madre», he escuchado mil veces esas palabras, pero solo ahora cobran auténtico significado.
«¿De verdad estás muerta?, abuela». Aún no puedo creerlo y me aferro a ratos a fantasías absurdas…
«Se habrán equivocado. Seguro que cuando llegue me pedirán mil disculpas por el tremendo error.
Yo me haré el ofendido y, a sus espaldas, reiré divertido, mientras le digo a mis amigos que aún no desempolven la ropa negra».
Una risa amarga se me escapa. En el fondo sé que un error así es bastante improbable y que cuando este trayecto en coche termine, el Roy que haga el camino de vuelta no será el mismo.
Mi abuela ha sido todo para mí. Cubrió todos los vacíos con tanto amor que nunca los sentí.
Hace tres años llegó el diagnóstico: alzhéimer.
Pronósticos y esperanzas de vida fallaron, la enfermedad evolucionó tan salvajemente rápido que al año tuvimos que ingresarla en una residencia.
«¿Cómo es posible?», les gritaba a los médicos.
Desde entonces he estado preparándome mentalmente para este día, pero ahora me doy cuenta de que no ha servido de nada.
Tengo dieciocho años y aún necesito a mi abuela.
«¡Joder!», grito desde mi asfixiante soledad mientras doy un puñetazo al volante.
Aparto la mano, que me arde por el golpe, pero agradezco el dolor que me distrae de la realidad.
Como un recordatorio de que no estoy solo en el mundo, el móvil en el asiento vuelve a sonar.
Es Marta llamando otra vez, ya es la tercera.
Sonrío un segundo, pero la tristeza traicionera vuelve enseguida, decidida a no darme ni una pequeña tregua.
El móvil me distrae de nuevo: es un wasap de Marta, un audio, pulso para escucharlo:
«Roy, ya he salido del piso, voy con Fran a buscar el coche de su hermano. Pasamos a por Guille y vamos a por ti, ¿vale? Espéranos, ¿eh?, no se te ocurra ir solo. No tardamos nada, quince minutos como mucho y estamos en tu casa. Venga, ahora nos vemos, te queremos mucho».
«Tarde», pienso. Cojo el móvil para contestar, pero no me sale la voz. Freno y me aparto un momento al arcén para escribir:
«Ya voy de camino. Gracias. Cuando vuelva os aviso. Yo también os quiero».
Me incorporo de nuevo a la carretera y continúo mi camino en silencio. Los wasaps y las llamadas paran y lo agradezco, como agradezco que la residencia esté a una hora de camino. Necesito ese tiempo para pensar y digerir. Ya no puedo postergar más el asimilar que no veré nunca más a mi abuela.