29. Abu Dhar. La taqiyya y la ejecución del atentado
Abu Dhar. La taqiyya y la ejecución del atentado
Alberto Marsani volvió a establecerse en Londres.
Era más que nunca Abu Dhar —«tú eres el que anda solo, morirá solo y será resucitado solo»— el muyahidín, el guerrero de Allah adscrito a la organización Al-iman al-haqiqi al-khilafah, «la verdadera fe del califato».
Debía cumplir la fetua yihad que condenaba a muerte a Paul Kloster. Este era su destino y no podía fallar.
Para conseguirlo necesitaba proyectar la imagen que todos esperaban de él en el mundo de los kuffar , los infieles; practicar a conciencia y sin ningún desliz el disimulo, la taqiyya , ese concepto islámico que consiste en ocultar la fe religiosa con las palabras y los comportamientos por un bien mayor.
Mientras tanto, y en absoluto secreto, recababa información sobre Solar Alternative.
En este proceso fue cuando visionó el deepfake de Paul Kloster quemando el Corán y blasfemando contra la fe verdadera .
No era más que un enemigo que quería acabar con el petróleo y con ello quitar la mejor arma en la guerra santa definitiva, la que conduciría a la restauración del Califato universal.
Concluyó que se trataba de un kuffar , infiel, muy arrogante. Un hombre que se había permitido insultar públicamente a la religión verdadera, a su profeta Muhammad —la paz sea con él— y a Alá —Él es uno y no tiene pareja—. Este infiel debía morir.
Enseguida buscó establecer contacto con el departamento de Recursos Humanos de Solar Alternative, ofreciéndose como candidato a un puesto de trabajo acorde con su preparación y sus capacidades.
Lo hizo en buen momento. La empresa estaba en un proceso de captación de numerosos profesionales en distintos ámbitos, pues debía hacer frente a un intenso crecimiento.
No tardó mucho en incorporarse a Solar Alternative, para ocupar una posición operativa muy cercana al director ejecutivo de la nueva corporación internacional, el español Eduardo Ameijide, también recientemente contratado.
Con este paso, Abu Dhar, apenas tres meses después de establecerse en Londres, abandonó la capital británica para instalarse en Darmstadt. La ciudad alemana era una simple base temporal, a la espera de ser asignado a un destino en cualquier otro país.
En las conversaciones con su enlace, Abu Dhar supo que podía contar con tres hermanos para su plan.
Dos de ellos habían recibido entrenamiento adecuado en un mujayyam afgano.
El primero vivía en Bruselas y trabajaba como programador informático.
Tenía nacionalidad belga. Era de origen takiyo y eslavo.
El segundo, residente en Hamburgo y con pasaporte germano, era hijo de un matrimonio mixto, de padre alemán y madre argelina.
Su perfil resultaba muy indicado, ya que era ingeniero electrónico y trabajaba en una empresa dedicada a la instalación de placas solares.
El tercero era menos adecuado. No por su aspecto —pelo castaño, ojos marrones claros y piel blanca—, sino por su escasa formación y origen.
Era bosnio. Conocida es la reserva con la que los verdaderos creyentes miran a los musulmanes de esta nacionalidad.
Se los considera poco fiables. Escuchan música, beben alcohol con fruición, fuman como posesos y sus mujeres no llevan velo.
La única ventaja era que el candidato trabajaba como informático de bajo nivel y, sobre todo, que tenía pasaporte francés, ya que estaba casado con una mujer de esta nacionalidad.
Alberto Marsani fue ascendido en Solar Alternative al poco tiempo de su ingreso en la empresa, y le pusieron al frente de un equipo que se estaba formando para un nuevo proyecto aún sin precisar, que iba a ser la transformación del parque solar de la isla de Hokkaido.
Por ello consiguió contratar y situar bajo su responsabilidad directa a los tres yihadistas de su red.
Con los dos primeros candidatos resultó muy sencillo, y con el tercero tuvo que utilizar toda su habilidad para lograrlo. Se estaba cerrando el círculo.
En su trato con las autoridades japonesas, Alberto Marsani era muy operativo.
Conseguía sin grandes esfuerzos la colaboración de todos sus interlocutores nipones.
Gracias a estas inmejorables relaciones no tuvo ningún problema en las aduanas con los materiales.
Tampoco encontró resistencias administrativas para la obtención de visados de entrada, permisos de trabajo o de residencia del personal extranjero desplazado al país.
Además, consiguió una colaboración muy fluida en materia de seguridad.
Esta vía libre para franquear los habitualmente muy estrictos controles aduaneros de la cuarta potencia económica del mundo facilitó enormemente el camino de su célula.
Los tres yihadistas que iban a acompañarle en su objetivo de atentar contra Solar Alternative y su líder no encontraron ningún obstáculo para entrar en territorio japonés con un visado de larga duración.
No solo pudieron acceder al país sin obstáculos, sino que consiguieron introducir los materiales necesarios para ejecutar su plan.
Dada la responsabilidad creciente que fue adquiriendo Alberto Marsani, no les resultó difícil camuflar los componentes mortales dentro de los múltiples contenedores que Solar Alternative transportó por vía aérea y marítima al archipiélago.
De esta manera tan sencilla, Abu Dhar y sus tres cómplices consiguieron los explosivos, temporizadores y otros artilugios letales que precisaban para ejecutar su acción.
No se trataba solo de introducir Semtex, un material explosivo plástico muy usado para las obras civiles y casi indetectable en los sistemas clásicos de control.
También importaron los compuestos químicos básicos —carbono, hidrógeno, oxígeno, fósforo y flúor del fluoruro sódico— para fabricar gas sarín, un agente nervioso letal.
El férreo control que Alberto Marsani tenía y ejercía sobre las instalaciones, los equipos y el personal involucrado en la construcción de la central facilitó que dispusiesen de un espacio secreto e inaccesible reservado para la célula terrorista.
Y fue ahí, fuera de horas, donde se reunían para ir componiendo las piezas letales necesarias para su acción.
Fue un proceso lento y metódico. Salvo en el caso del gas sarín, que solo sabía componer el líder, dos de los integrantes de la célula estaban perfectamente capacitados para montar los demás compuestos necesarios, así como los explosivos y detonadores.
El cuarto, el bosnio, era técnicamente un inepto.
Su única ventaja consistía en su absoluta subordinación mental a Abu Dhar y en la docilidad con la que aceptaba sus órdenes.
Estas discretas reuniones del grupo, llevadas a cabo en la cámara secreta de la central que ocupaban, nunca despertaron la curiosidad de los miembros de Solar Alternative desplazados a la isla de Hokkaido, ni del personal encargado de la seguridad de las instalaciones.
En ellas no solo se dedicaban a construir sus artefactos letales, sino a planificar la acción y a insuflarse ánimos a través de la oración.
Abu Dhar aprovechaba los encuentros para solidificar los lazos entre los integrantes de la célula y fortalecer su liderazgo.
En una reunión, el checheno les mostró un bote de plástico de color blanco y tapa de rosca. Lo abrió y dejó caer sobre la palma de su mano unas pastillas redondas con un logo de dos medias lunas entrelazadas.
—Abu Hilalain, es decir, el Padre de las Dos Lunas —exclamó el bosnio con una gran sonrisa cuando las vio.
Abu Dharr frunció el ceño y le dirigió una mirada severa de reprobación. Eran armas, no drogas de diversión.
—Tomaremos dos de ellas noventa minutos antes de la hora fijada. Nos ayudarán en nuestro istishhad («martirio»).
Todos se quedaron mirando en silencio las pastillas de captagón, la llamada «droga de los yihadistas», que el líder de la célula les mostraba.
Esta anfetamina sintética provoca una sensación de aumento de la energía, de la concentración y de disminución del miedo.
El psicoestimulante era, por todo ello, un arma necesaria para el grupo en el momento de la ejecución de los atentados.
El plan resultaba relativamente sencillo.
El líder y los dos miembros más preparados, cuya posición jerárquica en el equipo de Solar Alternative lo justificaba, se situarían el día de la inauguración en posiciones estratégicas para infligir el mayor daño a los asistentes en la ceremonia.
Llevarían en su cuerpo cinturones con Semtex y metralla.
Además, tratarían de situar explosivos, con piezas de metal a modo de metralla, en distintos lugares estratégicos.
En este último caso, el problema para accionarlos de forma remota residía en los inhibidores de frecuencia de los servicios de seguridad del Gobierno japonés.
El papel del bosnio era distinto. El cuarto miembro de la célula no podría estar entre el personal de Solar Alternative con funciones operativas en la inauguración de la central.
El trabajo que desempeñaba en las instalaciones no podía justificar su presencia en el acto que se iba a celebrar.
Por ello Abu Dhar pensó que su papel tendría que ser distinto.
Le encomendó una misión diferente. Se desplazaría a Tokio y se inmolaría entre la multitud, después de provocar explosiones de gas sarín en algún lugar cerrado y muy concurrido.
Debería hacerlo pocos minutos después del atentado en la central solar.
Se trataba de colapsar el archipiélago con dos acciones simultáneas.
Por un lado, se buscaba eliminar a Paul Kloster y hacer el mayor daño posible entre las autoridades niponas y el resto de los invitados presentes en el acto; por otro, aterrorizar en paralelo a la población de Tokio.
Para asegurarse de que no fallaría y garantizar la máxima eficacia de su acción, Abu Dhar y el bosnio se desplazaron en dos ocasiones a la capital.
Reconocieron el terreno y establecieron los objetivos.
Estudiaron la estación de trenes de JR Shinjuku, la más concurrida del mundo.
También la zona este del barrio, la de Kabukicho.
Ahí, en el barrio rojo, territorio comercial de la yakuza, la mafia japonesa, con sus calles estrechas abigarradas de luces de neón en las puertas de los prostíbulos y bares de striptease, era fácil pasar desapercibido entre los turistas y los clientes.
Estudiaron detenidamente las callejuelas, los locales del barrio rojo.
También las vías de acceso a Kabuchiko desde la estación del metro JR Shinjuku y sus túneles.
Se proveyeron de dos tarjetas Suica de la Japan Railways para acceder al transporte público y las cargaron por encima de lo que iba a necesitar el bosnio el día de los atentados.
En la primera de las dos visitas a Tokio, Abu Dhar fijó el itinerario que debería seguir su pupilo.
Estableció la salida de metro en cuya galería tendría que depositar el gas nervioso, protegiéndose con una máscara, y le marcó las calles que luego necesitaría tomar hasta llegar al barrio rojo.
Una vez allí, debía situarse ante los locales más concurridos y lanzar granadas de fragmentación hacia el interior.
Además, escogió con él un par de sitios para en el último momento determinar dónde se inmolaría detonando su cinturón explosivo en medio de una multitud que a buen seguro estaría huyendo despavorida.
Su pupilo tomó buena nota e introdujo todas las coordenadas en su teléfono móvil para seguirlas.
Después de este primer viaje, ya en la isla de Hokkaido, el líder repasó el plan en varias ocasiones con él.
Luego volvieron a Tokio una última vez para certificar que el bosnio tenía la lección bien aprendida.
Le hizo repetir los distintos itinerarios hasta que consideró que los tenía interiorizados.
Abu Dhar se quedó tranquilo. El bosnio estaba preparado para el tercer viaje a Tokio.
Sería ya en solitario, solo de ida, sin retorno.
Alberto Marsani participó en todas las reuniones de coordinación relacionadas con la seguridad de la solemne inauguración de la primera planta solar.
Tuvo toda la información previa de las personalidades que asistirían, entre ellas dos ministros y dos viceministros, y de todos los pormenores relacionados con la protección de las autoridades.
Incluso consiguió convencer a sus interlocutores, no sin enorme esfuerzo y grandes dosis de paciencia, de la necesidad de desactivar puntualmente los inhibidores de frecuencia.
Argumentó que podrían afectar al normal funcionamiento de algunos equipos de la nueva planta en el momento de su puesta en marcha.
No fue fácil, pero utilizó sus conocimientos técnicos y su ascendiente para confundir a los responsables nipones de seguridad.
Cuatro días antes de la fecha señalada, Abu Dhar celebró la última reunión con los integrantes de la célula para coordinar su acción.
El bosnio iría hasta la capital en un coche con conductor, de la compañía que prestaba estos servicios a Solar Alternative.
Consideraron que era la forma más segura para desplazarse con su siniestro equipaje.
De esta forma evitarían el avión o el tren y los controles de seguridad.
El recorrido era largo, cerca de 1.300 kilómetros, y le llevaría un par de días.
Llegaría a la ciudad la noche anterior. «Las dos pastillas las tomarás a la hora indicada, no antes», le dijo con seriedad Abu Dhar.
Se alojaría en un hotel céntrico e impersonal, muy próximo al lugar donde debía actuar.
Saldría de su habitación justo para proceder, después de recibir una llamada de confirmación por parte del terrorista belga de origen takiyo y eslavo.
En las instalaciones de la central solar, la célula consiguió distribuir hasta 250 kilos de explosivos y otros tantos de metralla, repartidos en ocho posiciones distintas del centro del parque solar, estratégicamente situadas para hacer el mayor daño posible.
Estos artefactos los activarían en su momento y por control remoto los dos integrantes de la célula que estarían con Abu Dhar.
Cuando llegó el día de los atentados, todo estaba preparado.
El bosnio en la habitación de su hotel esperaba la llamada para iniciar su itinerario mortal.
Los tres terroristas presentes en la central esperaban, provisto cada uno de ellos con sus cinturones explosivos que contenían tres kilos de Semtex y cuatro de metralla en forma de pequeños fragmentos metálicos.
La ropa utilizada para protegerse de la temperatura invernal les permitió disimular sin problemas las cargas explosivas.