Epílogo
Con pocos minutos de diferencia, aparcaron junto al muelle del puertecito de la Camarga tres SUV, de los cuales se apearon tres hombres de mediana edad, cuyo buen aspecto habría burlado los años de no ser por las canas que comenzaban a brillar plateadas en su cabello.
Uno de ellos caminaba con una leve cojera.
Se acercaron los unos a los otros sin decir palabra, con una sonrisa en los labios y alguna lágrima en los ojos. Se fundieron en un abrazo. Puede que hubiera sollozos en esas caras pegadas las unas a las otras, en silencio.
En medio del caos que se desató en la planta solar de Sapporo cuando estallaron las diversas cargas de explosivos y metralla, Kloster había sobrevivido, aunque tenía gravísimas heridas.
Su traje, abrigo, bufanda y guantes le habían protegido gracias a sus fibras antiexplosivos y sus placas balísticas, que absorbieron parte del impacto de la explosión y de la metralla, aunque no le protegieron de los efectos de la onda expansiva.
Al estar a una distancia de algo más de cinco metros de Abu Dhar, y en una tribuna al aire libre rodeado de otras personas, Paul lo pudo contar.
No murió al instante, como les ocurrió a otros participantes en el gran acto inaugural, por ejemplo, a los dos ministros que representaban al Gobierno japonés en el acto de inauguración.
Pero Paul Kloster, su anfitrión, quedó herido y contusionado, tras salir disparado por efecto de la onda expansiva a muchos metros de distancia.
Los terribles golpes y los efectos de la sacudida en sus órganos vitales le obligaron a permanecer varias semanas hospitalizado en Japón, observado y monitorizado por el equipo médico.
Quien no había tenido tanta suerte era Amélie Hautemanière. La comunicadora francesa falleció en el acto. No estaba en la tribuna de autoridades, pero sí cerca de uno de los yihadistas que formaba equipo con Abu Dhar en Sapporo. Esta proximidad resultó fatal para ella.
Pocas horas después, sus despojos, aún sin identificar, se hallaban, junto con otros muchos, en una morgue improvisada que se había habilitado en una pista cubierta de patinaje sobre hielo, cerrada por completo al acceso público durante las primeras horas posteriores al atentado múltiple.
Mientras tanto, el héroe de las energías renovables estaba tendido en una camilla, conectado a varias máquinas de soporte vital, en las atestadas urgencias del hospital universitario de Sapporo.
Semiinconsciente, pero con los ojos abiertos, no entendía lo que estaba pasando.
Sus ojos veían otras imágenes: la de una bandada de gansos en migración que solo disolvía su perfecta formación en uve al llegar a las lagunas de la Camarga, donde todas las aves planeaban hasta posarse en el agua.
Entretanto, en la orilla, Peter y Max, sus perros ya fallecidos por la vejez, ladraban de alegría mientras sus dos hijos, unos críos de menos de diez años, corrían alrededor de los canes.
Así estuvo Paul Kloster unos minutos, hasta que perdió la consciencia.
Cuando pudieron separarse y superar la emoción, Paul, Michael y Miguel deshicieron el triple abrazo, se miraron y, poco a poco, sus sollozos se convirtieron en risas, y comenzaron a danzar como locos.
Fue Miguel quien tuvo la idea de reunirse, después de tanto dolor, en la Camarga.
No fallaron a la cita ni siquiera las primeras bandadas de gansos volando en uve y amerizando luego en las lagunas costeras mientras ellos se reencontraban a media mañana en aquel lugar solitario.
Se acercaba el invierno polar, y su refugio de generaciones aún existía. Y existiría por mucho tiempo.
Japón se había recuperado de los atentados letales de marzo.
La central de Hokkaido con sus placas solares y baterías estaba en pleno funcionamiento.
Tres centrales más estaban a punto de inaugurarse en otras islas del archipiélago.
Asimismo, las dos primeras plantas de fabricación, una de baterías y otra de paneles, aún al 30 por ciento de su capacidad, ya empezaban a producir.
Las instalaciones de España y Alemania iban viento en popa.
Por otro lado, el brutal ataque había despertado conciencias en el mundo entero y Miguel y Michael se habían dedicado todos esos meses a crear grupos de estudio en varios países estratégicos.
El atentado no había frenado a Solar Alternative; al contrario, fueron muchos los gobiernos que declararon de forma inmediata su interés por clonar la revolución que estaban viviendo Alemania, España y Japón.
Los tres, cogidos de los hombros, emocionados todavía, caminaron hacia la marisma más cercana y allí observaron el vuelo de los gansos.