El vuelo de los gansos 28. Abu Dhar. Instrucción y destino
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28. Abu Dhar. Instrucción y destino

Abu Dhar. Instrucción y destino

Quien según su pasaporte italiano se llamaba Alberto Marsani y de niño fue el checheno Aslan Masráiev aterrizó en Islamabad, la capital de Pakistán, dispuesto a encontrar su camino.

Aquel mismo niño, ya maduro y con aspecto occidental, había tenido una experiencia mística en la mezquita londinense de Regent’s Park.

Entró en ella por curiosidad y para probar su nivel de árabe, ya que era un consumado políglota.

Marsani no tenía formación religiosa previa, aunque como checheno podía considerarse musulmán.

Cuando el imán tomó la palabra para dirigir el Salat al-Jumu’a , la oración semanal obligatoria, lo hizo en árabe, la lengua sagrada del islam.

Su sermón versó sobre la shahada , la profesión de fe, el primero y el más relevante de los cinco pilares de la religión mahometana.

Escuchando las palabras, que por suerte entendía bastante bien, Alberto Marsani comenzó a experimentar en aquel lugar una sensación de paz desconocida.

Hasta entonces, siempre había convivido con un intenso dolor interno provocado por no haber defendido a su madre y a sus dos hermanas asesinadas por los soldados de la Federación Rusa.

Ese momento fue el principio de un complejo proceso interior.

En sus ratos libres empezó a leer el Corán, la Sunna y compilaciones de hadices, los dichos y acciones del Profeta.

De allí pasó a la lectura de los escritos de la escuela jurídica hanbalí y de los imanes Ibn Taimiya, el sabio clásico defensor del enfoque riguroso del islam, y Mohamed ibn Abd al Wahab, el fundador de la corriente wahabita.

Luego buscó referencias más contemporáneas, como las de Hasán al Bana, el fundador de los Hermanos Musulmanes, o de Sayid Qutb, teórico del yihadismo moderno.

Así, en silencio y a lo largo de varios meses, fue desarrollando su particular yihad del conocimiento y se fue radicalizando.

Sus dos años sabáticos empezaron en Arabia Saudí.

Primero se dirigió a La Meca para hacer el Hach , la peregrinación que todo devoto debe hacer al menos una vez en su vida.

Coincidía con el duodécimo mes del calendario musulmán, el de Dhu al-Hijjah .

Entró en Arabia Saudí, el Reino de las Dos Mezquitas, con su pasaporte italiano y con su aspecto occidental.

En la Meca cumplió escrupulosamente con el ritual de los tres días de peregrinación y luego se desplazó hasta Medina para visitar la tumba del Profeta.

Salió del país arábigo con destino a Londres para dirigirse después a Pakistán.

Allí quería establecer contacto con grupos sunitas para conseguir una buena formación militar y luego convertirse en un muyahidín, un guerrero de Alá, para vengar el exterminio de su familia.

Aquel ciudadano con pasaporte italiano y aspecto occidental franqueó la aduana sin llamar la atención de los agentes del Servicio Secreto Pakistaní (ISI).

Permaneció unos días en la capital del país y luego se desplazó hasta Peshawar.

Allí le costó un par de meses dar con los contactos adecuados.

En Peshawar cambió su aspecto. Se enfundó una túnica larga, el kameez, y unos pantalones sueltos, el salwar .

Todo blanco, el color sagrado de la pureza y de la espiritualidad.

También lo era el topi que se ajustó a su cabeza, para tenerla cubierta y mantener alejado al diablo.

Procuró caminar con la mirada baja, siempre en el mismo ángulo, y evitar así que nadie estableciera contacto visual con él, ni él con nadie.

Ya no miraba a las mujeres por encima de la barbilla, si en algún momento tenía que hablar con alguna.

Después de varios días sin afeitarse, lucía una barba incipiente.

Iniciaba su día de madrugada, acercándose a un recinto de culto para hacer los dos ciclos de la salat del alba, e iba puntuando el día con las cinco oraciones diarias, recorriendo distintas mezquitas que era donde tenía planeado establecer contactos que le ayudaran en su misión.

Porque esa era la palabra decisiva. Tenía una misión.

Pronto el imán de la mezquita que más frecuentaba mostró interés por este extranjero piadoso venido de muy lejos.

Sus conocimientos religiosos y su humildad personal le hicieron ganarse paulatinamente su respeto.

Este líder religioso local formaba parte de una potente red global de yihadistas sunitas llamada Al-iman al-haqiqi al-khilafah, es decir, «la verdadera fe del califato».

Para el extranjero de apariencia occidental supuso la puerta de entrada en ese mundo y la antesala del campo de entrenamiento.

Pronto fue trasladado al Waziristán, en la peligrosa y permeable frontera afgano-pakistaní.

Después de haber sido sometido a pruebas de todo tipo, pues siempre les quedaba a sus anfitriones el temor de que se tratara de un espía del Mossad o la CIA, pudo finalmente viajar a las montañas afganas, hasta un mujayyam .

En ese campo de entrenamiento recibiría una formación muy especial.

Sus instructores sabían que debían adiestrar a quien iba a convertirse en un lobo solitario con pasaporte y aspecto occidental.

Capaz por tanto de deslizarse sigilosamente hasta las zonas más vigiladas e inaccesibles en todo el mundo cristiano.

Sus maestros supieron de su abnegación, de su deseo de dar un sentido último a su existencia.

Alberto Marsani o Aslan Masráiev ingresó en el campamento con un nuevo nombre, ya que en ese entorno nadie utiliza su auténtica identidad.

Eligió llamarse Abu Dhar, en honor de la tercera persona de la lista de los cuatro pioneros —«predecesores justos y piadosos»— que primero abrazaron la fe del islam y se unieron a Muhammad (la paz sea con él).

Eligió ese nombre porque el Profeta dijo de él: «Tú eres el que anda solo, morirá solo y será resucitado solo».

Allí Abu Dhar volvió a ser lo que había sido en su infancia: el lobo de las montañas.

De pequeño se había llamado Aslan. Luego, durante su juventud, pasó a ser Alberto Marsani.

Del niño de los bosques al aspirante a servidor de Alá había recorrido un largo camino.

Pero le quedaba aún un buen y duro trecho hasta ser quien había decidido ser.

La rutina del mujayyam era especialmente dura.

Empezaba antes del amanecer con el primero de los cinco rezos diarios del salat , que todo creyente debe cumplir obligatoriamente.

Luego hacían calistenia para ejercitar los músculos, adquirir soltura y precisión en los movimientos.

Después corría por las montañas —incluso descalzo— sin importar la temperatura, normalmente con una pesada carga y junto con otros compañeros de aprendizaje y fortalecimiento mental y físico.

En el curso de este auténtico calvario podían verse obligados a nadar en ríos helados o reptar en suelos con piedras afiladas.

Este desgaste venía acompañado de una alimentación muy frugal.

Por la noche, después del último de los cinco salat diarios preceptivos, todo el campamento se reunía a cenar y luego a estudiar el Corán, la Sunna (tradiciones y enseñanzas del Profeta Muhammad —la paz sea con él—) y a comentar hadices (los dichos y acciones del Profeta Muhammad —la paz sea con él—).

Abu Dhar destacó inmediatamente. En esta fase empezó la formación puramente militar.

Pronto fue capaz de desmontar con rapidez en la oscuridad o con los ojos vendados todo tipo de armas de fuego, cortas o largas.

Más tarde aprendió a utilizar granadas, minas y morteros.

Finalmente se centró en los explosivos, en fabricarlos con materiales comunes, accesibles en los comercios; y luego en detonarlos.

En su última etapa, Abu Dhar recibió entrenamiento de inteligencia.

No solo táctico, sino que también trabajó distintas técnicas para aguantar duros interrogatorios y habilidades que le permitirían incluso, en la peor de esas sesiones, dar información falsa al enemigo y ocultar la verdadera.

El ciclo se completó con la instrucción sobre los gases letales más accesibles, sobre todo el gas mostaza y el gas sarín.

La formación de Aslan Masráiev en el mujayyam afgano concluyó al cabo de un año. Su última noche en el campamento fue especial. El instructor responsable quiso hablar con él a solas, antes de que su pupilo partiese.

—Abu Dharr, ya estás preparado para hacer tu yihad.

— Masha´Allah , hermano —respondió con una expresión de satisfacción en el rostro.

—Dime, ¿hacia dónde quieres dirigir tus pasos?

Su instructor conocía la respuesta. Sabía que era checheno y que su familia había sido exterminada por los rusos.

Cuando le explicó que quería ser un shahid y dirigir su martirio contra el shaitán , el genio maligno que Aslan Masráiev personificaba en Rusia y en sus mandatarios, el instructor le escuchó con atención y sin interrumpirle.

Dejó que se vaciase. Luego, tras un intenso silencio, le dijo:

—La yihad máxima es larga. La restauración del Califato exige mucha generosidad y grandes sacrificios. Es posible que estés llamado para una misión superior.  La hawla wa-la quwwata illa bi-Allah , es decir, «No hay poder ni fuerza excepto con Alá».

Aslan Masráiev no dijo nada. Su instrucción le había transformado, no solo en la vertiente militar o en su preparación física.

Era un hombre comprometido, un creyente formado para luchar como un disciplinado shahid —«mártir»— contra los kuffar —«infieles»— en la yihad suprema que permitiría conquistar el Califato universal.

Esto excluía de plano cualquier acción individual lanzada contra un objetivo elegido por el propio mártir.

Debía subordinarse a un interés supremo, lo que trascendía a sus proyectos personales.

El epílogo de este proceso tuvo lugar en Peshawar. Allí se reunió con la shura , el consejo de notables de la organización Al-iman al-haqiqi al-khilafah, «la verdadera fe del califato». Fue el mismísimo líder, el sheikh —«jeque»—, quien se dirigió a él con calmada solemnidad y le dijo:

—Abu Dhar, Alhamdulillah , debes ser un enviado de Dios.

A partir de ese momento ya no opuso ninguna resistencia interior.

Sabía que ya no era Aslan Masráiev, sino un guerrero de Alá dispuesto al sacrificio supremo.

Era un futuro shahid que se inmolaría por la yihad suprema, solo o en compañía de sus hermanos, siguiendo los designios de la shura y de su sheikh .

Y fue este quien, por fin, le explicó lo que se esperaba de él.

—Hermano, Dios ha puesto el petróleo en varios países de Dar al-Islam, en la tierra del Islam, para que lo utilicemos como una espada en la Kutila fi sabilillah , la guerra santa definitiva que nos llevará a la restauración del Califato.

Los infieles tratan de arrebatarnos nuestra cimitarra a través de la energía del sol.

Es nuestro deber destruirla. Tenemos que cumplir la fetua yihad del gran muftí Faisal ibn Abdullah.

Abu Dhar, tú eres el enviado —afirmó el jeque.

—Si esta es la voluntad de Alá, el Único, la cumpliré. Como dijo el Profeta: «He recibido la orden de luchar contra la gente hasta que testifiquen que no hay más Dios que Alá».

Y así fue como Abu Dhar aceptó su misión y dejó de ser definitivamente Aslan Masráiev. Debía ejecutar una fetua yihad, un edicto de guerra santa de obligado cumplimiento. Era el elegido.

Y como oyó hablar por primera vez de Solar Alternative. Ese era el enemigo, su único objetivo.

Antes de despedirse de los líderes de la organización, Abu Dhar planteó la necesidad de establecer una vía de contacto absolutamente segura para el futuro. Y para ello dio instrucciones a un joven, que era el experto informático que trabajaba para la shura de la organización.

—Contactaremos a través de la deep web . Primero deberás descargarte el navegador Tor para conectarte a la red Tor y utilizarlo en su nivel de seguridad «Safest».

—Ya lo uso.

—Bien. El siguiente paso es que abras una cuenta de correo en el «Mail2Tor».

—Ya tengo una.

A partir de ese momento el yihadista inició, en la soledad más absoluta, un peligroso viaje de regreso a Islamabad. Cuando llegó a la capital pakistaní, recuperó su aspecto occidental y se disfrazó del italiano Alberto Marsani.

Y emprendió el camino de vuelta, tomando un vuelo a Londres que lo alejaría de allí para siempre.

Habían pasado dieciséis meses desde que empezó su viaje iniciático.

Ya en el Reino Unido cogió otro vuelo hasta Italia.

Quería despedirse de sus tíos, que notaron que su aspecto físico era distinto.

Tenía un cuerpo de atleta. Poco después, Alberto Marsani, el nuevo Abu Dhar, volvió a Londres, mes y medio después de abandonar el mujayyam afgano.