El vuelo de los gansos 27. Pánico en Japón
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27. Pánico en Japón

Pánico en Japón

Tokio y Sapporo,

El doble atentado en Japón, uno en la central solar fotovoltaica cercana a Sapporo y otro en el centro de Tokio, sumieron en el caos y el dolor al país del sol naciente y a sus autoridades.

Numerosas personalidades políticas, entre ellas dos ministros y también muchas pertenecientes al mundo empresarial, eran potenciales víctimas mortales de las deflagraciones que se produjeron en Sapporo.

En la capital nipona, las víctimas mortales de las deflagraciones eran innumerables.

Los autores de uno y otro atentado, coordinados o no, fueron muy sanguinarios.

Y todos habían muerto al provocar voluntariamente el estallido de los cinturones de explosivos que llevaban puestos.

Las señales de las cadenas de televisión que retransmitían en directo el evento desde la isla de Hokkaido se habían cortado en el momento de las explosiones. Y, al caer las comunicaciones de la zona con el exterior, resultaba imposible conocer el estado exacto de la situación.

En Tokio el desconcierto también era absoluto.

Japón tardó pocos minutos en movilizar a sus efectivos de respuesta rápida ante ataques de esa naturaleza.

Los dirigentes de seguridad no dudaban en trabajar con una hipótesis inicial: que los incidentes prácticamente simultáneos eran una operación concertada de tipo terrorista.

La Tokushu-sakusengun, la unidad antiterrorista del ejército japonés radicada en Funabashi, cerca de Tokio, y los Tokushu Hokkaido Butai, los equipos de Asalto Especial de la policía nipona de Tokio y del aeropuerto Chitose, cercano a Sapporo, se activaron de inmediato.

Junto con la actuación más urgente, la de los servicios sanitarios, se abrió de inmediato una exhaustiva investigación.

En medio de una gran confusión y desconociendo todavía el alcance de los ataques, las redacciones de los medios de comunicación radicadas en Asia y en Oceanía empezaron a difundir la noticia sobre varios atentados aparentemente mortales que se habían producido en Japón.

Rumores sin confirmar, suposiciones y datos ciertos se mezclaron en las primeras informaciones.

Todo el Pacífico se puso en alerta, desde Kamchatka hasta Nueva Zelanda.

La costa este de Estados Unidos cerraba el día y Europa dormía.

Poco después, los medios de comunicación nipones y algunos internacionales transmitían las primeras imágenes, muy impactantes, con escenas de pánico que, pese a haber sucedido en Tokio, guardaban similitud con las de los primeros momentos del 11 de septiembre de 2001, en la zona próxima a las Torres Gemelas de Nueva York.

En el centro de la capital nipona, personas de toda edad y condición huían despavoridas en el área de Kabukicho y en la de la estación de metro JR Shinjuku.

La estampida de gente que trataba de salir de la estación de metro por todas las bocas que daban a las calles adyacentes parecía estar produciendo nuevas víctimas por el gran número de personas atropelladas por la marabunta del pánico.

Al mismo tiempo, docenas de vehículos de la policía, los equipos sanitarios y bomberos iban llegando hacia el lugar de donde la gente huía a pie, a menudo corriendo los unos en dirección opuesta a los otros.

El caos era absoluto. En los televisores, las imágenes del pánico de las calles de Tokio se alternaban con otras del acto de inauguración de la central solar de Sapporo.

Los canales de noticias volvían a emitir los instantes previos a la pérdida de la señal televisiva, que terminaban bruscamente con las explosiones, aparentemente potentísimas.

En la tribuna, las autoridades locales y nacionales aparecían, minutos antes de las deflagraciones, mezcladas con los principales accionistas y directivos nipones que iban a celebrar aquel enorme paso adelante que permitiría que Japón se liberase de la energía contaminante de una vez por todas.

El día en que Japón iba a renacer gracias a un milagro tecnológico que suministraría energía barata y producida localmente a todo el país, para liberarlo de los combustibles fósiles, se había convertido en un día de luto y horror.

Era una catástrofe inaudita. Se comentaba que en la central solar a punto de inaugurar, las víctimas mortales se contaban por decenas.

Varias personalidades habrían fallecido.

Muchas otras se debatían seguramente entre la vida y la muerte.

Los servicios de emergencia, completamente desbordados, no estaban en condiciones de averiguar las identidades de unos y de otros.

Las noticias de Tokio resultaban espeluznantes.

Las agencias de noticias y las televisiones hablaban de varias explosiones mortales que habrían ocurrido en las estrechas callejuelas del barrio rojo.

Pero lo más impactantes eran las referencias que apuntaban a los ataques con agentes nerviosos en los túneles de la concurrida estación de metro JR Shinjuku, la de más tráfico de pasajeros del mundo.

Los rumores apuntaban al terrible gas sarín, el mismo que se había utilizado en los atentados de marzo de 1995.

Un portavoz del Gobierno japonés, en su primer comunicado público, confirmó que los ataques se habían circunscrito a la central solar y a la capital del país.

También mencionó que las víctimas mortales eran muy numerosas, sin entrar en más detalles.

No explicaba, tan siquiera, si los dos ministros presentes en Sapporo estaban con vida ni si los terroristas de Tokio habían empleado armas químicas en su ataque.

La comunidad informativa internacional especulaba sobre la posibilidad de que los atentados, por su tipología, fueran obra de suicidas yihadistas.

Las autoridades japonesas ni desmentían ni confirmaban.