26. Hecatombe en Sapporo
Hecatombe en Sapporo
Sapporo y Tokio,
En la central japonesa de Solar Alternative todo estaba dispuesto para el solemne acto de inauguración, que debía comenzar a las once de la mañana.
Se trataba de un día muy señalado, en el que la ausencia de algunos de los grandes protagonistas no iba a pasar desapercibida.
La doctora Noriko Sakakivara-Watanabe se había quedado en Tokio, aquejada de una fuerte infección gripal.
Su marido había decidido cancelar su asistencia al acto para poder cuidarla.
Eduardo Ameijide, el director internacional de Solar Alternative, tampoco acudiría.
Se quedaba en las oficinas de Solar Alternative en la capital. Debía atender otros frentes.
A las nueve, con el termómetro marcando tres grados, un exultante Paul Kloster llegaba a las instalaciones acompañado por Amélie Hautemanière.
Él vestía un traje clásico, pantalón, chaqueta y corbata, confeccionado —por imposición de Thomas Henderson— de Dyneema, un polietileno antibala, flexible y ligero.
Además, en zonas críticas —bolsillos y otros—, habían incorporado placas balísticas de metal y cerámica.
Del mismo material estaban hechos el abrigo largo que llevaba y los guantes y la bufanda anudada a su cuello.
Paul se sentía feliz, era su gran día, y recorrió temprano las instalaciones felicitando a los trabajadores de su empresa.
Estuvo especialmente cariñoso y próximo cuando, hora y media antes del acto de inauguración, se encontró con Alberto Marsani, el ingeniero italiano que había dirigido con mucha eficacia y precisión la renovación del parque solar.
—Eres una pieza fundamental. Aquí hemos cumplido los plazos y todo ha sido posible gracias a tu dirección. Tu trabajo ha sido espectacular. Mañana te vuelves conmigo a Tokio. Tengo grandes planes para ti.
—Muchas gracias, Paul. Me sobrevaloras —contestó su subordinado con la mirada fija, sin parpadear y un extraño brillo en los ojos.
Kloster sintió algo extraño, pero no prestó más atención.
Se centró en los meticulosos responsables de protocolo del Gobierno japonés.
Dos de sus ministros estarían presentes, dos viceministros y dos asesores del primer ministro, además de los siete prefectos de la isla de Hokkaido y de varios alcaldes.
La nutrida representación institucional se completaba con varios parlamentarios de la Dieta, la cámara baja nipona.
Junto a ellos asistirían también a la inauguración varios destacados representantes del sector empresarial nipón, y contarían con una muy numerosa presencia de medios de comunicación de todo el mundo.
En total, casi trescientas personas, a las que había que sumar los miembros de los equipos de seguridad y de apoyo de los líderes políticos o corporativos.
Todo estaba preparado al detalle. La ceremonia y los fastos deberían durar dos horas, desde las once hasta las una.
Media hora antes del inicio de la ceremonia el parque ya era un hervidero de personalidades, a la espera de los dos miembros del Gobierno japonés.
Estos llegaron exactamente veinticinco minutos antes de las once.
Kloster los recibió, junto a los representantes institucionales presentes.
El proceso protocolario de saludos, en el que también intervinieron los líderes empresariales más importantes, se extendió algo más de quince minutos.
El click de los fotógrafos era incesante, mientras que las cámaras de televisión de varias cadenas tomaban imágenes, algunas de ellas transmitidas en directo.
Todo estaba resultando de acuerdo con lo programado por los responsables del minucioso protocolo gubernamental nipón.
A las 10.55 un hombre en Tokio recibía la llamada acordada para activarse. Tardaría entre treinta y cuarenta minutos en empezar el recorrido establecido por su jefe. Antes, actuarían sus tres compañeros de célula.
Dos minutos antes de las 10.15, Alberto Marsani se situaba cerca de las principales autoridades.
Su pase especial de seguridad se lo permitía.
Era él quien, junto a Paul, debía explicar, después de los discursos protocolarios, los principales detalles técnicos de la central a los políticos.
Kloster lo había decidido así, en deferencia hacia su colaborador más eficaz.
Llevaban los tiempos milimetrados en todo el ceremonial y los parlamentos iniciales de la ceremonia, y todo transcurría feliz y plácidamente.
Cuando ya habían comenzado los discursos, Paul, en un gesto mecánico, miró al director técnico de la nueva central solar avanzada y vio que este apretaba los párpados, cerraba los ojos y gritaba algo que no estaba previsto en ninguna parte del protocolo y que su jefe no pudo entender:
— Allahu Akbar!
¡Allah es grande!
Inmediatamente después, Alberto Marsani se inmolaba activando el detonador del cinturón explosivo que llevaba bien sujeto al cuerpo.
Una tremenda explosión barrió entera la tribuna de los oradores y sus aledaños.
En el mismo momento, se activaron los explosivos cargados de metralla que estaban repartidos por lugares estratégicos, tras ser accionados por control remoto.
Lo hicieron los otros dos terroristas miembros de la célula de Marsani antes de inmolarse, pronunciando su grito sagrado, con sus cinturones explosivos.
En menos de un minuto, el caos y la destrucción invadieron la central fotovoltaica, a punto de ser convertida en la primera instalación nipona de la nueva generación en placas y baterías.
Las señales de las televisiones que transmitían en directo la ceremonia se interrumpieron. Dos de los explosivos estáticos estaban estratégicamente situados en la zona donde se encontraban emplazados los camiones de las unidades móviles de las cadenas informativas.
A los pocos minutos le tocó el turno a la capital japonesa.
El otro miembro de la célula cumplió la misión encomendada.
En un pasadizo de la estación de metro JR Shinjuku, dos pequeñas explosiones liberaron gas sarín.
El terrorista se cubrió con una máscara de la que solo se liberó, tras una carrera muy rápida, en cuanto accedió al exterior.
Entonces, confundido entre una multitud aún ajena a la tragedia, se dirigió hacia sus siguientes objetivos.
Primero hizo estallar dos granadas de fragmentación en sendos locales del barrio rojo.
Después, otras dos en las estrechas y atiborradas calles de Kabukicho.
El caos y el pánico se apoderaron de una multitud que huía despavorida sin entender lo que estaba ocurriendo.
Luego, el terrorista completó su periplo letal haciendo detonar su cinturón explosivo en medio del gentío.
La capital japonesa se sumió en el caos, y la gran cantidad de víctimas mortales y el enorme número de heridos e intoxicados por gas desbordó tanto a los servicios de emergencia como a la policía y las autoridades.