25. En defensa propia
En defensa propia
Residencia campestre de Nabil bin Issi en Berkshire,
El venezolano, Kayla Collard y Harry S. Lynton III se habían unido al príncipe Nabil bin Issi en la residencia campestre de Berkshire del saudí, al poco de concluir la cumbre de urgencia convocada por la OPEP en Kuwait.
—Debemos tomar medidas de inmediato —continuó González en tono vehemente—. Tenemos que mandar un mensaje inequívoco, castigar a los traidores para que el resto sepan a lo que se arriesgan si cruzan la línea.
—Estoy de acuerdo, es necesario. Solo tenemos que elegir bien —apuntó el estadounidense—. Solchakov pide que actuemos contra los azerbaiyanos, que están jugando muy sucio. ¿Estáis de acuerdo?
—Sí, y también contra Tamim al Rahfa, que creo que sabe demasiado de nosotros —intervino el saudita.
—Amigo Nabil, no podemos hacerlo ahora, no es el mejor momento —terció Lynton.
—Pero Tamim al Rahfa es un peligro para todos nosotros y debemos eliminarlo —insistió Bin Issi.
—Todo a su tiempo. Ahora hemos de actuar contra los traidores —insistió Lynton.
—Si el ruso pide castigar a Azerbaiyán, pues hagámoslo —dijo el venezolano—. Y ¿quién más?
—Nigeria está haciendo caer los precios del petróleo y del gas. Venden todo lo que pueden. Estoy muy decepcionado con ellos. Se lo dije a Biram Olaleye en Kuwait y me contestó con una evasiva —sentenció el príncipe Bin Issi.
—No deberíamos olvidar a los indonesios. Están regalando su carbón —intervino la Dama de Hierro australiana mientras, para disgusto del saudí, apuraba un cigarrillo de Drum y sorbía una Victoria Bitter.
—Querida Kayla, ya llegará el momento. Ahora tenemos otras prioridades. Debemos mandar un mensaje inequívoco a los azerbaiyanos y a los nigerianos. No pueden saltarse los acuerdos de Kuwait —argumentó Lynton.
— Bloody hell , Harry, nos conocemos desde siempre. No seas tramposo —tronó Collard—. A vosotros solo os interesa el petróleo y… ¿qué hay del carbón?
Con estos mimbres y con la decisión de proceder contra los petroleros disidentes, acabó la reunión convocada por Bin Issi en su residencia campestre británica.
Una semana después, Biram Olaleye salía con gesto contrariado al final de una reunión en la sede de la OPEP en Viena.
La desconfianza con sus interlocutores era manifiesta.
Perseguían objetivos encontrados. El hombre fuerte en la sombra de la industria petrolera y gasista de Nigeria buscaba un aumento de la cuota de producción de crudo de su país.
Encontró, como siempre, un no rotundo por respuesta.
Contestó, como siempre, con la amenaza de abandonar la organización.
Con estas premisas el encuentro acabó como empezó, con gran frialdad.
Olaleye, que rondaba la sesentena, era un hombre alto y corpulento que no pasaba desapercibido.
Su presencia transmitía una fuerte personalidad.
De mirada sagaz, su voz poderosa imponía respeto.
Se vestía de los pies a la cabeza en las sastrerías y en las zapaterías de Savile Row.
Cosmopolita, de gran formación y modales distinguidos, se podía expresar en un inglés RP (Received Pronunciation), el de la clase alta británica, o en un francés casi académico.
Entró en su coche flanqueado por sus dos guardaespaldas, sin tan siquiera despedirse del delegado permanente de su país ante la organización.
Tampoco le dirigió la mirada cuando estaba ya acomodado en la parte trasera de la berlina y el embajador energético le hacía tímidos gestos de despedida.
Iba a recomendar su rápida sustitución por otra persona de su agrado. Ya no merecía su atención.
Como siempre que pernoctaba en la capital austriaca, dos o tres veces al año, iba al Sacher.
Los aires imperiales del establecimiento le seducían.
Le gustaba mucho la suite más espaciosa del hotel.
No siempre la conseguía y, cuando no era posible, se disgustaba.
En este viaje, sí. Los ciento ochenta metros cuadrados de la estancia estaban a su disposición.
Eran suficientes para no sentirse agobiado.
Quería siempre lo mejor, o quizá lo más caro, porque se consideraba a sí mismo un sibarita y esa era su manera de interpretarlo.
Su previsión era abandonar Viena al día siguiente.
Esa noche se quedaría en la suite, en la que tan a gusto se sentía.
Quería darse el lujo de disfrutar a lo grande y había preparado una fiesta muy especial.
A las 19.30 recibiría a dos invitadas que se habían desplazado a Viena expresamente y se alojaban en dos habitaciones del mismo hotel.
Se trataba de dos jóvenes prostitutas de muy alto perfil.
Una de ellas era habitual en la agenda del magnate energético.
Conocía bien los gustos de su cliente y seleccionaba una compañera nueva para cada ocasión.
Debían cumplir tres premisas: altas, rubias y voluptuosas.
Las dos mujeres se presentaron a la hora indicada y los guardaespaldas, cruzándose miradas de aprobación entre ellos, les franquearon la entrada de la suite.
Allí las recibió con los brazos abiertos un eufórico Olaleye.
Todo estaba dispuesto para una velada de lujo y desenfreno.
Y así debió de ser hasta que, a medianoche, el escolta que hacía guardia en el pasillo de acceso a la suite oyó gritos de mujer.
Primero dudó si entrar o no. Podía ser un juego más de su jefe.
Pero decidió asegurarse y, al abrir la puerta, se topó con una de ellas, que, ataviada con una bata de baño y con aire descompuesto, pedía ayuda médica.
El escolta accedió al dormitorio principal con paso rápido.
Vio a la otra mujer desnuda, apoyada contra la pared, con aspecto de estar sufriendo una crisis nerviosa.
En la cama yacía su jefe, también desnudo, con expresión de angustia y dolor.
No podía hablar, sudaba profusamente, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida.
Cuando llegaron los servicios de médicos emergencia ya era tarde.
Solo pudieron certificar su muerte. La última planta del lujoso hotel se convirtió de golpe en un hervidero.
Al personal sanitario de la Wiener Berufsrettung —más los escoltas del finado, las dos mujeres que lo acompañaban y el director del hotel— se sumaron agentes de la policía de Viena, y pronto dos inspectores de la Kriminaldirektion.
La presencia de estos últimos es la que establece el protocolo en toda muerte súbita, más aún si esta se produce en un hotel.
El óbito de Olaleye no fue objeto de una investigación muy larga.
El informe médico identificaba con claridad los motivos: infarto agudo de miocardio producido por un exceso de consumo de sildenafil.
Los investigadores policiales no hallaron ningún indicio sospechoso.
En el cuarto de baño adyacente al dormitorio principal encontraron un blíster de la marca Pfizer con pastillas de color azul en forma de rombo.
Faltaban dos de las cuatro. Eran de cien gramos, las viagras más potentes que se comercializan.
Ainura Rasulova se sentía en Londres como en su casa.
El Londres de la poderosa oligarca petrolera azerbaiyana giraba en torno al barrio de Mayfair como eje y, como mucho, sus fronterizos Kensington y Knightsbridge.
Realmente su Londres era el de Bond Street.
Consumía la mayor parte de su tiempo en la capital británica pivotando en torno a la calle comercial más exclusiva de la ciudad.
La dura y parca Rasulova de Bakú, la capital de su país, se convertía entonces en una alegre y desenfadada compradora compulsiva, su auténtica pasión.
Aunque disponía de más de una lujosa residencia en la ciudad, se alojaba en el Claridge’s.
La razón era bien sencilla. Optaba por este hotel porque estaba a escasos quince minutos andando de su auténtico destino.
Como era una persona de costumbres fijas, siempre seguía la misma rutina.
Salía a pie del hotel a las diez de la mañana acompañada de su personal shopper y de dos guardaespaldas.
Un coche los seguía a lo largo de todo el recorrido y se situaba cerca de cada una de las tiendas en las que el grupo entraba.
Su misión, almacenar las bolsas y los paquetes de las inacabables compras de la azerbaiyana.
Eran ya cerca de la 11.30 cuando Rasulova recibió una llamada en su teléfono encriptado. Identificó enseguida quién estaba al otro lado del teléfono.
—Hola, señor presidente.
—¿Qué está pasando con esos malditos rusos?
—Nos han avisado de que quieren hacer unas obras en el oleoducto Bakú-Novorossíisk.
—¿Qué consecuencias tendría para nosotros?
—Reduciría a menos de la mitad los barriles transportados por esa vía.
—No pueden hacer eso. Avísales de que, si dan este paso, deberán afrontar las consecuencias.
—Voy a llamar a Mijail Solchakov y me voy a mostrar muy dura con él.
—Sobre todo, dile que no se anden con bromas con nosotros. Que podemos presionar en Nagorno Karabaj y destruir el ejército armenio en menos de cuarenta y ocho horas. Ya tienen suficiente con Ucrania. No les conviene abrir otro frente. Llámame después de hablar con él.
—Así lo haré. A sus órdenes, presidente.
Con esta conversación Rasulova dio por terminada su excursión por Bond Street.
Debía volver al hotel y ponerse en marcha.
Optó por hacerlo a pie. Se dirigieron primero hacia Piccadilly y luego a Brook Street.
De repente, se oyó un chirrido metálico y luego gritos.
Una furgoneta saltó por la acera y embistió al grupo.
Uno de los guardaespaldas se abalanzó sobre su jefa para protegerla con su cuerpo y el otro tuvo tiempo de desenfundar su arma y disparar contra el conductor.
Ainura Rasulova, su personal shopper y uno de los escoltas murieron en el acto aplastados por el vehículo. También el conductor de la Ford Transit, quien recibió dos disparos muy certeros.
De repente, el caos se apoderó de la normalmente tranquila Brook Street.
La zona fue acordonada. De inmediato, aparecieron la brigada de bomberos, la Policía Metropolitana (MET) y el servicio de ambulancias.
Estos últimos solo pudieron certificar el fallecimiento de la azerbaiyana, de dos de sus acompañantes y del conductor de la furgoneta.
La investigación policial concluyó que el accidente había sido fortuito.
Los especialistas de la MET determinaron que el vehículo, una Ford Transit modelo 2004, perdió de repente el control por una avería en el sistema de frenado.
Uno de los latiguillos, erosionado por el uso, había provocado una pérdida de presión.
Tampoco encontraron ningún antecedente sospechoso en el conductor, abatido por el escolta superviviente.
Era un emigrante búlgaro, empleado de una empresa de reparto de paquetería.
En ambos casos, la red letal de Markus Zhukov actuó sin dejar pistas, aunque las autoridades de Azerbaiyán y Nigeria captaron y entendieron el mensaje.