El vuelo de los gansos 24. Crisis en el mundo de los combustibles fósiles #2
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24. Crisis en el mundo de los combustibles fósiles #2

—¿Cuando el precio de los futuros del petróleo y del gas ya han caído cerca del 30 por ciento?

Pero ¡en qué mundo vive usted!, dicho sea, con todos mis respetos…

Y solo le digo una cosa más: al final, quien va a resolver el problema voy a ser yo, sin necesitar de su ayuda ni de sus palabras huecas y sin valor —le espetó el saudí.

—No debería hablarme así —reaccionó Lynton con el orgullo herido.

—Ustedes los norteamericanos pecan de una soberbia incurable. Siempre creen que el mundo gira en torno a sus designios.

—Príncipe Bin Issi, yo siempre he sido amigo suyo y de su pueblo —cedió Lynton, apretando los puños con rabia, consciente de que no le convenía enfrentarse al poderoso aristócrata saudí—.

Sepa que valoro mucho el sentido árabe de la amistad, de la lealtad y de su capacidad de perdonar.

Siento mucho si alguno de mis errores le ha ofendido.

Apelo humildemente a su paciencia y a su generosidad.

—Amigo Harry, sus palabras son muy sabias —contestó el saudí, reconfortado ante el cambio de tono. No soportaba la suficiencia del yankee .

Cuando acabó la conversación, Lynton estaba fuera de sí y telefoneó a su subordinado Olsen para, a voz en grito, darle instrucciones.

—¡Peter, póngase en contacto inmediatamente con nuestro hombre! Dígale que hemos perdido la confianza en él. Y avísele de que debe devolvernos lo que le hemos pagado o solucionar inmediatamente nuestro problema.

A Olsen le tembló el pulso y su ritmo cardiaco se aceleró. Media hora más tarde mandó a Markus Zhukov un mensaje a través de su teléfono encriptado diciéndole que debían hablar. Poco después el hombre para todo de Lynton recibió la llamada de respuesta.

Markus tembló de ira y de rabia al oír lo que le decía el emisario del magnate de Luisiana. Nunca en su dilatada carrera se había sentido tan humillado como en ese momento. En ningún caso se planteaba devolver el dinero adelantado.

Zhukov tenía ante sí dos opciones. La primera, eliminar a Lynton.

No era una solución viable. Poco después de acabar con el yankee , tendría que eliminar a todos los que le conocieron en la reunión del archipiélago venezolano de Los Roques.

Imposible. La segunda opción, la única que sí era posible, consistía en cumplir con su compromiso, como fuera.

La cumbre de la OPEP se celebró cinco días después de ser convocada. Kuwait acogió a los máximos mandatarios y a las delegaciones de los once países miembros del cártel.

Tras valorar las posibles respuestas a la crisis, todos los participantes apostaron por un recorte muy sustancial de las cuotas de producción.

Arabia Saudí asumió el mayor sacrificio.

Irak, Irán y Kuwait también realizaron un gran esfuerzo.

Rusia, el tercer productor mundial de crudo, Kazajistán, Omán, México, Brasil y los Emiratos Árabes, que asistieron a la cumbre como observadores, también se sumaron a los recortes.

No era una medida que les interesara a ninguno de ellos, pero era la más inmediata que podían tomar, aunque dudaran de su eficacia.

Cada día era una auténtica sangría lo que pasaba en los mercados.

Como resultado de todo ello el precio del barril de crudo al contado se recuperó, subiendo en los siguientes días casi un 20 por ciento.

Con esta medida, se corregía gran parte de la caída provocada por el anuncio del gigantesco plan solar fotovoltaico del Gobierno japonés.

Todo a costa de vender menos petróleo, pero a mejor precio.

En cualquier caso, las finanzas públicas de los países productores se resentirían igualmente.

Por otro lado, la solución distaba mucho de ser eficaz a medio plazo.

Era un simple parche. De hecho, pocas semanas después, fueron testigos de cómo algunos países que no estaban alineados ni con el cártel de la OPEP ni con Rusia lograban beneficiarse de los esfuerzos de sus competidores por reducir la producción.

Misha Solchakov, el hombre del Kremlin, fue el primero en dar la voz de alarma.

Lo hizo poniéndose en contacto con algunos de los participantes en la reunión de conspiradores del archipiélago de Los Roques.

Primero habló con Lynton, luego con Bin Issi y finalmente con el venezolano González. A todos les transmitió lo mismo.

—Azerbaiyán ha aumentado rápidamente su producción y, en paralelo, está vaciando de forma acelerada sus stocks —rugía fuera de sí el oligarca ruso—.

El oleoducto BTC trabaja a plena capacidad y el gasoducto SPC igual.

Los georgianos y los turcos son sus cómplices.

Se están aprovechando de nuestro esfuerzo para beneficiarse de la recuperación de los precios que hemos logrado.

Estos malditos azerbaiyanos son así. Cualquier día lanzamos nuestro ejército e instalamos un gobierno afín a nuestros intereses.

A estas denuncias se unía también la sospecha de que Kazajistán podría estar incurriendo en las mismas prácticas, aunque fuese con más discreción que sus vecinos.

Nurasil Rahman, el guardián de los intereses petroleros de su república, lo negaba con firmeza a Solchakov.

Le mintió descaradamente cuando el ruso le llamó.

—Misha, puedes estar tranquilo, que nunca actuaríamos a vuestras espaldas. Somos pequeños y necesitamos vuestra protección.

—Entonces ¿lo niegas? ¿No estáis siendo tramposos? ¿Puedo confiar en tu palabra? —dijo el ruso, en lo que no era una pregunta, sino el resultado de cierta desesperación.

—Desde luego. Los kazajos solo tenemos una palabra. Quienes nos están tratando de ensuciar son los azeríes. Ellos sí que están haciendo trampas. Lo sabemos todos —enfatizó con vehemencia Rahman.

Quienes no eran de la partida de Lynton y de la OPEP jugaban a vender y vender, por temor a nuevas caídas de los precios. Rubén González, venezolano, alzaba la voz contra uno de sus vecinos.

—Brasil ha aumentado su oferta en el mercado. Lo hacen a escondidas. Nunca te puedes fiar de ellos. —Y luego señaló a dos pequeños jugadores de la zona, Surinam y Guayana.

También añadió a la lista de vendedores y traidores a varios compatriotas de su interlocutor.

—Harry, amigo, ¿qué pasa con tu país? Los del esquisto están vendiendo como locos y en pérdidas.

—Es cierto. Son unos indeseables —reconocía avergonzado el estadounidense—. El fracking está controlado por fondos de inversión, no son auténticos petroleros. Son gente sin principios, actúan siempre con visión de corto plazo.

—Y los canadienses, ¿qué me dices de ellos? —aulló el venezolano.

—Tienen miedo de que las arenas bituminosas de Alberta se queden fuera de precio y no reparan en medios —admitió el magnate de Luisiana.

En poco tiempo se notó en los mercados que una especie de sálvese quien pueda se estaba imponiendo en las prácticas de muchos productores de crudo no integrados en la disciplina de la OPEP y también de gas.

La sensación de que los precios estaban condenados a bajar irremisiblemente provocaba esta huida hacia delante.

Malos tiempos para los amos y señores tradicionales de los combustibles fósiles. Su reino podría estar iniciando un inexorable declive.