24. Crisis en el mundo de los combustibles fósiles
Crisis en el mundo de los combustibles fósiles
El Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón había convocado una rueda de prensa.
Los portavoces del Keizai Sangiosho insistieron a los medios de comunicación nacionales e internacionales que no era una cita cualquiera.
Estuvieron anunciando su gran importancia durante los dos días previos, lo cual generó una enorme expectación.
La cita era en la sede del ministerio, situada en Kasumigaseki, en el distrito de Chiyoda, la zona de Tokio en la que se concentran los centros de poder gubernamentales y administrativos del país.
A la hora exacta, los protagonistas de la convocatoria entraron en una abarrotada sala de prensa.
El titular de la cartera más poderosa del Gobierno nipón, Kinuharu Nagamatsu, acompañado de su viceministro Kazuki Tokunaga y de un occidental, se dirigieron a la tribuna.
Los dos primeros realizaron la preceptiva inclinación protocolaria y de respeto, mirando al Hinomaru, la bandera nacional.
El tercero, Paul Kloster, intentó copiarles sin demasiado éxito, incluso tal vez pudo resultar algo ridículo a los ojos de cualquier japonés.
Luego se sentaron a una mesa, con el ministro en el centro.
Detrás de ellos, un photocall con el logo del ministerio en azul sobre fondo blanco y los carteles con el nombre del departamento, unos en caracteres latinos y otros en kanji .
Para conseguirlo reproducirían, pero a gran escala, el esquema ya ensayado en España y en Alemania.
Bajo la supervisión directa de las autoridades niponas se crearían varias empresas para fabricar paneles y baterías.
Solar Alternative tendría una tercera parte del capital de cada una de ellas.
Los dos tercios restantes se lo repartirían a partes iguales los grupos energéticos del país y los keiretsu .
Bajo este nombre se engloban los grandes grupos empresariales nipones, que suelen integrar una red de empresas interconectadas de diversos sectores.
Para un extranjero no resulta fácil entender dónde empieza y dónde acaba un keiretsu .
Pero a Kloster este detalle no le importaba.
Solar Alternative no intervendría en la gestión ni en la elección de los socios, ni tampoco aportaría recursos financieros.
Los fondos necesarios para desarrollar las nuevas empresas eran ingentes, superaban de largo la suma de las operaciones alemana y española.
Tanto, que el sistema financiero japonés se quedaba corto.
Pellman dado que el esfuerzo más importante que hacía Japón era el relativo a la velocidad y a la extensión territorial del proyecto, sobre todo teniendo en cuenta el número de islas que componen el archipiélago nipón.
Además, se anunció que Solar Alternative transformaría con urgencia una central solar ya existente.
El proyecto suponía tenerlo activo en solo cuatro meses.
Para hacerlo posible se utilizaría toda la reserva de placas y de baterías ya fabricadas por los dos centros que Solar Alternative tenía en España y en Alemania.
El stock existente al completo empezaría a llegar en un par de semanas al archipiélago.
Esta operación se había llevado a cabo con el máximo secreto.
Un equipo directivo y técnico, con numerosos instaladores, todos de la empresa de Kloster, y con el ingeniero italiano Alberto Marsani al frente, ya estaba haciendo los preparativos en Sapporo.
También vivía en Japón, concretamente en Tokio, el primer ejecutivo de Solar Alternative International, el español Eduardo Ameijide y dos personas de su equipo.
El italiano Alberto Marsani había sido designado ingeniero jefe del proyecto de Solar Alternative en Japón.
Su responsable directo, Eduardo Ameijide, sabía que no podía haber encontrado un mejor líder operativo para acometer una actuación de unas dimensiones y una velocidad de ejecución tan extraordinarias.
La gestión de Marsani, fichado recientemente, estaba siendo la clave que definiría el éxito o el fracaso.
Los interlocutores japoneses se deshacían en elogios hacia el italiano.
Se había elegido, para transformarlo, un parque situado en un área próxima a Sapporo, en la isla de Hokkaido, la de clima más frío del archipiélago.
Era una decisión personal de Kloster. Quería demostrar la eficacia de sus placas en una de las zonas de Japón con condiciones climatológicas más adversas.
Hacerlo en Okinawa, la isla con mayores horas de radiación solar del archipiélago, habría sido una decisión más lógica y más fácil. Pero a Paul le gustaban los retos.
El anuncio de la apuesta del Gobierno japonés por la tecnología de Solar Alternative tuvo una gran repercusión.
Los informativos de las televisiones, los medios convencionales más importantes del mundo entero y los periódicos digitales se hicieron eco con titulares muy dispares.
Incluso algunos llegaron a expresarse en términos tan contundentes como «El fin del petróleo ya está aquí» o «Adiós por fin al cambio climático».
Las consecuencias geopolíticas del plan eran de gran calado, pero no solo en Japón o en el área inmensa del Pacífico.
Uno de los grandes compradores mundiales de combustibles fósiles buscaba reducir sustancialmente sus importaciones y hacerlo en un plazo muy acelerado.
Iba a ser un ejemplo ético, sin duda. Pero además podía ser un ejemplo económico-financiero por la relación entre los costes y los beneficios económicos.
Australia, Indonesia y Rusia eran los principales exportadores del carbón que consumía el archipiélago.
Australia, una vez más, junto con Malasia, Qatar y los Estados Unidos, eran los grandes suministradores de gas.
Mientras que Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait aparecían como los mayores beneficiarios de las compras niponas de petróleo.
Las repercusiones del anuncio fueron inmediatas.
En menos de cuarenta y ocho horas las principales plazas mundiales de negociación de materias primas reaccionaron.
En el mercado NYMEX de Nueva York el precio del barril de West Texas Intermediate, el petróleo de referencia en Estados Unidos, bajaba un 10 por ciento al contado y un 15 por ciento en los contratos de futuros a cinco años.
Un movimiento similar se registró en Londres con los precios del barril de Brent, el petróleo del mar del Norte.
En los Emiratos Árabes, el crudo de Dubái, el referente de precio más utilizado en el golfo Pérsico, experimentaba una caída parecida.
Lo mismo estaba ocurriendo con el gas. El Henry Hub de Luisiana, negociado en el NYMEX de Nueva York, se desplomaba en la misma medida.
Y con el carbón sucedía otro tanto. Los precios de los contratos del Newcastle Thermal Coal australiano, la referencia del mercado del área A, se sumaban a la tendencia general de descenso de los otros combustibles fósiles.
Una semana después la bajada de los precios de entrega inmediata era de casi un 20 por ciento y de un 50 por ciento en los contratos de futuros a cinco años.
Una sensación de pánico se estaba adueñando de los mercados de negociación de estas materias primas.
Los agoreros avanzaban un desplome mucho mayor.
En paralelo, varios soñadores anunciaban la llegada inmediata de un mundo de energías limpias e inagotables, todo ello en un plazo muy inferior al previsto incluso por los más optimistas.
Dicho de otro modo, los números cantaban, tal como había sostenido Paul Kloster a lo largo del tiempo, desde que Solar Alternative anunció que el fin de los combustibles sólidos ya había llegado.
Y que lo hacía de verdad. No por un deseo idealista de los ambientalistas o de los organismos internacionales interesados en la preservación del planeta.
Sino por la fuerza fría e imbatible de la necesidad de ganar dinero en lugar de perderlo.
El carbón, el gas y el petróleo dejarían de ser un gran negocio.
El fin de su época estaba al alcance de la vista.
Y los mercados de futuros lo decían de forma clara y estridente.
Había alguien que estaba tan furioso como determinado a parar este movimiento especulativo, sin por ello dejar de sentir que el suelo se hundía bajo sus pies; era el príncipe saudí Nabil bin Issi. El señor del oro negro del Reino de las Dos Mezquitas empezó a mover sus hilos.
Primero se puso en contacto con el secretario general de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo).
En la conversación que ambos mantuvieron acordaron que el cartel de productores debía reaccionar de inmediato y convocar urgentemente una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno.
Optaron por no hacerlo en Viena, sede de la organización, al tratarse de un país europeo, y eligieron en su lugar Kuwait.
Pocas horas después se pusieron en marcha los mecanismos para convocarla con fecha urgente para la siguiente semana.
Se celebraría en la capital de ese emirato del golfo Pérsico.
Una vez dado este primer paso, el príncipe Bin Issi llamó a Harry S. Lynton III. No fue una conversación amable. Lo primero que hizo fue echarle en cara que sus medidas para acabar con Paul Kloster no hubieran dado resultado.
—Su hombre nos ha fallado. Prometió solucionar el problema y mire dónde estamos. Después de pagarle todo lo que nos pidió, no ha sido eficaz.
—Estimado amigo Nabil, entiendo y comparto su frustración —respondió en tono mayestático el petrolero y gasista de Luisiana—. Pero no debemos ponernos nerviosos. Es necesario que nos mantengamos unidos, sin fricciones. Y encontraremos la solución.