El vuelo de los gansos 23. El gran salto #2
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23. El gran salto #2

En dos semanas, acordaron un plan conjunto tan detallado como extremadamente ambicioso.

El Gobierno nipón, por las consultas previas que ya había realizado, sabía que iba a contar con el apoyo casi unánime del Kokkai, el órgano que aúna a las dos cámaras parlamentarias.

Japón buscaba una apuesta sin límites y de rápida ejecución en el tiempo.

Rapidísima. Para lo cual necesitaba todo el respaldo, sin fisuras, de la clase política.

Para hacerlo posible se requerían unos ingentes recursos económicos que tensionarían el sistema financiero japonés, y esto dio la oportunidad a Kloster de buscar espacio para sus dos banqueros de cabecera, Hilda Tournier y Moritz Herrkutter.

Ambas entidades serían invitadas por el Gobierno japonés a participar en el primer nivel, que no en el liderazgo, de la financiación del macroplán de transformación de las fuentes de energía del archipiélago.

Las bases fundamentales del acuerdo quedaron establecidas, y las dos partes firmaron un protocolo inicial.

El plan resultaba mucho más ambicioso que la suma de los dos firmados en Europa.

Se trataba de concentrar el trabajo de más de dos décadas en cinco o a lo sumo diez años.

Si la tecnología está ahí, dijo el ministro japonés en una de las conversaciones privadas con Kloster, pongamos los medios. Y pongámoslos ya.

—Mire, Kloster-san, nosotros estamos decididos. Solo necesito, dado el volumen de negocio que tendrá aquí Solar Alternative, un par de condiciones más. Que ustedes se vuelquen en nuestro proyecto. Y que obtengamos de usted y sus dos socios bancarios unas condiciones económicas muy favorables.

—Tiene usted mi palabra de que pelearé por hacerle las cosas fáciles en este sentido. Con este impulso que dará Japón, el fin de los combustibles fósiles estará cerca, increíblemente cerca.

Exultante con el éxito obtenido, Paul voló a Nueva York para hacerle partícipe de sus planes a la presidenta de Pellman & Finch. Su amiga no daba crédito a sus palabras.

Torció algo el gesto cuando escuchó lo de las condiciones que Japón exigía, pero ante una sonrisa seductora de Paul acabó aceptando que, de todos modos, aquello iba a ser un negocio extraordinario para su banco, pese al descuento de tarifas que imponían las autoridades niponas.

Japón siempre había sido un coto cerrado para los banqueros extranjeros. Pero esta vez abrían sus puertas, ya que el capital japonés era insuficiente para cumplir el ambiciosísimo plan pactado.

Kloster aprovechó su visita a Manhattan para reunirse con Thomas Henderson y su equipo de confianza. Juntos repasaron los desafíos en términos de seguridad a los que se enfrentaban él, su familia y el mundo de Solar Alternative.

—No conseguimos desentrañar el núcleo de la conspiración —confesó el detective.

—La policía francesa no ha obtenido ninguna pista. El grupo de secuestradores era muy heterogéneo —explicó Troy McHenry, el enlace con la Brigada Criminal—. El líder murió en el asalto y era el único que podía haber dado alguna información.

—Tampoco Anneliese zu Quedlinburg pudo averiguar nunca para quién trabajaba —apuntó Hillary Klemm.

—¿Quién puede estar detrás de todos los ataques? ¿Alguna idea? —preguntó Kloster.

—Unos profesionales sofisticados, contratados por quienes ven amenazados sus intereses por el desarrollo de Solar Alternative —respondió Thomas.

—¿El petróleo? —preguntó Kloster—. Pero son muchos grupos de interés, corporaciones y países… Ni siquiera en la OPEP están todos. Eso sin entrar en el mundo del gas o del carbón.

Al día siguiente volvería a Alemania. Antes tenía una cita con Stacy Lorigan, a la que no había visto desde que abandonó Nueva York de forma precipitada por el secuestro de su hijo, al final de aquella noche en la que ella le contó que no le gustaba por guapo…

Desde entonces, sus contactos se habían limitado a algunas conversaciones e intercambios de mensajes.

Paul la citó en la suite del Ritz-Carlton como siempre, como aquella última vez.

Stacy llegó puntual a su cita. Al verse se fundieron en un largo abrazo. Paul quiso empezar el juego, pero ella le frenó.

—Tengo que decirte algo muy importante.

—¿Qué es? ¿Vas a decirme que me deseas tanto que no puedes estar ni cinco minutos sin envolverme? Yo siento lo mismo… —preguntó Paul sonriendo.

—Espera, antes debemos hablar —insistió Lorigan—. Tengo que contarte algo muy importante para mí, y creo que lo será también para ti.

Paul sonrió, expectante.

—Dentro de tres meses tendré un hijo —dijo ella.

—No noto que estés embarazada —acertó a contestar Paul sorprendido.

—No lo estoy. Es por gestación subrogada. Mi ritmo de vida profesional no me permite otra opción. El óvulo es mío.

—¿Has contratado un vientre de alquiler? —acertó a preguntar él.

—Sí, y estoy entusiasmada con la idea de ser madre. Quiero a ese hijo más que a nada en el mundo.

—Habrás elegido el esperma de un donante muy guapo, supongo —terció con un tono lindante con el sarcasmo.

—Es de mi novio. Nos vamos a casar dentro de dos semanas —dijo ella con una mezcla de dulzura en la voz y de determinación en la mirada.

Durante unos segundos, Paul permaneció literalmente boquiabierto. Tardó un minuto entero en ser capaz de articular una sola palabra.

—Pero ¿desde cuándo tienes novio? —preguntó Kloster al fin, medio enloquecido por el derrotero tan inesperado que había tomado la conversación.

—Desde hace algo menos de un año. Te lo iba a explicar la última vez que nos vimos, cuando nos despertáramos por la mañana, pero con lo del secuestro de tu hijo fue imposible.

Mira, Paul, esta va a ser nuestra última noche.

Disfrutemos hoy y así tendremos el mejor recuerdo de esta historia tan maravillosa que hemos vivido —concluyó Stacy antes de besarlo con fuerza y empezar a desabrocharle la camisa.

Al día siguiente, mientras subía al avión con destino a Frankfurt, Kloster no conseguía procesar lo ocurrido la noche anterior.

Realmente le gustaba esa mujer y no aceptaba que todo hubiese acabado.

Cuando aquella noche, antes de quedarse ambos dormidos, ella le habló de aquel modo, dejó un poso que aún permanecía vivo a pesar de las tremendas vicisitudes que Paul había pasado en lo personal y en lo empresarial.

Aquel recuerdo de sus palabras había reactivado, sin que el propio Paul se diera cuenta, ciertos sentimientos que creía que jamás volvería a sentir.

Y solo en ese momento, helado por la doble noticia que le había revelado Stacy, se daba cuenta de hasta qué punto había deseado en sueños ese reencuentro, que él esperaba que cobrara un nuevo sentido, diferente al de todos los anteriores.

Al cabo de una hora de vuelo decidió que tenía que encontrar un camino para seguir viéndola.

Empezó a redactar un mensaje en su teléfono.

Lo escribió y reescribió varias veces, en versiones más largas, otras más cortas, y así siguió durante un buen rato.

Finalmente optó por un texto breve pero esclarecedor.

Stacy, me gustas mucho más de lo que te puedas imaginar. Respeto la forma de vida que has elegido. No quiero renunciar a ti. Aceptaré verte cuando tú digas y bajo el formato que determines. Te quiero

La respuesta no tardó mucho en llegar y fue desalentadora.

Paul, he escogido una opción de vida.

Ya no volveremos a vernos. Nunca te olvidaré. Siempre te querré

Kloster no se resignó y enseguida redactó otro mensaje insistiendo en su idea.

Trató de mandarlo y no pudo. Stacy había bloqueado su número.

La foto de perfil de ella ya no era visible.

La reacción le desconcertó. Estuvo unos minutos cavilando y le remitió su respuesta al email corporativo de ella.

Segundos después recibió una notificación de error de entrega.

Lo intentó dos, tres y cuatro veces más, con el mismo resultado.

Era evidente que Stacy había utilizado un sistema de bloqueo muy estricto en su cuenta de correo, que se sumaba al de su número de teléfono.

Había dinamitado todos los puentes. Desconocía que Stacy iba a ser ascendida a la posición de primera ejecutiva de la compañía en la que trabajaba.

Su prometido era el accionista de control de esta gran corporación y de otra más.

Este rechazo súbito y tan implacable tuvo un efecto demoledor para Paul, que no hizo sino acrecentar su obsesión por ella. Era imposible discernir si estaba completamente enamorado de Stacy o si su orgullo había quedado tan herido que creyó estarlo. El recuerdo lo atormentaba.

Así, entre el desconcierto y la rabia por lo que estaba sintiendo como una humillación insoportable, aterrizó en Frankfurt. A pie de pista le esperaban exultantes Michael Seiffert y Miguel Polo, pues este se desplazó a Alemania expresamente para recibirle.

Para ellos su amigo era ahora un auténtico héroe. Estaban asombrados con el extraordinario éxito de su negociación con el Gobierno japonés. Ambos observaron que Paul arrastraba los pies y se mostraba taciturno. Lo atribuyeron al cansancio del viaje y del intenso trabajo de las últimas semanas.

Moritz Herrkutter le recibió ese mismo día con los brazos abiertos para darle un tremendo abrazo.

Al igual que ocurría con Hilda Tournier, el banquero alemán se mostraba exultante con la extraordinaria oportunidad de negocio que se abría para su institución en el siempre inaccesible mercado japonés.

Solar Alternative estaba a punto de dar un paso de gigante para desesperación de sus enemigos jurados, que en esta ocasión iban a ser cogidos totalmente por sorpresa. Ya no existían topos que pudiesen filtrar una información tan crucial.