22. Desentrañando la conspiración
Desentrañando la conspiración
El descubrimiento del doble juego de la condesa zu Quedlinburg proporcionó al equipo de Henderson una nueva vía para investigar el origen de la peligrosa, y en apariencia gigantesca, conspiración que amenazaba a Kloster y a Solar Alternative.
El primer esfuerzo de los investigadores se centró en el análisis del teléfono encriptado a través del cual Anneliese contactaba con quienes le hacían pagos importantes a cambio de su traición.
Un ingeniero de TBH se trasladó a Frankfurt para analizar el dispositivo.
Empezó por el volcado del contenido del artefacto.
Con ello buscaba encontrar datos que facilitasen localizar el origen de las llamadas o de los mensajes recibidos.
Vano esfuerzo. Las medidas de seguridad del teléfono y el nivel de encriptación resultaron ser muy eficaces.
Su trabajo resultó completamente inútil.
Solo quedaba un camino alternativo: tender una trampa a los conspiradores. Se trataba de que la antigua responsable de Comunicación de Solar Alternative en Alemania atrajese a sus interlocutores convocándolos a una reunión.
Zu Quedlinburg era muy consciente de no tener otra alternativa si quería librarse de una casi segura condena penal. Anneliese era ahora un juguete roto, nada que ver con la altiva y sofisticada ejecutiva que en su momento sedujo al más que imprudente Kloster.
Los interrogadores mostraron a la condesa las fotos de los cuatro mercenarios rusos que murieron en el tiroteo de Bengasi.
No reconoció en ninguna de ellas a la persona con la que mantuvo una primera reunión.
Tampoco la policía francesa pudo obtener la más mínima información cuando Troy McHenry proporcionó las tomas a la comisaria Laurence Martinelli.
Lo único que recordaba Anneliese era que su interlocutor tenía unos ojos de un azul intenso, una cara sonrosada y que se trataba de una persona de fuerte complexión y de gran estatura.
El reconocimiento facial no era uno de sus puntos fuertes y le fue imposible proporcionar datos para realizar un retrato robot fiable de esa persona.
Dos días después de esta reunión, Anneliese mandó un mensaje a través del teléfono encriptado. No tardó demasiado en recibir una respuesta. La llamarían en una hora. Y así fue.
—Nos ha indicado que quiere hablar con nosotros. ¿Qué información nos quiere transmitir? —contestó una voz masculina.
—Tengo unos datos que son demoledores —respondió Anneliese.
—Muy bien. Le escucho.
—No puedo facilitárselos por teléfono. Es un extenso informe interno en papel —dijo zu Quedlinburg con voz muy firme.
—¿Por qué no nos manda unas imágenes escaneadas de cada una de las páginas? —insistieron desde el otro lado.
—Porque solo se lo daré en persona. Se trata de que me paguen en el mismo momento, y en efectivo, cuatrocientos mil euros repartidos a partes iguales en billetes de cincuenta y de cien.
La reunión debe ser en Berlín, donde yo les indique.
Estas son mis condiciones —dijo Anneliese sin que le temblase la voz.
—Aceptamos. Dentro de dos días nos pondremos en contacto —respondió el anónimo interlocutor.
El ingeniero de TBH no había podido romper la encriptación y rastrear la ubicación física o la IP del origen de la llamada.
Pero, analizando la forma de expresarse del interlocutor, y la importancia de las decisiones que tomó sobre la marcha, dedujeron que era alguien relevante de la cúpula de esa organización desconocida.
Dos días después, zu Quedlinburg recibió un mensaje en el teléfono encriptado, avisándola de que en sesenta minutos la llamarían.
Así fue. La voz masculina dijo que estaban preparados para reunirse con ella.
Anneliese, siguiendo las instrucciones de Klemm, respondió que debían verse a las 11.
30 de la mañana del día siguiente. Ella llamaría para indicar dónde tendría lugar la reunión y adelantó que sería en el céntrico barrio de Kreuzberg.
A la hora indicada, la condesa hizo una breve llamada. Respondió la voz habitual. Ella explicó que la cita tendría lugar en una calle muy concurrida, la Bergmannstrasse y facilitó el número de la casa y el del apartamento.
—Le espero dentro de treinta minutos. No se retrase. Debe venir solo. Traiga la cantidad acordada, de lo contrario no habrá trato.
—¿Tiene consigo el informe que nos ha adelantado? —preguntó su interlocutor.
—Desde luego. Podrá comprobar que resulta de gran valor para ustedes —respondió ella.
—Si lo que dice es cierto, haremos el pago.
Anneliese, presa de una gran ansiedad, trataba de mantener la compostura.
Klemm y dos personas de su equipo estaban en un apartamento dos pisos por encima del que ella ocupaba en solitario y dos colaboradores más se encontraban apostados en la calle.
El plan pasaba por capturar a quien acudiese al encuentro, una vez que estuviese cerrado el trato.
Cada minuto que transcurría hasta la hora convenida era una auténtica tortura para la aterrorizada alemana, que no podía quitarse de la mente la imagen de las caras de los cuatro mercenarios rusos muertos en Bengasi.
A las doce del mediodía, sonó el timbre del interfono del apartamento, que se encontraba en el primer piso.
Poco después entraba un hombre fornido y con cara de pocos amigos, que no era otro que Fabian, el esbirro de Markus caído en desgracia.
Sin saludar siquiera, el hombre pidió ver el documento y ella contestó preguntando por el dinero.
—Aquí lo tengo —dijo Fabian mostrando el maletín negro que llevaba consigo—, pero primero tengo que comprobar la calidad de su mercancía. Enséñemela —le exigió.
—Y yo su dinero, quiero verlo y tocarlo —respondió Anneliese fingiendo un falso aplomo. Había tomado un calmante leve, que no la ayudaba demasiado.
El hombre insistió y la condesa extrajo de un portafolio de cuero marrón un documento de varias páginas escrito en alemán.
Llevaba el membrete de Solar Alternative y un sello en rojo en cada una de las hojas con la palabra vertraulich , «confidencial».
Él intentó cogerlo y ella se resistió insistiendo en que le enseñase el dinero.
—Primero tengo que ver una parte de lo que nos ofrece y si vale lo que usted dice.
Dicho esto, con un gesto violento le arrancó el informe.
Klemm y su equipo, que observaban la escena a través de una cámara desde el apartamento superior, decidieron entrar en acción.
En ese momento una explosión sacudió los cimientos del edificio.
El equipo de TBH entendió enseguida que ya no podían hacer nada.
Salieron rápidamente del lugar por la puerta posterior del inmueble y se diluyeron por las calles alrededor de barrio de Bergmannkiez.
Lo hicieron poco antes de la llegada de los primeros efectivos de la policía, de los bomberos y de los servicios médicos de emergencia.
Estos últimos solo pudieron certificar la muerte de las dos personas que se encontraban en el apartamento de la explosión.
No tardaron mucho los efectivos de la Kriminaltechnik en determinar que el origen estaba en la detonación de un artefacto camuflado en un maletín y que había sido activado por control remoto.
Unas horas después, la policía explicó a los medios de comunicación que se trataba de un acto criminal.
Una explosión provocada por un material no determinado se había cobrado la vida de dos personas, un hombre y una mujer.
La identidad del primero no se había podido determinar, no llevaba ninguna documentación y era desconocido en los archivos policiales.
La segunda víctima sí tenía identidad, se trataba nada menos que de la condesa Anneliese zu Quedlinburg, directora de Comunicación de Solar Alternative en Alemania.
Estos dos asesinatos no se relacionaron con la muerte, el día anterior, del fotógrafo que tomó y vendió las imágenes del encuentro de Paul Kloster con Dagmar Kronenbauer.
El hombre había recibido la visita en su despacho de un desconocido que le ofreció dinero a cambio de que revelase quién conocía el secreto de cómo pudo hacer esas fotos.
Aquel pobre diablo no se hizo de rogar al ver el fajo de billetes que le ofrecía el visitante misterioso.
El fotógrafo sonrió satisfecho al recibir otro pago por su confidencia traidora.
Pero el último cobro llevaba aparejado una sentencia de muerte.
Markus no quería dejar cabos sueltos y por ello lo eliminó antes de acabar con la condesa y, de paso, con Fabian, por fallar en Bengasi.
La muerte de la condesa zu Quedlinburg desató muchos rumores y especulaciones.
Martin Lyon vio en ello una prueba más de la maldad de Kloster y una confirmación de las advertencias que un informante anónimo le hizo llegar sobre la existencia de un régimen de terror en Solar Alternative.
El activista no tenía dudas de que Anneliese había sido eliminada por la guardia pretoriana del Megalodón de la energía.
«Este hombre es un asesino —exclamó ante sus colaboradores más inmediatos—, debemos extremar las precauciones».
Los investigadores de la policía alemana no encontraron nada que pudiese relacionar a Solar Alternative con la muerte de una de sus directivas, y abandonaron esa línea de investigación.
El asesinato de Anneliese zu Quedlinburg fue la última acción violenta, al menos durante un largo periodo de tiempo, de la organización de Zhukov en su ofensiva contra Solar Alternative. Habría que esperar hasta finales de noviembre para sus siguientes víctimas mortales.