El vuelo de los gansos 21. Un topo en Alemania #3
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21. Un topo en Alemania #3

Ese día, Kloster repasaba con la mirada cada detalle de la habitación del hospital, iluminada suavemente con una luz cálida que entraba por una pequeña ventana.

Miró hacia la cama, abatido, y vio que el chico, aún débil por las heridas de bala, abría los ojos para fijar la mirada en su padre.

Paul, visiblemente agitado, se acercó a él.

—Lo siento mucho, Paul. Todo es culpa mía. Te pido perdón, hijo —balbuceó.

—No, papá. Tú no eres culpable de nada. Los culpables son los secuestradores.

—No tomé las precauciones adecuadas para proteger a mis hijos. Pero sobre todo… me he dejado llevar por mi ambición, mi locura de Solar Alternative. Eso es lo que te ha puesto en peligro.

—No, papá, no. Geneviève y yo estamos orgullosos de ti. Siempre tenemos mucho miedo de que te pase algo, de que gente poderosa a la que has incomodado con tu proyecto te mate. Para nosotros eres una especie de héroe.

Paul Kloster, con un nudo en la garganta, no pudo pronunciar palabra.

Cogió la mano izquierda de su hijo y la apretó.

Así estuvieron un buen rato, hasta que la madre entró en la habitación y se situó en el lado contrario de la cama al que estaba Paul.

Geneviève besó a su hijo, sin mirar al padre, quien poco después se incorporó y, tras despedirse del herido, abandonó la habitación.

Era patente que la beligerancia del movimiento BDS estaba creciendo muchísimo.

Martin Lyon se sintió lógicamente envalentonado por el éxito que estaba teniendo en Alemania y decidió ampliar sus actuaciones en el entorno de la Unión Europea.

Para ello empezó a reunirse con eurodiputados y a pedir ser recibido en los ámbitos del poder ejecutivo de la Unión.

También buscó aliados en España, donde encontraba algún eco, aunque no demasiado.

Gracias a estas iniciativas, hubo finalmente un diputado de la coalición de Gobierno que presentó en el Bundestag un borrador de propuesta de ley.

En caso de aprobarse, esta obligaría a la alianza Solar Alternative-Deutsche Elektrizität-Grupo Kronenbauer a vender las tres cuartas partes de los nuevos paneles solares y baterías a particulares agrupados en comunidades de consumidores de electricidad, que incluían no solo a familias, sino también a pequeñas empresas que mostraban interés.

El BDS hizo suya esta propuesta.

Los sondeos reflejaban que un número creciente de alemanes, cerca ya del 35 por ciento, empezaba a ser sensible a los mensajes del BDS.

Ludwig Schelling reunió a su gabinete de crisis.

Temía pagar un coste político por no reaccionar y empezaron a estudiar medidas legislativas para responder a la presión.

Wolfgang Schmidt fue inmediatamente alertado de las intenciones del Gobierno federal. El presidente de la Deutsche Elektrizität se puso en contacto con sus socios. Se imponía la necesidad de contrarrestar la presión.

Tres días después, se reunieron todos los convocados en una espléndida propiedad rural de Kronenbauer, cercana al pueblo de Michelstadt, en el distrito de Odenwaldkreis.

El industrial, muy aficionado a la caza en los bosques circundantes y a la pesca en el río Mümling, tenía allí su retiro espiritual.

A la cita acudieron Schmidt, Herrkutter y Michael Seiffert, acompañado, para sorpresa de los tres restantes, por su amigo y socio Paul Kloster.

Paul fue recibido con mucho cariño por todos, especialmente por el veterano industrial prusiano, quien le dio todo tipo de muestras de afecto. No le guardaba ningún rencor por su aventura con su exesposa. La dura prueba que había pasado con el secuestro de su hijo en París curó todas las rencillas.

—Sé muy bienvenido a mi casa, mi querido amigo. Todos hemos sufrido y estamos sufriendo mucho con tu calvario. Nadie merece pasar por un tormento como ese —le dijo el anfitrión al verle mientras le tendía la mano.

—Wilhelm, quiero pedirte perdón por mi deslealtad. Estoy muy avergonzado con mi comportamiento —respondió Paul con los ojos humedecidos.

—Queda todo olvidado. Reconozco que al principio me entraron ganas de matarte, pero he vuelto a encontrar el amor. Gracias a ti descubrí que esa mujer no me convenía. Me hiciste un favor. Quiero que seas el invitado principal de mi próxima boda —replicó el industrial con una amplia sonrisa.

Después, los cinco se reunieron en el amplio comedor de la casa principal de la propiedad para almorzar. Allí estuvieron debatiendo el problema al que se enfrentaban.

—He hablado con el canciller y me ha preocupado escucharle decir que debe reaccionar —explicó Moritz Herrkutter.

—¿Schelling se ha vuelto loco? ¿No se ha dado cuenta de que ese Lyon es un peligroso comunista? —estalló el veterano industrial de origen prusiano.

—Es posible que lo sea o que simplemente estemos ante un ególatra intransigente —terció Schmidt—. Pero eso nos da igual. Propongo adelantarnos y comprometernos públicamente a vender una parte de nuestros equipos a las comunidades de propietarios, sin especificar ninguna cantidad.

—No me parece una mala idea. Sería sencillo convencer al canciller para que el Gobierno federal y los Länder subvencionen el precio que se aplique a los particulares. Porque no podemos fabricar paneles y baterías para venderlos con pérdidas. Sería insostenible —opinó Seiffert.