21. Un topo en Alemania
Un topo en Alemania
El fracaso de Fabian en Bengasi le pasó factura. Markus no se lo perdonaba. No consiguió los bítcoins del rescate, perdió a tres hombres y no dio instrucciones precisas a los secuestradores para que asesinasen al hijo mayor de Kloster.
—Sabes que en nuestro negocio los errores se pagan con la vida —dijo Zhukov—.
Seré clemente contigo, pero no te quiero volver a ver.
A partir de ahora estarás a las órdenes de Escorpión.
Siempre ha sido tu segundo y creo que es mejor que tú.
—Markus hizo una pausa y dirigiéndose al aludido le espetó—: Te elijo a ti porque no tengo a nadie más.
Debes demostrarme que eres digno de mi confianza.
—No fallaré —respondió Escorpión con una muestra de indisimulada satisfacción mientras miraba de reojo al atribulado Fabian.
Estaban en las oficinas costarricenses de la Ray Coffee Trading Co. Sabían que los ataques de ira de Markus podían volverse contra cualquiera de ellos, así que era mejor para todos mantenerse callados mientras durase la tormenta.
Mientras, en Alemania, el doctor Lyon parecía insensible a la desdicha personal de Kloster y decidió que era el momento de aumentar la intensidad de los ataques. Reunido con su equipo de confianza, estudió los siguientes pasos.
—Nuestro combate está muy por encima de los problemas personales que pueda tener ese señor Kloster —replicó a un subordinado que pretendía que esperasen a que se apagara el apoyo que en ese momento tenía el empresario en la opinión pública, tras el secuestro de su hijo.
El éxito indudable del BDS, que Lyon consideraba casi de su propiedad exclusiva, tenía un efecto notable sobre su personalidad. Cada día era menos permeable a la crítica.
De ahí que, sin esperar a que mejorase la situación personal que vivía Kloster, el BDS pasó inmediatamente a la carga.
Una de las acciones más llamativas fue la de convocar a un buen número de simpatizantes, un par de miles de personas, y con ellos, entrelazados por las manos, rodear las fábricas de paneles y baterías de Solar Alternative en las cercanías de Potsdam.
Conforme corrió la voz, otros dos mil simpatizantes se unieron al primer grupo, y al final consiguieron aislar las instalaciones.
A lo largo de tres días ningún vehículo pudo entrar ni salir de ellas.
Las fuerzas policiales estuvieron presentes, pero no intervinieron.
Numerosos medios de comunicación cubrieron la concentración.
El momento culminante de aquella exitosa manifestación se produjo cuando, en presencia de las cámaras de varias cadenas de televisión alemanas e internacionales, Martin Lyon, megáfono en mano y en pie sobre el capó de uno de los camiones de transporte paralizado por los manifestantes, pronunció un discurso vibrante que enardeció a sus seguidores.
Como de costumbre en sus alocuciones, manejó los tópicos habituales de BDS contra el monopolio de la innovación tecnológica en la industria solar fotovoltaica y atacó la complicidad de los grandes conglomerados empresariales en el desarrollo de Solar Alternative.
—Deben ser los ciudadanos quienes se sitúen en cabeza de este movimiento de descarbonización del planeta para hacerlo más justo y más universal —insistió en su línea argumentativa de siempre—. Para que llegue a todos y a todo el mundo. Solo así servirá para acabar con un fenómeno global.
Esta y otras acciones más limitadas, como concentrar a un centenar de personas en silencio frente al Bundestag o al complejo de la cancillería federal, se fueron sucediendo. El ruido digital que conseguían era cada vez más intenso.
Martin Lyon se prodigaba en entrevistas en las que atacaba directamente a Kloster, al que tildaba de inmoral y depredador.
Cuando en una de sus múltiples comparecencias un periodista le preguntó si se solidarizaba con la difícil situación personal del líder empresarial, Lyon no dudó en responder: «Es posible que haya puesto en peligro a su familia con su forma de actuar y no sé siquiera si le ha importado a él, tal es su codicia y ansia de poder. ¿Debería importarnos a los demás?».
Esta afirmación indignó a quienes estaban muy próximos a Paul. Hautemanière optó por no responder. Seiffert, aconsejado en sentido contrario por zu Quedlinburg, creía que debían reaccionar. Amélie se negó:
—Lo mejor es no contestar porque si lo hacemos estaremos alimentando su campaña. Un día será por un tema y otro día por otro. Tiene las redes sociales a su favor, incluso demasiado a su favor. Y, por cierto, esto me lleva a sospechar que tiene apoyos que van más allá del mundo de BDS.
—¿A quiénes te refieres? —quiso saber zu Quedlinburg.
Pero Amélie prefirió no aclararlo, dijo que se trataba de una simple sospecha.
En cuanto a Kloster, no estaba para responder a los ataques ni para tomar ningún tipo de decisión.
Su estado anímico era desastroso. Deambulaba como un zombi por París entre su hotel, el hospital donde estaba internado su hijo, quien mejoraba lentamente, y su antigua casa, donde visitaba a su hija.
Geneviève Duchesne insistía en no querer verle.
Le consideraba responsable de todo lo que había pasado.
Por su parte, Henderson seguía trabajando con su equipo para desentrañar el origen de la conspiración contra su cliente y amigo.
Sobre su ánimo pesaba la muerte de dos de sus colaboradores en Libia y no haber previsto el riesgo de seguridad que se cernía sobre la familia de su protegido.
El secuestro de París le cogió totalmente por sorpresa. No se lo perdonaba.
Thomas, Hillary y el resto del equipo trataban de desentrañar cómo era posible que alguien hubiese pasado información a Martin Lyon de que TBH era la empresa de seguridad que protegía a Paul y a Solar Alternative.
En principio, muy pocos conocían esa relación, así que la mayoría sospechaba que el origen tenía que encontrarse en una filtración interna.
Una primera clave les llegó desde Alemania.
Uno de los investigadores desplazados a este país indagó, con el apoyo de detectives locales de confianza, el origen de las fotos del escándalo de Kloster con la entonces esposa del industrial Kronenbauer.
Pronto descartó que Dagmar estuviese involucrada.
De hecho, su aventura con Paul le salió muy cara.
En el contrato que firmó antes de casarse con Kronenbauer se establecía que, si le era infiel, sus derechos económicos, en caso de divorcio, se reducirían muy sustancialmente.
Cuando el detective de TBH y sus compañeros alemanes consiguieron establecer el lugar desde el que se tomaron las fotos con un teleobjetivo, las cosas cambiaron.
Se trataba de un apartamento que se alquilaba por días en Airbnb.
También supieron cómo las obtuvo el periódico digital que las publicó.
Se las facilitó un oscuro y poco ético fotógrafo freelance que sobrevivía con trabajos de poca entidad.
No llevó mucho tiempo contactar con él y ofrecerle una buena cantidad de dinero por desvelar su papel en todo el asunto.
Confirmó que fue él quien tomó las fotografías por encargo. Cobró por ello y también por vender las imágenes al medio que las publicó.
Costó un poco más de dinero y presiones, pero finalmente el informante reveló la identidad de quien le hizo el encargo.
Para él las fotografías estaban resultando un gran negocio.
Ahora ya había cobrado tres veces por ellas.
Por hacerlas. Por venderlas al medio que las publicó.
Y finalmente, por traicionar a su fuente, la que le proporcionó la información, que también era su primer cliente, e identificarla.
Tras averiguar la identidad de la persona que se encontraba en el origen de la conspiración, el empleado de TBH se dedicó a investigarla.
Pronto sus colaboradores alemanes, rompiendo el secreto bancario, averiguaron que había recibido tres pagos muy importantes.
El pagador era una empresa italiana que no parecía tener mucha actividad.
Cuando completó el círculo, el investigador de TBH contactó con su jefe para informarle.
—Jefe, tenemos entre nosotros un topo y ya conozco su identidad sin ningún lugar a dudas.
—¿De quién se trata? —respondió Henderson, a quien acompañaba Klemm en ese momento.
—De la directora de Comunicación de Solar Alternative en Alemania, la condesa Anneliese zu Quedlinburg —contestó, antes de explicar todas las pruebas que había recabado para probar su implicación.
Su superior no daba crédito. Y no porque cosas así no pasaran muy a menudo, sino por el hecho de que el topo fuese alguien situado tan arriba.
—No la pierdas de vista. Es importante que no imagine siquiera que la hemos identificado —ordenó Thomas—. Un equipo va a ir allí para interrogarla y conseguir que nos cuente quién le pagaba esa traición.
Al acabar la llamada, Thomas y Hillary convocaron una reunión en remoto con Kloster y Hautemanière, que estaban en París, y con Seiffert, que se hallaba en Frankfurt. Una hora y media después comunicaron a los tres los detalles y el resultado de sus investigaciones. La sorpresa fue mayúscula.
Todos estaban desolados, pasmados, hundidos.
Todos excepto, quizá, el propio Paul, quien desde hacía muchos días mostraba una actitud errática.
A veces parecía perder la concentración, participar en las reuniones como si actuara por control remoto.
Su cabeza estaba lejos, y se notaba tanto en sus comentarios como en su escasa colaboración en las discusiones.
—Nunca me lo habría imaginado. Siempre pensé que se trataba de una mujer seria —exclamó Michael.
— Salope —dijo Amélie echándose las manos a la cabeza—. Siento haberos fallado de esta manera. Es culpa mía.
De repente, como si proviniese de un fantasma, escucharon una voz que hasta este momento no había participado: