20. Cita en Bengasi #4
Fabian estuvo a punto de romper la baraja y de dar la orden de eliminarlos, pero desistió cuando Minetta le aseguró que no haría la señal para que le trajesen las claves —que no estaban en su poder— a no ser que le facilitase esa imagen de calidad y con un periódico del día.
El hombre de Markus cedió, llevado por el temor de fallar ante su jefe, y volvió a contactar con los secuestradores, a los que exigió que mandaran otra foto que no estuviera desenfocada como la anterior y con un diario del día.
Estos, muy nerviosos, contestaron que no tenían ningún periódico en papel.
Y mandaron apresuradamente otra fotografía del rehén, tomada con la cámara de un segundo teléfono.
Entretanto, Jack vociferaba que quería un vídeo.
En París cundía la desesperación. Tampoco consiguieron llegar a ubicar el teléfono francés en la segunda llamada.
Todo parecía perdido hasta que, de repente, el ingeniero de Henderson que estaba analizando la segunda imagen remitida al correo de contacto lanzó un grito que atronó en la sala:
—¡La tengo! Tengo la ubicación. ¡Está en los metadatos!
Resultaba evidente que con las prisas los secuestradores, de nuevo, no habían tomado las precauciones oportunas. Como Fabian había rechazado la primera imagen, la siguiente la hicieron de forma precipitada con otro teléfono sin desactivar la ubicación de la terminal utilizada.
Siete minutos tardó el primer equipo de intervención en desplazarse en un helicóptero y descolgar a varios agentes sucesivamente hacia el lugar indicado por la geolocalización de los metadatos de la segunda foto.
Al poco llegó el siguiente equipo y luego otro más y otro.
Estaban en el suburbio de Saint-Ouen-sur-Seine.
Enseguida se produjo un violentísimo tiroteo.
Uno de los secuestradores tuvo tiempo de alertar a Fabian, justo antes de recibir un tiro mortal de los primeros policías que entraban en su escondite.
En el campo de fútbol de la Universidad de Bengasi se desató un auténtico infierno.
Fabian disparó a quemarropa contra Jack Minetta.
El equipo de apoyo de TBH y sus compañeros libios reaccionaron, empleando sus armas, y los milicianos a sueldo de Zhukov también lo hicieron.
El tiroteo fue intenso. Los cuerpos caían por los disparos.
La confusión era indescriptible y los gritos, angustiosos.
La sala de control de París se convirtió en un hervidero, tratando de recabar información precisa de lo que estaba ocurriendo.
La prioridad se centró en la liberación del secuestrado, sin olvidar el foco de Bengasi.
El rehén tenía gravísimas heridas. Sus captores, al verse rodeados, trataron de matarlo, pero cayeron uno tras otro.
El joven Kloster, en estado crítico, fue inmediatamente evacuado en helicóptero al hospital más cercano, que era el Bichat-Claude Bernard.
Había por vez primera esperanza. Todo dependía ahora de la gravedad de esas heridas.
En Bengasi, Klemm y los suyos no pudieron salvar a Minetta ni a su compañero.
Fabian logró escabullirse, pero no lo consiguieron los cuatro encapuchados que le acompañaban.
Quedó tirado en el suelo el ordenador con las USB de los bítcoins y de la mitad de las claves.
Los milicianos madjalistas que le prestaban escolta sufrieron enormes bajas y unos pocos consiguieron zafarse y huir a la carrera.
Una vez que cesó el fuego, Hillary aprestó su equipo para la vigilancia y luego, desesperada, intentó reanimar a Jack, mientras que otro de sus hombres hacía lo mismo con su compañero.
Ambos habían muerto. Recogieron los dos cuerpos, sin olvidar el ordenador y el pendrive.
También registraron los cadáveres de los cuatro mercenarios rusos que habían fallecido, pero no llevaban nada encima que sirviese para identificarlos.
Por eso fotografiaron sus caras y los tatuajes de su torso y brazos antes de abandonar rápidamente la zona y refugiarse en la casa de seguridad.
Thomas Henderson llamó primero al padre y luego a la madre para explicarles la situación del joven Kloster.
Después, hablando por teléfono con la apesadumbrada Hillary, preguntó a su colaboradora cómo había resultado la masacre de Bengasi.
Confirmado el asesinato de dos de sus colaboradores, se preparó para comunicar personalmente la desgracia a sus familias.
En las oficinas de la Ray Coffee Trading Co.
, Zhukov pasó de la euforia de casi tocar el cobro del sustancioso rescate a la ira más descontrolada al recibir la llamada de Fabian informándole del fracaso de su misión.
Markus se revolvía de rabia herido en su orgullo y temiendo la reacción de Lynton y sus socios.
En la capital francesa, a las nueve de la noche, el ministro del Interior y el prefecto de París comparecían en rueda de prensa para dar cuenta de la resolución del secuestro.
Seis de los diez captores habían sido eliminados por las unidades de intervención.
Otros dos presentaban heridas de consideración y los dos restantes estaban siendo interrogados por efectivos de la Brigada Criminal.
Se trataba de peligrosos delincuentes comunes, conocidos de la policía y vinculados a la delincuencia organizada.
No se mencionaron los hechos de Bengasi ni la participación de Henderson y los suyos.
El titular de la cartera de Interior apenas podía disimular su satisfacción.
Era un gran día para él y su imagen de ministro duro y eficaz.
Mientras tanto, un equipo médico operaba a vida o muerte al joven Kloster. Al mismo tiempo, un jet volaba hacia el aeropuerto próximo a Bengasi para llevarse de la Cirenaica a los miembros de TBH supervivientes y a los cadáveres de sus dos compañeros.