20. Cita en Bengasi #3
Posicionados discretamente en sitios estratégicos del gran París estaban varios grupos de todas las unidades de intervención de élite de los cuerpos de seguridad, dos de la policía y uno de la gendarmería.
La mayor parte se había desplazado a la capital desde sus acuartelamientos situados en distintos puntos de la geografía francesa.
Se trataba de conseguir que se pudiesen trasladar en pocos minutos a cualquier punto de París y sus suburbios.
Para ello, además de los medios motorizados, contaban con varios helicópteros que iban a estar en vuelo sobre París y su banlieue en los momentos críticos.
Solo en muy contadas ocasiones se habían coordinado de esta manera los efectivos del grupo de élite de intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN), de la Policía Nacional (RAID) y de la Policía Judicial (brI).
A las 2.30 de la tarde de París, justo sesenta minutos antes de la hora fijada, Henderson y tres de sus asociados recibían el esperado email de los secuestradores.
En el mismo se indicaba que debían situarse en un vehículo a las 3.
30 de la tarde en la parte trasera de las ruinas del palacio Al-Manar, junto al puerto de la ciudad.
Acudieron a la cita Jack Minetta y uno de los miembros del equipo de apoyo llegado de Nueva York, ambos armados con sendas pistolas Glock 18, y acompañados por un conductor local.
El vehículo de Minetta llevaba un dispositivo GPS y, tanto él como su compañero de TBH, dos dispositivos semejantes en sus respectivos teléfonos y otro adherido al cuerpo.
Hillary Klemm, el resto del equipo de apoyo de TBH y varios colaboradores libios permanecían apostados en distintos vehículos a una distancia prudente para no ser detectados.
Iban fuertemente armados, al igual que sus acompañantes libios, con armas de asalto y fusiles de precisión.
Todo este material lo habían suministrado, previo pago, los contactos locales de Klemm.
En París, Thomas Henderson y los miembros de la Brigada Criminal seguían sus pasos en tiempo real e intercomunicados.
Las unidades de intervención, unas dentro de sus vehículos y otras sobrevolando las áreas asignadas en los helicópteros, ya estaban en posición.
A la hora prevista se acercó un todoterreno al punto de encuentro.
Les hizo señales de que le siguieran. Minetta dio orden de proceder al conductor.
Estuvieron un buen rato siguiendo al todoterreno en dirección al sur de la ciudad.
Muchos edificios estaban semiderruidos o mostraban las cicatrices de los enfrentamientos armados de 2017.
Gran parte de la ciudad se hallaba en reconstrucción.
El todoterreno avanzó sin parar hasta la zona de la Universidad de Bengasi. Pero se detuvo al llegar al campo de fútbol. Jack y su compañero descubrieron que los esperaba un comité de recepción fuertemente armado.
Allí vieron a un gigante, Fabian, con la cara cubierta por una máscara facial. A su lado, cuatro hombres con el rostro también oculto, armados, y uno de ellos con un ordenador portátil. Detrás y a su alrededor, los milicianos madjalistas que les prestaban protección.
Jack Minetta se situó frente al gigante y empezaron a hablar en inglés.
En París, los altavoces de la sala de crisis reproducían la conversación.
Mientras tanto, los miembros del equipo de Hillary Klemm iban tomando posiciones sin ser avistados.
Ella permanecía en uno de los vehículos, con dos guardaespaldas locales, atenta a lo que oía y con uno de los pendrives que contenía la mitad de las claves.
Fabian pidió los bítcoins y Jack le entregó un pendrive que enseguida fue insertado en el ordenador.
Comprobaron que eran los monederos. Todos estaban muy tensos.
El hombre que manipulaba el ordenador comentó que, en efecto, ahí estaban los bítcoins, pero que faltaban las claves.
El hombre de Markus se puso claramente nervioso al enterarse.
—No jueguen con nosotros o todo se acaba en medio segundo…
El tono era amenazador, los ojos muy azules que asomaban tras la máscara tenían un brillo hostil.
Minetta no respondió a la petición de las claves, sino que exigió una prueba de vida en tiempo real.
Fabian se resistió a la demanda durante unos segundos muy tensos.
Pero, viendo que se le escapaba la presa, llamó por el móvil y habló en un francés pésimo para decir que necesitaba una foto del secuestrado, de inmediato. «Ha de ser una foto muy clara», exigió.
En París se inició una carrera contra reloj para triangular la ubicación del teléfono local que estaba en comunicación con Fabian, contando con la colaboración del operador de telecomunicaciones de Bengasi. No lo consiguieron. La llamada concluyó antes de que lo lograsen.
Jack, con sangre fría, rechazó la primera imagen que le enseñaba Fabian desde su teléfono. Parecía que el móvil con el que la habían tomado se había movido y la imagen era borrosa, mal iluminada…
Exigió otra de mejor calidad y también que la remitiesen a los correos de Henderson y de sus tres asociados que habían recibido las comunicaciones anteriores.
Instó al gigantón con la cara tapada a que volviese a llamar a los secuestradores, para pedir una imagen más definida y, algo imposible para los captores, con un periódico del día.